Tengo ganas de decirle que todo eso ya no me incumbe, que he hecho borrón y cuenta nueva. Tengo ganas de decirle que me está fastidiando, que mi muerte o mi supervivencia no son cosa suya. Tengo ganas de decide que de todas formas mi compañero de Semur ha muerto. Pero este hombre se limita a hacer su trabajo, pese a todo no puedo impedirle que haga su trabajo.
Me dice adiós y parece que he tenido una suerte toca. Debería casi estar contento de haber hecho este viaje. De no haber hecho este viaje, nunca hubiera sabido que yo era un tío con suerte. Tengo que confesar que, en este momento, el mundo de los vivos me desconcierta un poco.
Fuera, Haroux me estaba esperando.
– ¿Qué tal, tío? -me dice-, ¿te vas a salvar?
– Por lo visto, según el matasanos, aquello era un sanatorio, de!o fuerte que estoy.
– Yo no -dice Haroux bromeando-, parece que el corazón no me anda muy bien. Tengo que ir a que me lo vean, en París.
– No es grave, el corazón; basta con que no lo utilices.
– ¿Crees que me preocupa, tío? -dice Haroux-. Estamos aquí y hace sol, hubiéramos podido convertirnos en humo.
– Sí -digo.
Sí, hubiéramos debido «convertirnos en humo». Bromeamos juntos. También Haroux vuelve de allí, tenemos derecho a reírnos de aquello si nos apetece. Y precisamente nos apetece.
– Vamos, ven -dice Haroux-, tenemos que ir a que nos hagan papeles de identidad provisionales.
– Es verdad, Dios, otra vez.
Echamos a andar hacia el barracón de la administración.
– Claro que sí, chico -dice Haroux-, no pretenderás que te dejen circular sin papeles, ¿no? Por si acaso fueras otro.
– ¿Qué pruebas tienen de que no soy otro? Llegamos así, de sopetón. Tal vez seamos otros. -Haroux se divierte, no hay duda-. ¿Y la declaración jurada, tío? Vamos a declarar quiénes somos bajo juramento. ¿No te parece seria la declaración jurada?
Haroux se divierte. Su corazón no marcha bien, y seguramente el doctor le ha incluido en el sesenta por ciento de los que no sobrevivirán, pero hace sol y hubiéramos podido «convertirnos en humo».
– Pareces en forma, Haroux.
– ¿En forma? Puedes decirlo. Me baño en agua de rosas, así es como me siento.
– Tienes suerte, tú, a mí todas esas enfermeras, esas preguntas estúpidas, esos doctores, todas esas miradas compasivas y cabezas bajas me repatean.
Haroux estalla, le da un ataque de risa.
– Lo tomas todo demasiado a pecho, chico, siempre te lo he dicho. Eres demasiado intelectual. Relájate, chico, haz como yo y ríete. ¿No te hacen gracia todos esos paisanos?
Entramos en el barracón de la administración y dirige una mirada circular a todos estos paisanos y paisanas.
– De todos modos -dice-, todavía andamos un poco despistados, ¿entiendes?
Eso debe de ser, desde luego.
Gracias a la declaración jurada, las formalidades de identificación han sido, en conjunto, bastante breves. Al final de la fila nos encontramos ante una joven rubia, de bata blanca, que coge la ficha de Haroux y escribe algo en ella. Luego le da un billete de mil francos y ocho cajetillas de Gauloises. Es la encargada de las primas de repatriación. Coge mí ficha y mi carné de identidad provisional. Escribe en la ficha y alinea sobre la mesa las ocho cajetillas de Gauloises. Comienzo a metérmelas en los bolsillos, pero hay demasiadas, y tengo que llevarme la mitad en la mano. Después me tiende el billete de mil francos. Haroux me da un Gauloise y fumamos. La muchacha rubia echa una ojeada a mi carné de identidad en el momento en que iba a devolvérmelo.
– ¡Oh! -dice-, ¡pero usted no es francés!
– No -le digo.
– ¿De verdad que no? -dice, mirando mi carné.
– Dicen que Francia es mi patria de adopción, pero yo no soy verdaderamente francés.
Me mira, y luego mira mi carné más detenidamente.
– ¿Y qué es usted? -pregunta.
– Ya lo ve, soy refugiado español.
– ¿Y no se ha nacionalizado usted? -insiste.
– Señorita, espere a que me muera para disecarme [19].
Después, me avergüenzo un poco. Es otra broma de ex combatiente, como diría la muchacha morena de Eisenach.
– Pero esto es serio, señor -me dice la joven con tono administrativo-, ¿de verdad no es usted francés?
– De verdad, no lo soy.
Haroux, a mi lado, empieza a impacientarse.
– ¿Qué más da que sea francés o turco mi compañero? -pregunta.
– No soy turco -digo en voz baja.
Sólo para dejar las cosas claras.
– ¿Y qué coño importa que no sea francés? -pregunta Haroux.
La joven rubia se pone algo nerviosa.
– Mire usted -dice-, es por lo de la prima de repatriación. Sólo los ciudadanos franceses tienen derecho a ella.
– Yo no soy ciudadano francés -explico-. Y por otra parte, no soy en absoluto un ciudadano -añado.
– No me hará usted creer que no tiene derecho a ese miserable billete de mil francos -explota Haroux.
– Precisamente -dice la joven rubia-. Precisamente, resulta que no tiene derecho.
– ¿Pero quién ha decidido esta jodida idiotez? -grita Haroux.
La joven rubia está cada vez más nerviosa.
– No se enfade, señor, yo nada tengo que ver con esto, es la Administración.
Haroux prorrumpe en una carcajada estruendosa.
– Administración de los cojones -dice-. ¿A usted le parece normal?
– A mí no tiene por qué parecerme nada -dice ella.
– ¿No tiene usted una opinión personal sobre esto? -pregunta Haroux con mala intención.
– Si tuviera que tener opiniones personales, señor, no acabaría nunca -dice ella, sinceramente sorprendida-. Me limito a cumplir órdenes de la Administración, señor -añade.
– Tu madre -dice Haroux, rabioso.
– Mi madre también es funcionaría, señor -dice ella cada vez más ofendida.
– Déjalo -le digo a Haroux-, ¿no ves que la señorita cumple órdenes?
Haroux me fulmina con la mirada.
– Cállate -dice-, tú no eres francés, esta historia no te concierne. Para mí es una cuestión de principios.
– Las instrucciones son muy claras, señor. Están consignadas en una nota escrita. Sólo los ciudadanos franceses tienen derecho a la prima de repatriación -dice la joven.
– Entonces, hemos hecho esta guerra para nada -dice Haroux.
– No exageres.
– Calla -dice-, es una cuestión de principios.
– Además -insisto-, yo no he combatido en esta guerra.
– ¿Qué chorradas dices? -exclama Haroux furioso.
– Nada, que no he combatido en esta guerra, esto es todo.
– ¿Qué significa este lío? -me dice.
Se ha vuelto hacia mí, y la joven rubia nos mira.
Sigue con mi carné de identidad provisional en la mano.
– Significa que yo no soy un ex combatiente. Significa que yo no he combatido en esta guerra.
– ¿Estás loco? ¿Qué estabas haciendo, entonces?
– La resistencia -le preciso.
– No compliques, ¿quieres? ¿No crees que tienes derecho a ella, a esta miseria de prima de repatriación?
– ¡Oh, perdón! -dice la joven, ofendida-, esto no es la prima de repatriación, es solamente un anticipo. El total de la prima todavía no se ha concretado.
Esta joven tiene interés en que las cosas queden claras. Así son los de la Administración.
– Anticipo de mis huevos -dice Haroux.
– No sea usted grosero -dice la joven.
Haroux prorrumpe de nuevo en una carcajada estruendosa.
– Bueno, ¿lo quieres o no este anticipo de mis huevos?
– Pero yo no soy un repatriado -digo inocentemente.
– Estás chiflado -dice Haroux.
– Pero, señor -dice la joven-, no se trata de que este señor quiera o no el anticipo, es que no tiene derecho. ¿Entiende? Es cuestión de tener derecho.
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