Fue el obispo de Iralu quien, al descubrir el extra ñ o Catafalco en su visita a Getxo -cuando lo de Totakoxe-, sospech ó la verdad, at ó cabos, investig ó y recogi ó datos y documentos. Ahora, el cl é rigo de misa pod í a presentarse a reclamar aquel primer altar de la Cristiandad. Mostraba dos documentos: uno, procedente de los archivos vaticanos, un pergamino pr á cticamente desmigado, dando testimonio completo de las caracter í sticas del altar, con dibujo y dimensiones incluidos; el otro era el recibo de compra, extendido por el Ayuntamiento de la aldea n ó rdica, que, por no haber viajado en el gale ó n, pudo llegar a Roma.
Al saber de la existencia del aut é ntico altar de San Pedro, el papa Urbano III, en su entusiasmo, proyect ó levantar una nueva bas í lica, un marco digno de semejante joya, que ocupar í a el lugar de la antigua, ya muy deteriorada y contra la que, de un momento a otro, iba a emprenderla la piqueta. Pero esta demolici ó n no se producir í a hasta tres siglos despu é s, cuando el papa Nicol á s V retom ó la idea de Urbano III y llev ó adelante lo que é ste, finalmente, no se hab í a atrevido, al entender que el naufragio del gale ó n y la p é rdida del altar fueron una advertencia del cielo. De modo que fue Nicol á s V quien pasar í a a la historia como el impulsor de la actual bas í lica de San Pedro: le rob ó todo a Urbano III, excepto aquel altar, que corrientes paganas arrastraron hasta la peque ñ a playa de Arrig ú naga, y sobre el que los vascos de Getxo llevaban un siglo discutiendo si pertenec í a a Etxe, por haberlo visto el primero, o a Larreko, por haberlo subido con sus bueyes.
Todo esto es lo que revel ó aquel cl é rigo de misa en la Campa del Roble, mostrando los documentos. Concluido su relato, mir ó con aires de triunfo a los de Getxo.
– Habr á que arrastrar el altar hasta aqu í , hasta el sitio de la ermita -dijo, casi orden ó , se ñ alando el mimbre.
Los hombres de Getxo humillaron sus armas, no por derrota, sino al sentirse seguros, en el terreno que el propio forastero hab í a elegido, del imposible desplazamiento del Mostrador. El cl é rigo de misa palp ó , incluso, que la alarma de los paganos se hab í a transformado en desprecio. Se lleg ó hasta el mimbre.
– Necesito una cuadrilla de braceros para mover el altar hasta aqu í -a ñ adi ó , se ñ alando sus propios pies.
Los hombres de Getxo dejaron escapar sonrisas socarronas.
– ¿Acaso dud á is todav í a de que el altar sea de la Iglesia de Roma? -exclam ó el cl é rigo de misa, agitando los pergaminos por encima de su cabeza.
Ermo carraspe ó y los hombres de Getxo se abrieron para que le viera el forastero.
– El due ñ o del Mostrador puede ser Etxe o puede ser Larreko, todav í a no lo sabemos bien -dijo Ermo, en pie sobre sus propios cimientos-, pero ning ú n otro.
Los hombres de Getxo movieron sus cabezotas con complacencia, agradeci é ndole el que a ú n siguiera considerando a Etxe o a Larreko due ñ os del Mostrador, y no a é l mismo, a pesar de los muros en que lo iba a meter. Era é sta una cuesti ó n que les hab í a empezado a preocupar desde que Ermo se pusiera a abrir sus zanjas.
– No s é qui é nes son ese Etxe y ese Larreko, qu é m é ritos han hecho para que… -exclam ó el cl é rigo de misa, enrojeci é ndosele un poco la cara.
– Etxe es el primero que lo vio en la playa y Larreko el que lo subi ó con sus bueyes -dijo Ermo, apaciblemente.
– ¿Y qu é puede eso contra estos documentos? -exclam ó el cl é rigo de misa, m á s encendido, sin dejar de exhibir sus papelotes.
– Tenemos nuestras leyes -dijo Ermo-. Todo lo que llega a nuestra playa deja de tener due ñ o y hay que buscarle otro.
El cl é rigo de misa recurri ó al tono de sus homil í as m á s candentes:
– ¿Cu á ndo, a lo largo de los siglos, se present ó alguien a reclamar lo que lleg ó a vuestra playa?
Los hombres de Getxo se miraron, reconociendo que ninguna de sus leyendas hablaba de alguien que viniera a pedir lo que la mar hab í a arrojado a la playa de Arrig ú naga.
– Y ¿ por qu é ? -a ñ adi ó el cl é rigo de misa, aprovechando el incipiente desconcierto-. Pues porque en ninguno de los anteriores despojos hab í a puesto Dios su mano. ¡ Pero s í en é ste! ¡ No pod í a El abandonar su altar de San Pedro y me ha enviado a m í a reclamarlo! Es un asunto entre Dios y vosotros, y ¿ le vais a negar algo a Dios?
La profunda alarma de los hombres de Getxo se materializ ó en la doliente exclamaci ó n de uno de ellos:
– ¿qu é ser á de nuestras apuestas si nos quitas el Mostrador?
– ¿Apuestas? -repiti ó el cl é rigo de misa.
– Desde nuestros padres, abuelos y m á s lejos, venimos arrastrando apuestas por Etxe o por Larreko. A no ser que a tu dios no le importe… -aquel hombre de Getxo recorri ó las caras de la peque ñ a muchedumbre expectante, consult á ndolas-, a no ser -a ñ adi ó , saboreando las palabras- que a tu dios no le importe unirse a Etxe y a Larreko a ver si alguien apuesta por é l y contra los otros dos.
La posibilidad era demasiado fascinante para que los hombres de Getxo la descartaran; introduc í a un elemento nuevo al cabo del largo siglo de apuestas mon ó tonas y tan archiconocidas que ahora de pronto casi les olieron mal. Rompi ó el fuego un gigant ó n de la estirpe Murua, a la que pertenec í a Totakoxe, soltera:
– Apuesto mi prado de hierba por Dios.
Читать дальше