Ángeles Mastretta - Arráncame La Vida

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Cuando Catalina conoce al general Andrés Asensio, todavía es una muchacha que lo ignora todo de la vida. Él, en cambio, es candidato a Gobernador del Estado de Puebla, y sabe muy bien cuáles son sus objetivos de cacique. A las pocas semanas se casan. Pero Catalina, mujer apasionada e imaginativa, descubre muy pronto que no puede aceptar el modo de vida que le impone la nueva situación y no acepta vivir sin amor.

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– Yo, muchas -dije recordando a Chofi que desde que se embarazó la primera vez quedó como pasmada. Ya nunca se supo si iba o venía, se le puso una panza del tamaño de las nalgas, y unas chichis como de elefanta. Pobrecita, pero daba pena. Se iba a convertir en presidenta y ni así dejaba de comérselo todo.

– ¿Tú muchas? ¿A quiénes conoces que se vean feas esperando un hijo?

– A muchas, Chofi, no vas a querer que te las nombre.

– Tú con tal de llevarme la contra.

– Si quieres te digo que todas las mujeres embarazadas son preciosas, pero no lo creo. Yo nunca me sentí más fea.

– Pues no te veías mal. Ahora estás demasiado flaca. ¿Y cómo se ha usted sentido señora? -le preguntó a Bibi.

– Muy bien -dijo Bibi, estoy haciendo ejercicio que dicen que es bueno.

– Pero qué horror, cómo va a ser bueno. Ajetrea usted a la criatura. El embarazo se debe reposar. ¿No querrá usted que se le salga antes de tiempo como le pasó a Catalina con el último?

– No se me salió por el ejercicio, sino porque mi matriz no lo aceptó -dije.

– ¡Qué locura! ¿Desde cuándo las matrices no aceptan? Te fuiste a montar a caballo.

– Me dio permiso el doctor.

– Claro, ese Dosal está loco, da permiso de todo. Cuando lo oí diciéndote después del Checo que podías dejar los atoles y los caldos de gallina durante la cuarentena me pareció un loco. Un loco y un irresponsable. Seguro que no juega así con la vida de sus hijos. O será maricón. Los maricones odian a los niños y a las mujeres. Seguro es maricón.

– ¿Qué le parecen las flores de mi alberca, doña Chofi? -preguntó la Bibi, oportunamente.

– ¡Ay qué bonitas! No las había visto. ¿Las siembran aquí cerca?

– Odilón las manda traer de Fortín todas las semanas.

– Qué hombre más detallista -dijo Chofi. Ya no hay muchos como él. ¿A cuántas horas de aquí queda Fortín?

– A siete -dije yo. Estamos todos locos.

– ¿Por qué dices eso, Catalina? No seas envidiosa.

– Tendría que no ser yo. Pero es una locura traer flores desde Fortín. Es obvio que el general está loco de amor -dije.

– Eso sí -contestó Chofi que cuando se ponía romántica hinchaba los pechos y suspiraba cono si quisiera que alguien, por favor, se la cogiera.

– Eres una genio -le dije al despedirme.

– ¿Te gustó la fiesta, reina? -me preguntó como si nada.

Fuimos a sentarnos a la sala que parecía el lobby de un hotel gringo. Alfombrada y enorme. Con razón invitábamos tanta gente a nuestras fiestas, había que llenar las salas para no sentirse garbanzo en olla.

A la fiesta de la Bibi y su general fue muchísima gente. Era para celebrar un aniversario del periódico, así que fueron todos los que querían salir retratados al día siguiente. A Bibi no se le daba la organización culinaria, mandaba a hacer todo con unas señoritas muy careras dizque francesas y nunca alcanzaba. En cambio había vinos importados y meseros que le llenaban a uno la copa en cuanto se empezaba a medio vaciar. Poca comida y mucha bebida: acabó la fiesta en una borrachera espectacular. Los hombres se fueron poniendo primero colorados y sonrientes, luego muy conversadores, después bobos o furiosos. El peor fue el general Gómez Soto. Siempre bebía bastante; al comenzar las fiestas era un hombre casi grato, un poco inconexo pero hasta inteligente, por desgracia no duraba mucho así. Al rato empezaba a agredir a la gente.

– ¿Y usted por qué tiene las piernas tan chuecas? -le preguntó a la esposa del coronel López Miranda. Las cosas que no hará que hasta se le han enchuecado las piernas. Este coronel Miranda es un cogelón, miren cómo ha dejado a su mujer.

Nadie se rió más que él, pero nadie se fue de la fiesta más que López Miranda y su señora con las piernas chuecas. Después de eso se puso a evocar a su padre, a decir que nadie había hecho tanto por México como él, y a nadie se le había reconocido menos.

– Sí, era porfirista mi padre, ¿qué querían, cabrones? Entonces no se podía ser otra cosa. Pero gracias a mi padre hay ferrocarril y gracias al ferrocarril hubo Revolución. ¿O no es así, cabrones? -gritaba subido en una mesa.

– ¿Cuántas veces a la semana se te pone así? -le pregunté a Bibi que estaba junto a mí, viéndolo con más desprecio que horror como si fuera un extraño.

– Una o dos -dijo ella sin inmutarse. Voy a bajarlo de la mesa no se vaya a caer porque es peor enfermo que borracho.

– No te creo.

– No sabes. Le da un catarro y se pone moribundo, no me puedo alejar de junto a su cama, se queja como un lagarto herido. No me lo quiero imaginar con una pierna rota.

Caminó hasta la mesa en la que estaba subido Gómez. No se me olvida su figura blanca extendiendo la mano hacia arriba.

– Bájate de ahí, papacito -le decía. Es peligroso. No te vayas a caer y te lastimes. Anda bájate.

– Tú no me hables así -le gritó Gómez. ¿Crees que soy un idiota? ¿Crees que soy el idiota de tu hijito? Me tratas como si yo fuera él. A ver si no lo tratas a él como si fuera yo. Seguro que lo tratas como a mí, te he visto cuando lo llevas a acostar, cómo lo acaricias y le hablas, ya te lo has de haber cogido con más ganas que a mí. Vieja puta -dijo brincando de la mesa sobre la Bibi. Le puso las manos en el cuello y empezó a apretárselo.

– Haz algo -le dije a Andrés.

– ¿Qué quieres que haga? Es su mujer, ¿no? -me contestó.

Chofi empezó a gritar como una histérica y Fito la abrazó para consolarla. Nadie intervenía.

Bibi sin perder la elegancia forcejeaba con las manos del general sobre su cuello.

– Ayúdala -dije jalando a Andrés de la mano hasta estar junto al general que sudaba y resoplaba.

– Gómez, no exageres tu amor -dijo Andrés, metiendo la mano entre las de Gómez y el cuello de la Bibi. En cuanto Gómez la soltó, yo la abracé.

– No es nada -me dijo. Está jugando, ¿verdad, mi vida? -le preguntó a Odilón, que en segundos había cambiado la mirada de loco enfurecido por una de perro juguetón.

– Claro, Catita. ¿Usted cree que yo quiera lastimar a esta niña preciosa? Si la adoro. A veces jugamos un poco brusco, pero todo es juego. Perdonen ustedes si los asusté. Música, por favor, maestro.

El de la orquesta empezó a tocar Estrellita. La Bibi se acomodó el vestido, puso una mano sobre el hombro izquierdo del general y le dio la otra mientras apoyaba la cabeza contra su pecho con mucha gracia para ponerse a bailar.

Al rato ya todo el mundo había olvidado el incidente y otra vez Bibi y Odi eran una pareja perfecta.

CAPÍTULO XI

En casi todos los estados las mujeres no tenían ni el pendejo derecho al voto que Carmen Serdán había ganado en Puebla. Por primera vez éramos la avanzada, así que el 7 de julio amanecí más elegante que nunca y fui con Andrés a caminar y a presumir mi condición de su mujer oficial. No había mucha gente en las casillas, pero encontramos periodistas y les puse mi mejor sonrisa, fui hasta la urna de la mano de mi general como si no le supiera nada, como si fuera la tonta que parecía.

Voté por Bravo, el candidato de la oposición, no porque lo considerara una maravilla, sino porque seguramente perdería y era grato no sentirse ni un poco responsable del gobierno de Fito.

En Puebla las cosas estuvieron tranquilas. Quizá en mi papel de primera dama no pude verlas de otro modo, pero supimos que en México la gente había obligado al Presidente Aguirre a gritar ¡Viva Bravo! cuando estaba votando, y que los militantes del PRM tuvieron que salvar a la Revolución robándose las urnas en que perdía Fito. Para eso bajaban pistola en mano de autos organizados por sectores, a inventar pleitos que obligaban a cerrar las casillas antes de tiempo.

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