– ¿De esta casa nada más? -dije.
– En las otras viven su mujer y sus hijos. Esta todavía no la toman -me contestó.
La mujer del general Gómez estaba de plano muy tirada a la calle. Era como de su edad, los mismos cuarenta y cinco pero llevados por una mujer que casi la hizo de soldadera. Tenían nueve hijos, ya grandes, algunos hasta casados. Y ella era una abuelita que nunca esperó demasiado de la vida y a la que el marido se le había hecho rico. Como que conocía yo a los generales, que Gómez Soto no la iba a dejar públicamente para casarse con Bibi.
– Dile que sí, pero que ponga la casa a tu nombre -le aconsejé.
– Pero eso va a ser imposible Catalina. No me atrevo. El ya es tan bueno conmigo, ya me da tanto -terminó y se puso roja.
– Sobras te da -dije. Sobras dan. Nada que les duela, querida. Te adorna la alberca, pero no te la escritura. ¡Qué chiste! ¿Vas a ser una arrimada?
– Al principio. Ya luego me lo iré ganando -dijo con voz de quinceañera.
Como al mes de esa conversación llegó a visitarme a Puebla. Se bajó feliz de un coche enorme igual a los míos. No llevaba al niño y usaba abrigo de pieles en marzo. Volví a hablar mal del General Soto y hasta lo relacioné con la muerte de Soriano, que no sólo le convino a Andrés sino también a él porque terminó comprando el periódico para su cadena. Ella no quería oír.
Estábamos paradas en la terraza, viendo la ciudad abajo, las docenas de iglesias encimando sus cúpulas brillantes. Me gustaba mirar desde ahí. Las calles de Puebla se veían perfectas y uno casi podía tocar la casa que más le gustara.
– Estoy harta de no tener protección, Catalina. Es horrible ser viuda pobre, todo el mundo te quiere meter la mano. Y casi nadie te deja nada.
Siquiera el general es generoso. Mira el coche que me regaló, mira qué sirvientes me paga. Ha prometido que me llevará a conocer Europa, me comprará lo que yo quiera, iremos a teatros, veremos lo que yo no vería jamás metida en este agujero o sobre una máquina de escribir en los Estudios América, viendo pasar a María Félix con todo lo que se pone encima hasta que yo me haga vieja y ella siga preciosa. No, Catalina, ni me aconsejes. No te va.
– En eso tienes razón -dije. Soy el peor ejemplo y no me quejo. ¿Por qué te habrías de quejar tú? Claro que yo no tuve con quién comparar, creo que ni elegir pude. Nunca supe de un marido común y corriente al que no le alcanzara para la sopa de letras. A veces pienso que me hubiera gustado ser la mujer de un doctor que sabe dónde les quedan las anginas a los niños. Aunque a lo mejor es el mismo tedio pero sin abrigos. ¿Por qué no te casas con el hermano de tu cuñado? Es simpático y está guapo -pregunté.
– Porque ya está casado. Es uno de los metemanos que abundan.
Nos hicimos amigas. Se acabó yendo a vivir con Gómez Soto, que le hizo bueno lo de los coches con ventanas oscuras y la casa con alberca y flores, pero lo de los viajes se lo quedó a deber. No la dejaba salir ni a comprar ropa. Todo le llevaban a la casa: vestidos, zapatos, sombreros de París. Como si la pobre necesitara sombrero de red para pasearse por los corredores de su casa. Hasta un teatro le hizo al fondo del jardín. Ahí le llevaba los artistas. Hacían funciones privadas. Invitaban a medio mundo, hasta Chofi que era tan puritana acabó ahí un día con todo y su marido. Se necesitaban los periódicos de Gómez Soto para las campañas y Fito estaba dispuesto a correrle todas las cortesías.
– No te preocupes -le decía Andrés cuando íbamos en el coche rumbo a casa de Bibi. Gómez Soto sabe con quién estar y es hombre agradecido. Yo le presté para comprar sus nuevas máquinas.
– ¿Dinero del gobierno del estado? -preguntó Rodolfo como si fuera tonto.
– Claro, hermano, pero la patria tiene nombre y apellido y una deuda es una deuda. El sabe que nos la debe. De todos modos conviene venir y son muy divertidas sus fiestas. ¿Verdad Catín?
– Si -dije mirando a Chofi que iba tan furiosa que hasta se le paraba más la trompa.
– Pues a mí no me gusta tener que soportar a la querida -dijo.
– ¿Qué le soportas? Si es gratísima -preguntó Fito. A Chofi le acabó de crecer la trompa.
Nos recibió la Bibi. Hacía como tres meses que no nos veíamos. Había dejado de ir a Puebla y cuando la vi supe por qué. Inevitablemente, el general le había hecho una barriga.
No se veía mal embarazada. Con su vestido largo y amplio parecía diosa griega. Los brazos le habían engordado un poco, pero la cara se le puso aún más joven.
– Te lo advertí. Después del retozo viene el mocoso -dije.
– Ni digas, estoy muy espantada, donde a la pobre criatura le salga la nariz de este hombre.
– Deja la nariz, las mañas. No sé cómo nos hemos atrevido a reproducirlos.
– No tienen por qué salir iguales -dijo la Bibi, acariciando su barriga. Ya ves que Beethoven era hijo de un alcohólico y una loca.
– ¿Quién te contó eso?
– Ya no me acuerdo, pero da esperanzas, ¿no?
– Y tu otro hijo, ¿cómo está?
– Bien. Odi quiso que lo mandáramos a estudiar fuera un tiempo y está en un internado precioso en Filadelfia.
– ¿A los nueve años?
– Está muy contento. Es un colegio militarizado, carísimo. Tiene tres uniformes distintos y unos campos de fútbol hermosos. Le hacia falta convivir con otros niños, estaba muy pegado a mí.
– ¿Eso lo crees tú o Gómez Soto?
– Los dos.
– ¡Qué bonita pareja!, tan de acuerdo en lo fundamental -dije abrazándola.
– Bueno, ¿qué quieres que haga? -me preguntó.
– Quiero que no me trates como si fuera yo una pendeja. Esa historia de la felicidad de tu hijo cuéntasela a Chofi, si quieres hasta te ayudo con los detalles, pero conmigo podrías llorar, ¿o no tienes ganas?
– No, no tengo ganas. No por eso. A veces lloro, pero por la panza y el encierro.
– Son horribles las panzas, ¿no?
– Horribles. Yo no sé quién inventó que las mujeres somos felices y bellas embarazadas.
– Seguro fueron los hombres. Ahora, hay cada mujer que hasta pone cara de satisfacción,
– ¿Qué les queda?
– Pues siquiera el enojo. Yo mis dos embarazos los pasé furiosa. Qué milagro de la vida ni qué la fregada. Hubieras visto cómo lloré y odié mi panza de seis meses de Verania cuando se llenó de nísperos el árbol del jardín y no pude subirme a bajarlos. Todos los años era la campeona, les ganaba a mis hermanos como por tres canastas, y de repente voy entrando a casa de mis papás y veo a mis hermanos trepados en el árbol concursando sin rival.
– Ya ves, hija, lo que te pierdes por argüendera -dijo mi papá. De ahí empecé a llorar y todavía no acabo.
– Mentirosa. Nunca te he visto llorar.
– Porque no estás en mi casa a media noche, y de día no es correcto, soy la primera dama del estado.
Nos habíamos ido caminando desde la puerta de la entrada por todo el jardín. Fito, Andrés y Chofi iban adelante de nosotros, cuando llegaron a la puerta de la casa los recibió el general y se pusieron a abrazarse y palmearse. Son chistosos los señores, como no pueden besarse ni decirse ternuritas ni sobarse las barrigas embarazadas, entonces se dan esos abrazos llenos de ruido y carcajadas. No sé qué chiste les verán. El caso fue que dejaron a Chofi a un lado y nosotras tuvimos que interrumpir el chisme y llamarla a nuestra conversación.
– Se ve usted muy linda embarazada -dijo Chofi. Se le endulzan tanto las facciones.
– Es que engordan -dijo la Bibi.
– Pues sí, hay cosas que ni remedio. ¿Cómo va una a estar esperando y delgada? Pero es muy noble la maternidad. Yo no conozco una sola mujer que se vea fea cuando está esperando.
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