¿Se va a sentir dueña? Le advierto que en esta ciudad hay pocos que no se sientan dueños de esa casa. Usted puede tener los papeles, pero mientras cualquiera pueda entrar ahí y sentarse a tomar café, la casa de los azulejos es de todo el mundo.
– Me gusta que sea así -dije.
– Claro, para ser benefactora, para que la quieran y la miren. ¡Cómo quiere que la quieran esta mujer! -dijo.
Claro que yo quería que me quisieran. Toda la vida me la he pasado queriendo que me quieran. La noche del concierto como ninguna.
Bellas Artes estaba lleno cuando llegamos. Rodolfo y Chofi entraron adelante, dirían las notas del periódico que acompañados por nosotros. Subimos hasta el palco presidencial. Justo en medio del teatro. Toda la gente miraba hacia ahí.
En los palcos vecinos estaban los secretarios de Estado con sus familias. Abajo había invitados especiales y gente de esa que cuando uno mira de lejos no sé por qué imagina feliz.
Abajo estaba el lugar en que yo me senté la primera vez que vi a Carlos. Abajo él estaría cerca, hubiera podido mirarme.
La orquesta afinaba haciendo ruidos. Los músicos usaban trajes negros, tenían los zapatos limpios y los cabellos engomados, estaban distintos a como los vi en las tardes de ensayos con sus blusas de todos colores, los pelos alborotados, los zapatos viejos y los pantalones lustrosos. Acicalados parecían de mentiras, se veían todos iguales cuando eran tan distintos entre sí como sus intrumentos. Por fin apareció Carlos, con su saco de colas y su corbata de moño, con su varita en la mano y la cabeza recién peinada. La gente aplaudió mientras él caminaba hasta el podio. Cuando estuvo arriba volteó y nos hizo una caravana.
– Qué payaso es este Vives -dijo Andrés.
Yo me emocioné. Nos sentamos, y Carlos ordenó la música con los brazos.
Cuando terminó la primera parte el teatro se puso a aplaudirle como si fuera Dios. Yo me quedé quieta mirando hacia abajo.
– ¿Qué te pasa Catin? ¿No te gustó? -dijo Andrés. ¿Por qué tienes cara de que vas a parir?
– Sí me gustó -dije parándome como todos. Es bueno este Vives.
– ¿Cómo sabes que es bueno? Yo no tengo la menor idea. Es la primera vez que venimos a esto. A raí se me hace demasiado teatral. Las bandas de los pueblos son más frescas y dan menos sueño.
Salimos del palco a tomar una copa y a conversar. Chofi estaba orgullosa con el descubrimiento de su marido.
– Es un genio -decía frente a las esposas de los ministros que la rodeaban como pollitos a su gallina. Se había puesto una de esas horribles estolas de pieles que terminan en cabecitas de zorro. Como si no tuviera los hombros anchos, los brazos regordetes y los pechos saltones. Las cabecitas de zorro se agitaban como borlas sobre sus pezones mientras ella elogiaba a Vives.
Tanta llegó a ser su euforia que se acaloró. Entonces sacó un abanico y empezó a echarse aire encima de las pieles. Todo menos quitárselas. Las demás mujeres asentían y aumentaban los elogios.
– Es guapísimo -dijo la esposa del secretario de Gobernación.
– Eso es algo fundamental en lo que me parece que estamos de acuerdo -contestó la del secretario de Hacienda soltando una carcajada. Ya lo de la música es una cualidad que hasta podría faltarle.
Todas se rieron con ella.
– Pero también es un gran músico -dijo poniendo los ojos en blanco la mujer del secretario de Relaciones Exteriores que era una hija de porfiristas nunca venidos a menos y que nos veía a todas como a unas recién llegadas al asunto de la cultura internacional. Ella que tuvo un padre embajador y «vivió en Francia toda la infancia».
– Sí, un gran músico -dijo Chofi abrazando sus zorritos.
Por suerte los intermedios terminan. No sé cómo hacían los ministros de Rodolfo para casarse con puras pendejas.
La segunda parte del concierto era una cosa triste triste y larga larga que siempre parece que ya se va a acabar y cuando uno cree que llegó el final vuelve como una maldición. Esa era la música que me había hecho subir los escalones buscándola, que se me había quedado pegada a las orejas, y que no podía tararear porque me daba miedo.
Los primeros veinte minutos vi a Andrés hacer esfuerzos para no quedarse dormido, después se puso a platicar con Fito.
Yo estaba mirando a Carlos. Le miraba la espalda y los brazos yendo y viniendo. Le miraba las piernas. Lo miraba como si él fuera la música, como si no fuera el mismo tipo capaz de conversar, burlarse de él y bromear con Andrés durante una comida. Era otro, puesto todo en algo que no tenía nada que ver con nosotros, que le venía de otra parte y lo llevaba a quién sabe dónde.
– A este señor Mahler le hacía falta coger -dijo Andrés cerca de mi cuello.
Varias veces hubo quienes intentaron aplaudir creyendo que un estruendoso tamborazo había sido el último, pero la música volvía a empezar, bajando hasta hacerse inaudible, hasta que quedaba sólo un silbido al que después se unía un violín, luego un chelo y después todos hasta ensordecernos. Por eso cuando el final llegó de veras, sólo yo que lo había oído muchas veces supe que sí era el final y empecé a aplaudir sola.
Interrumpí la conversación de Fito con Andrés y las cabeceadas de Chofi. Se pararon a aplaudir y con ellos todo el teatro.
Carlos que había soltado los brazos y estaba quieto frente a su orquesta volteó por fin y pude ver su cara con el mechón de pelos caídos hasta los ojos. Hizo una caravana, se bajó del podio y desapareció.
– ¿Quién acompaña a quién a tomar un helado? -quise que llegara a decirme mientras los aplausos seguían. Cuando apareció no fue al podio, con los brazos señaló a la orquesta y otra vez agachó la cabeza hasta las rodillas.
Tienen razón las muy pendejas, pensé, es guapísimo. Y eso que ellas no lo han oído hablar, no han caminado con él por Madero ni han querido insultarlo a media calle.
Seguí aplaudiendo, como todos, como Andrés que gritaba como si fuera 15 de septiembre.
– Algo bueno tenía que salir del general Vives. Este muchacho tiene aptitudes políticas, nadie sin aptitudes políticas puede sacar tantos aplausos de un teatro. Míralo nada más, parece que ha hecho el discurso de su vida. Esto ni en tu toma de posesión -le decía a Fito entre carcajadas.
– Vives, Vives, Vives -gritaba la gente mientras los de la orquesta sentados aplaudían o pegaban en los atriles con el arco de sus instrumentos.
Por la puerta lateral regresó Vives muy peinado.
Otra vez los aplausos crecieron al verlo aparecer. Subió al podio, alzó los brazos para levantar a sus músicos, se volvió hacia nosotros y volvió a inclinar la cabeza hasta casi tocar el suelo.
– Tiene que ser buen político -decía Andrés, es un excelente actor, un teatrero. Lástima que eso de la caravana no se usa entre nosotros, pero tendría buen efecto. ¿Por qué no lo impones Gordo? -le dijo a Fito. Nada más mira a nuestras mujeres, están enloquecidas. Yo voy a ensayar lo de la caravana si tú me prometes concederles el voto a las señoras. La Cámara tiene un proyecto de ley que nunca le aprobó a Aguirre. Te aseguro que ellas votando y yo caravaneando llego a Presidente y ni quien diga que es de mal gusto que sea yo tu compadre. A Vives lo nombro presidente del partido al día siguiente de mi designación y ándale, a recorrer el país con todo y orquesta. ¿Cómo la ves Catín?
Era la quinta vez que Vives desaparecía y volvía a aparecer, que la orquesta se sentaba y se paraba, pero nadie había dejado de aplaudir. Menos que nadie las mujeres. Todas las que estaban en los palcos de alrededor, las feligreses de Chofi, le aplaudían como si se las hubiera cogido.
– Ya vámonos -le dije a Andrés. En la cena lo felicitamos pero esto ya es un exceso, ni que fuera qué.
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