Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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Bravo por prontas providencias se fue a Venezuela. A su plan para levantarse en armas la gente le puso el Plan de la Rendición. Sus adeptos se levantaron de todos modos y los mataron como chinches. Ni así regresó mi candidato. Resulté un desastre como electora, por eso me pareció correcto reconocer mi error y aplaudirle al Congreso cuando en septiembre declaró que el triunfo le pertenecía a Fito por 3.400.000 votos contra 151.000 de Bravo.

Como yo, el gobierno de los Estados Unidos optó por reconocer y apoyar el triunfo del gordo, avisó que a su toma de posesión mandaría como embajador extraordinario al secretario Bryan.

Al poco tiempo volvió Bravo. Nunca vi a Andrés reírse tanto como el día que leyó el discurso que mi excandidato pronunció y entregó a la prensa la misma tarde de su llegada.

– Este cabrón sí que es divertido. Oye esto -me dijo: «Como en mi actitud inflexible para nada intervinieron la ambición ni la vanidad, vengo también a renunciar ante el pueblo soberano de México al honroso cargo de Presidente de la República para el que tuvo a bien elegirme el pasado 7 de julio.» Es divertido -decía pateando el suelo para acompañar su risa. Está lleno de ardientes propósitos, de profundas devociones, de agradecimientos inextinguibles, de confianza en un México libre y feliz. Lleno de todo menos de gúevos.

– ¿Qué querías? -pregunté. ¿Que se dejara matar?

– Pues sí. Era lo menos. Este si que tanto pedo para cagar aguado -dijo y siguió riéndose toda la mañana.

Después se le ocurrió mandarme a acompañar a Chofi que estaba encargada de acompañar a la esposa del secretario Bryan durante la recepción de la embajada gringa.

Llegamos cuando un montón de gente apedreaba la estatua de Washington. Entramos a la embajada por la puerta de atrás y ya adentro oímos tiros y gritos, mientras unos meseros muy serios nos administraban panecitos con caviar y copas de champagne. La señora Bryan estaba pálida pero fingía un «no pasa nada», digno de la mejor actriz. Seguro estaba pensando que en mala hora habían mandado a su marido a un país de salvajes, pero sonreía de vez en cuando y hasta me preguntó cómo estaba el clima en Puebla.

– Álgido -le contesté.

– Algidou, how nice -contestó.

Cuando salimos de la cena nos enteramos de que un mayor Luna había muerto al intentar aprehender a un grupo de terroristas que planeaba asesinar a los generales Aguirre y Campos.

– Pobre mayor Luna, murió sirviendo a la patria -le dijo Chofi al teniente encargado de custodiarla y de comunicarnos la mala noticia.

– Esta no se ha tardado nada en confundirse con la patria -pensé. A todas les pasa, pero creí que era más lento -murmuré, mientras la oía hablar de la vocación de servicio y el profundo sentido del deber del mayor Luna.

Ya en Puebla la recordé cuando comentaba con Mónica y Pepa la payasada de Fito al manifestar sus bienes: dos ranchos, Las Espuelas y La Mandarina, una casa con huerta en Matamoros, una casa habitación con valor de 20.500 pesos en las Lomas de Chapultepec y otra cercana a la anterior con valor de 27.000 pesos. Ningún depósito numerario en ninguna institución de crédito.

– Son unos cursis -dijo Mónica. Con tu perdón, Cati, pero, ¿a quién quieren convencer de su honradez? Que no me digan que ni cuentas de cheques tienen. ¿Qué? ¿Chofi guarda las quincenas abajo del colchón?

– Ningún depósito en México -dijo Pepa. Tu compadre es insufrible, nos esperan seis años de tedio: creyente y anticomunista, ya sólo quedaba mi marido -dijo riéndose con la frescura que le había brotado de las citas en el mercado de La Victoria.

– ¿Ya sabes por qué le dicen a Rodolfo el Income Tax? -preguntó Mónica. Porque es un pinche impuesto -se contestó.

Nos reímos. Como buenas poblanas mis amigas eran la purísima oposición verbal. Decían todo lo que yo quería oír y no tenía dónde. Me gustó verlas. Estuve tan feliz que hasta se me olvidó que al día siguiente era la toma de posesión de Rodolfo y yo no sabía qué ropa usar.

Mi papá me hizo el favor de evitarme esa decisión; Fui a verlo al salir de casa de Pepa. Estaba tomando su café con queso y un pan duro que rebanaba delgadito.

– ¿Cómo ves lo de la guerra? ¿Nos pasará algo peor que la falta de medias? -le pregunté.

– No pienso vivir para saberlo -contestó.

Hice chistes sobre su habitual pesimismo y me puse a lamentar mi condición de esposa de Andrés Ascencio, comadre de Rodolfo Campos, infeliz que no quería soplarse un discurso larguísimo, leído en el tono de retrasado mental que Fito imprimía a su oratoria en los momentos cumbres.

– Pobre de ti, chiquita -dijo sobándome la cabeza. Ya te irá mejor alguna vez. Te has de encontrar un buen novio.

– Te tengo a ti -le contesté frunciendo la nariz y levantándome a besarlo.

Nos pusimos a juguetear como siempre. Lo acompañé a ponerse la piyama y estuve acostada junto a él hasta que llegó mi madre con cara de ya es muy noche para que andes fuera de tu casa. Ella nunca estaba fuera de su casa después de las cinco de la tarde, menos sin su marido. Yo le resultaba un escándalo. Me levanté.

– No sé qué ponerme mañana -dije.

– Ponte algo negro, siempre es elegante -me contestó Bárbara entrando al cuarto.

– A ver qué encuentro, cuiden a mi novio -pedí.

Tuve que encontrar algo negro. Cuando amaneció, mi papá había muerto.

No me gusta hablar de eso. Creo que todos lo vimos como una traición. Hasta mi madre, que está segura de que lo encontrará en el cielo. Bárbara se encargó de organizar el funeral y todas esas cosas. Yo no me acuerdo qué hice aparte de llorar en público como nunca debió hacerlo la esposa del gobernador. Tampoco sé cómo pasaron los últimos meses de Andrés en el gobierno. Cuando me di cuenta ya vivíamos en México.

CAPÍTULO XII

Recorría la casa como sonámbula inventándome la necesidad de alguien. Tantas eran mis ganas de compañía que acabé necesitando a Andrés. Cuando se iba por varios días, como hizo siempre, yo empecé a reclamarle sin intentar siquiera los disimulos del principio.

– ¿A ti qué te pasa? -preguntaba. ¿Por qué frunces la boca? ¿No te da gusto verme?

Me faltaban reproches para contar mi aburrimiento, mi miedo cuando despertaba sin él en la cama, el enojo de haber llorado como perro frente a los niños y sus pleitos por toda compañía.

Me volví inútil, rara. Empecé a odiar los días que él no llegaba, me dio por pensar en el menú de las comidas -y enfurecer cuando era tarde y él no llamaba por teléfono, no aparecía, no lo de siempre que quién sabe por qué empezó a resultarme tan angustioso.

Para colmo no estaban mis amigas a la vuelta de la esquina, y Bárbara era otra vez mi hermana que vivía en Puebla, ya no mi secretaria particular ni nada de esas tonterías. Pablo estaba en Italia, Arizmendi era un invento, lo único posible se volvió Andrés y él me dejaba días en la casa de Las Lomas, dando vueltas de la reja a la puerta de la estancia para verlo llegar, leyendo los periódicos sólo para saber si andaba con Fito y dónde.

Establecí un orden enfermo, era como si siempre estuviera a punto de abrirse el telón. En la casa ni una pizca de polvo, ni un cuadro medio chueco, ni un cenicero en la mesa indebida, ni un zapato en el vestidor fuera de su horma y su funda. Todos los días me enchinaba las pestañas y les ponía rímel, estrenaba vestidos, hacía ejercicio, esperando que él llegara de repente y le diera a todo su razón de ser. Pero tardaba tanto que daban ganas de meterse en la piyama desde las cinco, comer galletas con helado o cacahuates con limón y chile, o todo junto hasta sentir la panza hinchada y una mínima quietud entre las piernas.

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