Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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Exactamente cuando el antiguo reloj de familia dio la media con una campanada, Pepa cruzó la puerta, el patio, y llegó hasta mi banca en el jardín.

Era la misma, no se pintaba, se recogía el pelo en una trenza sobre la nuca y caminaba como niña, pero algo en los ojos tenía raro, algo en la boca con la que sonreía como si estuviera estrenando labios.

– Parece que tienes un amante -dije riéndome con mi aberración.

– Tengo uno -contestó sentándose junto a mi con una placidez que no he vuelto a ver.

Se encontraban en las mañanas. Todos los días de diez y media a doce y media en un cuartito alquilado como bodega arriba del mercado de La Victoria. ¿Quién era él? El única hombre con el que su marido la dejó cruzar más de tres palabras. El doctor que la atendía cada vez que se le frustraba un embarazo. Con tres frustraciones tuvieron. Era un tipo guapo, el partero más famoso de Puebla. La mitad de las mujeres hubieran querido un romance con él, algunas se arreglaban para ir a la consulta más que para el baile de la Cruz Roja. Y fue a dar con la Pepa, con la más difícil.

– Cogemos como dioses -dijo extendiendo una risa clara y feliz, con la misma dulzura con que antes recitaba jaculatorias. Estaba espléndida. Jamás me hubiera dado la imaginación para soñarla así.

– ¿Y tu marido? -pregunté.

– No se da cuenta. Es incapaz de rimar luz con lujuria.

– ¿Y a ti cómo te va?

– Igual -contesté.

– ¿Qué podía yo contarle? Mi pendejo romance con Arizmendi ataba bien para divertir a una pobre mujer encerrada, pero a esa novedad con expresión de diosa no podía yo enturbiarle el paraíso con algo tan prosaico. Le di un beso y me fui envidiando su estado de gracia.

CAPÍTULO IX

Nunca entendía cómo llegó Fito a secretario de la Defensa, pero tampoco había entendido que llegara a subsecretario y que cuando Andrés lo llevó a firmar como testigo de nuestro casamiento ya fuera director de quién sabe qué.

También Andrés se sorprendió cuando aparecieron en las paredes de las casas del Distrito Federal unos manifiestos que firmaba el general Juan de la Torre, en los que se sugería como candidato a la presidencia de la República a Rodolfo Campos.

Creo que el mismo Rodolfo estaba sorprendido, porque declaró rápidamente que se trataba de una burda maniobra y que él vivía dedicado exclusivamente a colaborar con el general Aguirre sin ninguna aspiración posterior.

Yo le creí. ¿Qué aspiración posterior iba a tener el pobre cuando ni siquiera su mujer lo respetaba? Así tan mochita como se veía, a los ocho días de casada escapó con el médico del regimiento en que Fito era pagador. Nomás se fue una mañana y ni aviso dejó. Si no es porque alguien le pasa el chisme, quién sabe a qué horas se hubiera enterado su marido. Hace poco me contó un viejo que estaba en el regimiento que cuando Rodolfo lo supo fue con su general y se le puso a llorar comentando su desgracia.

– Ándele, sargento -dijo el general, lo autorizo a que agarre un pelotón, los alcance y los ajusticie a los dos como se merecen.

– No, mi general -dijo Fito, si lo que yo quisiera es nada más que usted mandara un juez de paz que los amoneste para que vuelvan.

El general les mandó el juez y volvieron. Cuando Chofi bajó del caballo, Rodolfo se le echó a los pies llorando y preguntándole qué daño le había hecho para merecer su abandono. Le pidió perdón y le besó los tobillos delante de todo el mundo, mientras ella con las manos en la cintura no se dignó siquiera bajar la cabeza.

Siempre fue altanera la Sofía y dicen que alguna vez guapa. Pero yo lo dudo. Lo que sí hizo, según su marido pasaba de un cargo a otro, fue cambiar la cachondería por el rezo. Si cogía con algún cura nunca se supo y en la cara no se le notó jamás.

Nunca se me va a olvidar el día que se convirtió en candidata a la presidencia porque fue el mismo que llegó Tyrone Power al país.

Yo acompañé a Mónica hasta el aeropuerto porque coincidió con que Andrés quiso que le hiciera a Chofi una visita de cortesía. Mónica se había hecho las ilusiones de esperar a Tyrone Power en las escaleras del avión, pero cuando llegamos al aeropuerto montones de mujeres tenían exactamente los mismos planes.

Como su marido tenía tanto tiempo enfermo, ella llevaba años guardándose las ganas de coger mientras hacia vestidos y negocios. En cuanto vio a Tyrone Power le salieron todos los deseos y se puso como una fiera. Me dejó parada cerca de los mostradores de las aerolíneas y se metió entre la marabunta de mujeres dando empujones y patadas.

En dos minutos estaba encima del pobre hombre:

– Tyrone, veo todas tus películas -le gritaba. Como llegó antes que la multitud, alcanzó a darle un beso que él contestó con su estudiada sonrisa de muñeco. Después no pudo volver a sonreír, tuvieron que sacarlo del aeropuerto entre los bomberos y la policía. Las mujeres lo dejaron sin saco y sin un solo botón en la camisa. Cuando lo vi salir levantado en vilo por los bomberos, llevaba los pelos parados y le faltaba un zapato.

Mónica tenía una cara de gatita satisfecha que daba gusto verla. No he conocido mucha gente que sea feliz con tan poco.

Del aeropuerto nos fuimos a casa de Chofi. La encontramos muy arreglada, cosa que me pareció rara porque casi siempre a la una seguía en chanclas y bata. Ese día ya estaba peinada muy propia con unas anchoas apretaditas y vestida de oscuro. No se le podía pedir la completa elegancia y por eso me pareció una exageración de Mónica notar que los prendedores de brillantes tan grandes como el que se puso entre las tetas no se usaban de día.

Estaba sentada en un sillón de su sala Luis XV dejándose retratar por varios fotógrafos.

Cuando se fueron yo supuse que había que felicitarla, pero no supe la razón. Se la pregunté al último fotógrafo que pasó junto a nosotros y me dijo que Martín Cienfuegos, el gobernador de Tabasco, había firmado un pacto con políticos de varias partes del país para sostener la candidatura del general Rodolfo Campos a la Presidencia.

Chofi parecía una lechuga, nos enseñó los botones con la foto de su marido que acababan de llegar de una fábrica en Estados Unidos y habló de los comités pro general Campos que empezaban a formarse en muchas partes del país.

Supuse que Andrés lo sabía todo y que me había mandado ahí sin explicaciones pare que yo no me negara a visitar a Chofi como si fuera la primera dama de su corte. Estaba furiosa contra él, pero oí las historias de la Chofi con una sonrisa beatífica y cuando terminó me di el lujo de expresarle mis felicitaciones y pedirle que aceptara las de Andrés, a quien asuntos locales habían imposibilitado el traslado inmediato a los brazos de su compadre. Después me despedí alegando que quería volver con luz a Puebla.

– Así que nos esperan seis años de este tedio -dijo Mónica en la puerta. ¡Qué horror! Prefiero el indigenismo.

Fuimos a comer al Tampico. Mónica se dedicó a coquetear con todos los señores de las mesas cercanas hasta que al fin de la comida el mesero llegó con una botella de champagne que no hablamos pedido, la noticia de que la cuenta estaba pagada y dos rosas con una tarjeta que decía: «Acepten ustedes la sincera admiración de: Mateo Podán y Francisco Balderas.»

Busqué a Balderas que era secretario de Agricultura y había comido varias veces en mi casa. Estaba sentado no muy lejos, en una mesa para dos con un hombre de nariz aguileña y ojos profundos al que supuse Mateo Podán, periodista al que Andrés odiaba.

– ¿Dices que el de la derecha también quiere ser presidente? -preguntó Mónica. Perdóname amiga, pero ojalá y se le haga.

Acabaron en nuestra mesa platicando. Mateo Podán tenía una lengua rapidísima y cruel con la cual se dedicó a describir al compadre Campos como si yo fuera Dolores del Río o cualquier otra mujer menos la esposa de su compadre Andrés Ascencio. Balderas se encantó con Mónica y acabó pidiéndole su dirección y otras cosas.

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