Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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– Me dio miedo -confesé.

– ¿Miedo éste? Pero si es un escuincle, debe tener dos años más que tú. Cuando la guerra tenía doce años. Su mamá y él vivían en Morelia y a veces su padre que era mi superior me llevaba a su casa aprovechando alguna tregua. Siempre encontrábamos al escuincle tocando una flauta de carrizo.

– Qué bien se acuerda usted, general.

– Antes me decías de otro modo.

– Antes no era usted quien es.

– Estaba yo empezando, como tú ahora. Pero no iba tan rápido. Claro que en la guerra y la política hay más enemigos que en la música. ¿Por qué te dio por la música? -preguntó Andrés. Hubieras sido un buen político. Tu padre lo fue.

– Uno a veces no se parece a su padre.

– ¿Lo dices por orgullo?

– Al contrario, general. Pero a cada quien le toca una guerra distinta.

– ¿Lo tuyo es una guerra? Qué muchacho tan extraño. Tenía razón tu padre.

Se pusieron a hablar del pasado, de cómo el director niño se robaba las balas de la charretera de Andrés y las metía en una olla que después meneaba para oírla sonar, del día en que Andrés y su padre lo llevaron a ver a los ahorcados, lo pararon debajo de los postes y lo hicieron mirarles las caras moradas y las lenguas de fuera.

– ¿No te asustaste? -pregunté.

– Mucho, pero no se los iba a demostrar a ese par de cabrones que eran mi padre y tu marido.

Ya no pude comerme el pescado ni el pastel. Pedí un coñac y me lo bebí en dos tragos.

– Y a ti qué te pasa -dijo Andrés. ¿Desde cuándo bebes fuerte?

– Creo que me va a dar gripa -contesté.

– Tengo una mujer medio loca, ¿no te parece?

– Me parece linda -contestó Vives.

Después volvieron a hablar de ellos. De las diferencias entre la música y los toros. De cómo el padre de Carlos quiso a mi general y cómo peleó con su hijo que no hacía más que decepcionarlo con su terquedad de ser músico en vez de militar.

– Tu padre siempre tuvo razón -concluyó Andrés.

– Salud, general -dijo Carlos. Salud, curiosa -me guiñó el ojo y palmeó mi mano que estaba sobre la mesa.

– Salud -dije yo, que de un trago desaparecí otro coñac y me dediqué a sonreír el resto de la noche.

Cuando salimos a la calle la luna brillaba amarilla y redonda sobre nuestras cabezas. En el quicio de una puerta, sentado como si fueran las cinco de la tarde y no las tres de la mañana, un ciego tocaba una trompeta.

CAPÍTULO XIV

Siempre creí que lo único necesario para vivir tranquila era tener a Andrés todos los días conmigo. Pero cuando la mañana siguiente en lugar de salir corriendo me anunció que pensaba quedarse y que iba a cambiar su oficina a nuestra biblioteca yo hubiera querido desaparecerlo. Era como tener un ropero antiguo a media casa, para donde uno volteara aparecía. No quedó lugar libre de su ruido. Para colmo, dio en estar cariñoso. Quería coger todas las mañanas y no ir a ninguna parte sin llevarme con él. Inventó nombrarme su secretaria privada y me hizo acudir a todas las juntas que organizó para planear cómo quitarle a Cordera la CTM, a todas las reuniones con políticos, y hasta cuando hacía pipí quería tenerme junto.

Dos días antes me hubiera hecho feliz. No sólo tener de nuevo su explosiva presencia, sino estar invitada a todo lo que tuve prohibido: a las reuniones y los acuerdos que siempre rehice tras la puerta, abrumando a Andrés con interrogatorios exhaustivos para medio saber lo que pasaba. Entonces pude presenciarlos todos, si se me hubiera ocurrido opinar me habrían dejado, sólo que yo acababa de subir los escalones de Bellas Artes y me había enamorado de otro.

Me volví infiel mucho antes de tocar a Carlos Vives. No tenía lugar para nada que no fuera él. Nunca quise así a Andrés, nunca pasé las horas tratando de recordar el exacto tamaño de sus manos ni deseando con todo el cuerpo siquiera verlo aparecer. Me daba vergüenza estar así por un hombre, ser tan infeliz y volverme dichosa sin que dependiera para nada de mí. Me puse insoportable y entre más insoportable mejor consentida por Andrés. Nunca hice con tanta libertad todo lo que quise hacer como en esos días, y nunca sentí con tanta fuerza que todo lo que hacía era inútil, tonto y no deseado. Porque de todo lo que tuve y quise lo único que hubiera querido era a Carlos Vives a media tarde.

Un día en el desayuno Andrés descubrió que me había crecido el pelo y que su brillo era lo mejor que había visto en años, encontró que mis pies eran más lindos que los de cualquier japonesa, mis dientes de niña y mis labios de actriz. En cambio yo nunca odié tanto mis caderas, mi boca, mis pestañas, nunca me creí más tonta, más tramposa, más fea.

Con las fealdades a cuestas pasé esa mañana oyendo a mi general inventar un grupo de diputados que se llamara Renovación, planeando cómo chingarse a uno y madrear a otro. Mientras yo sólo quería que llegara la tarde.

Tenia que ir a Palacio Nacional y fui con él.

– ¿Ahora sí vas de compras? -me dijo al bajarse del coche.

– A lo mejor contesté.

Nada más arrancó Juan y le pedí que me llevara a Bellas Artes. Cuando llegamos brinqué del coche.

– ¿A qué horas regreso, señora?

– No regrese. Como si no me hubiera oído volvió a decir:

– ¿Está bien a las ocho?

Subí corriendo las escaleras. No oí la música. Seguro que no estaba.

Empujé la puerta:

– Todos, otra vez desde la diecisiete -dijo su voz.

La música empezó a sonar. Me deslicé como un gato. Fui a sentarme hasta atrás. Puse las manos sobre las piernas y sin darme cuenta froté la falda hacia arriba y hacia abajo. Lo miré de lejos. Otra vez los brazos y la voz ordenando:

– Ese sostenido es sostenido, Martínez. Márquelo, no tenga miedo. Suena así. Buenas tardes, señora, qué bueno tenerla de público -gritó. Si evita el ruido de las manos contra la falda nos dará gusto.

Voy de un loco a otro, pensé, pero no salí corriendo. Me gustaba verlo de lejos. No podría imitarlo, pero lo recuerdo tan bien como al mar y la noche en Punta Allen.

Subí a los palcos del segundo piso. Me gustaba cómo movía las manos, cromo otros lo obedecían sin detenerse a reflexionar si sus instrucciones eran correctas o no. Daba lo mismo. El tenía el poder y uno sentía claramente hasta dónde llegaba su dominio. Iba por la sala, se metía en los demás, en mi cuerpo recargado sobre el barandal del palco, en mi cabeza apoyada sobre los brazos, en mis ojos siguiéndole las manos.

Dieron las ocho y la música no terminaba de ir y venir. Juan ya estaría en la puerta y Andrés furioso, pero yo no me moví de la butaca de terciopelo rojo hasta que los brazos de Carlos cayeron de golpe.

– Mejor, mucho mejor señores. Nos vemos mañana. Gracias por la tarde.

Se bajó del podio y desapareció por una de las puertas laterales del escenario. Estaba yo imaginando a dónde podría haber ido cuando llegó junto a mí.

– ¿Quién acompaña a quién a tomar un helado?

– Yo a ti -le dije.

– Tú eres a la que le gustan los helados, yo prefiero un whisky.

– ¿Cómo sabes que me gustan los helados?

– ¿No comes helados cuando estás nerviosa?

– Si, pero ahorita no estoy nerviosa, ¿y quién te dijo?

– Mis espías. También me dijeron que ayer querías bajarte del coche y venir a mi hotel.

– Te dijeron mal. ¿Quién crees que soy?

– Una mujer casada con un loco que le lleva veinte años y la trata como a una adolescente. Bajamos las escaleras.

Juan estaba en la entrada, pálido como pan crudo.

– Señora el general nos mata -dijo abriendo la portezuela del coche.

– Dígale que vamos caminando, que no tardamos -ordenó Carlos.

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