Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida
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– Me lo contó la única que sobrevivió. Hoy en la tarde mataron a su marido en el ingenio. Yo lo vi, lo mataron porque llegó a contarles a los peones cómo las gentes de Heiss y las tuyas les entraron a tiros hace dos días a todos los que defendían las tierras que ese pinche gringo le compró a De Velasco en tres mil pesos. Me dijo que eran más de cincuenta con todo y niños, que mandaste al ejército a desarmarlos y luego les echaste encima cien hombres con ametralladoras. Devuélveme mi caballo, ya los muertos ni quien los reviva. Pero si todo el mundo va a ganar algo, yo quiero mi caballo de regreso o le digo la verdad a don Juan el de Avante.
– Tú te callas la boca. Nada más eso me faltaba, el enemigo en mi cama. La gobernadora soplándole al honrado periodista. ¿Qué te estás creyendo?
– Quiero mi caballo -le dije y me fui a dormir al saloncito de estar.
Me senté en el sillón azul en que a veces pasaba las tardes flojeando. Se me hacían tan lejos esas tardes. Cada vez que descubría una de las barbaridades de Andrés todo el pasado me parecía lejísimos.
Estaba días como ausente, dándole vuelta a las cosas, queriéndome ir, avergonzada y llena de pavor, segura de que nunca sería posible otra tarde tranquila, de que el asco y el miedo no se me saldrían jamás del cuerpo.
Esa noche tenía más horror que ninguna. Me acosté temblando. No quise cerrar los ojos porque veía la cara del muchacho tirado en el suelo del ingenio y la de su mujer llorando bajo el rebozo.
Por fin me dormí. Soñé a mis hijos con sangre en la cara, yo quería limpiárselas pero sólo tenía pañuelos que echaban más sangre. Cuando desperté Lucina llamaba a la puerta. Le abrí y entró con mi taza de té, la crema, el azúcar y pan tostado.
– Dice el general que baje usted en una hora.
– ¿Está bonito el día? -le pregunté.
– Sí, señora.
– ¿Ya se fueron los niños al colegio?
– Están desayunando.
– Pobres niños, ¿verdad, Luci?
– ¿Por qué, señora? Andan contentos. ¿Qué ropa le saco?
Bajé corriendo. Entré a las caballerizas gritándole. Ahí estaba con su mancha blanca entre los ojos y su cuerpo elegante.
– Mapache, Mapachito, ¿cómo te trató el pinche gringo hijo de la chingada? ¿Me perdonas?
Lo acaricié, lo besé en la cara, en el hocico y en el lomo. Después lo monté y nos fuimos corriendo hasta el molino de Huexotitla. Iba yo cantando para espantar a los muertos. De ida todavía los vi, pero ya de regreso se me habían olvidado.
Al mediodía fui con Andrés a una comida donde había periodistas. Uno que escribía en Avante le preguntó por los muertos de Atencingo.
– Me parece muy lamentable lo que ahí sucedió -dijo. He encargado al señor procurador que investigue a fondo los hechos y puedo asegurarles a ustedes que se hará justicia. Pero no podemos permitir que grupos de bandoleros disfrazados de campesinos diciendo que exigen su derecho a la tierra se apoderen con violencia de lo que otros han ganado con un trabajo honrado y una dedicación austera. La Revolución no se equivoca y mi régimen, derivado de ella, tampoco. Buenas tardes, señores.
El periodista le quería contestar pero el maestro de ceremonias tomó el micrófono a tiempo:
– Señoras y señores, damas y caballeros, en estos momentos el señor gobernador pasa a retirarse. Les suplicamos despejar la salida.
La gente se levantó y empezó a caminar hacia la puerta. Vi cómo a Andrés lo tomaban de los brazos entre cuatro de sus hombres y lo sacaban en vilo, otros me cargaron hasta la calle. Nos subieron en autos distintos que arrancaron de prisa.
– ¿Qué pasa? -le pregunté al hombre que manejaba el coche en que caí.
– Nada, señora. Estamos ensayando nuevas rutinas de salida -dijo.
Andrés fue a las oficinas del Palacio de Gobierno y yo a la casa.
En el salón de juegos estaban sus hijos grandes con unos amigos. Marta me había dicho que invitaría a Cristina, una compañera de su colegio, hija de Patricia Ibarra, la hermana mayor de José Ibarra, uno que fue mi novio.
Decíamos que éramos novios porque íbamos juntos a tomar nieve a La Rosa y caminábamos de la mano hasta el parque de La Concordia, donde nos dábamos un beso de lado antes de despedirnos. Un día me dio un beso con tan mala suerte que la hermana iba saliendo de misa de doce y nos vio. A José le dijeron que además de pobre era yo una loca que no se daba su lugar, y su papá lo invitó a un viaje por Europa.
El me lo contó todo como si yo fuera su mamá y tuviera que librarlo de un castigo.
– ¿Ya no te dejan ser mi novio? -le pregunté.
– Es que tú no sabes cómo es mi familia.
– Ni quiero -le dije y me fui corriendo, desde el parque hasta la casa de la 2 Poniente.
– ¿Qué te pasa, chiquita? -preguntó mi mamá.
– Se peleó con el rico. ¿No le ves la cara? -dijo mi papá.
– ¿Qué te hizo? -dijo mi madre que siempre sentía cualquier agravio en carne propia.
– Lo que sea no se merece más de una trompetilla -contestó mi papá. Sácale la lengua.
– Ya se la saqué -dije.
La sobrina de ese tarugo al que después sus papás casaron con Maru Ponce para formar la familia más aburrida de todas las que recorrían los portales el domingo era la amiga de Marta y era preciosa.
En la noche la madre fue a recogerla a nuestra casa con la casualidad de que iba llegando Andrés y las invitó a cenar. Toda la cena las halagó, les preguntó por los hombres de su casa y les contó historias de toreros y políticos.
Al irse la hermana de José se despidió diciendo:
– Cati, me dio un gran gusto verla, usted siempre tan fina.
– Hace diez años no pensaba usted lo mismo -contesté.
– No le entiendo -dijo con una sonrisa torcida y se fue seguramente con chorrillo, porque Andrés le murmuró quién sabe qué cosas a la hija, que de la perturbación se puso el sombrero al revés.
Ni tres días pasaron antes de que se la llevara al rancho cerca de Jalapa. Ahí la tuvo hasta el final, de ahí salió con una niña a exigir su parte en la herencia. No le fue mal, todavía vive entre caballos, perros y antigüedades sin hacer nada útil. Hasta el yerno vive de la suerte de Cristina.
A mí no me dio coraje, qué coraje me iba a dar, si toda la familia Ibarra sigue cargando con la vergüenza. Esos días hasta los disfruté. Me daba risa: que ya el general se robó a la compañera de Marta y que la mamá se está volviendo loca. Más risa me daba imaginar a la rezandera aquella sale y entre de la iglesia sin ningún resultado. Esa sí que ni tiempo tuvo de darse a respetar -decía yo, pensando en José, el parque de La Concordia y el beso de mi deshonor.
De verdad en Puebla todo pasaba en los portales. Ahí estaba parado Espinosa cuando le dieron la puñalada que lo sacó del negocio de los cines, por ahí se paseaba Magdalena Maynes con sus vestidos nuevos antes de que la desgracia se le apareciera. Porque a ésa le cambió la vida de todas todas cuando mataron a su padre. Parece que la estoy viendo, nunca se le arrugaba un olán y la ropa le caía coma a las maniquíes. No eran ricos, pero gastaban como si lo fueran. Nosotros los veíamos con frecuencia porque el papá tenía negocios con Andrés. Todo el mundo parecía tener negocios con Andrés.
Magdalena era la consentida del licenciado. Los fines de semana se la llevaba al Casino de la Selva en Cuernavaca. Una vez los encontramos. Magda llevaba un vestido de seda con flores estampadas y el pelo recogido con dos peinetas. Sorbía su limonada con un desapego casi cachondo.
Estaban su padre y ella sentados en las mesas del jardín, frente a la alberca, cuando llegamos nosotros. Llevábamos a todos los niños. Al vernos el licenciado se levantó para hablar con Andrés en un aparte, ella conversó con nosotros sobre la calidez del día sin perderles detalle a los gestos de su padre que volvió pronto y se fue de inmediato con todo y la hija preguntándole quién sabe qué y transformada de adolescente frívola en litigante feroz. Me pareció extraño el cambio, pero tantas cosas eran extrañas y no las notábamos. Ya en el coche rumbo a Puebla le pregunté a Andrés qué los había molestado y me contestó que no me metiera. Así que olvidé a los Maynes.
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