Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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– Tengo fr í o.

Los m á s pr ó ximos a é l contar í an que no dio la impresi ó n de estar enfermo; por otro lado, era agosto y hac í a calor.

– Vamos, cali é ntate con esto -le dijo Ermo, llen á ndole un cuenco.

Retir ó Etxe las manos de sus casta ñ as y, con ambas, tom ó el cuenco, que elev ó lentamente a sus labios y bebi ó . Ermo estaba frente a é l. Se miraron, pero s ó lo un instante, pues al punto Ermo se apoderaba de las casta ñ as y las introduc í a en un gran saco, casi lleno de los dem á s cobros en especie.

– ¿Qui é n eres? -pregunt ó Etxe.

Ni siquiera entonces sonri ó Ermo. Se rasc ó la cabeza, como era su costumbre siempre que ten í a algo en que pensar, y dijo:

– Ermo.

– No, no eres Ermo -murmur ó Etxe-. Crees que lo eres, pero no.

– Bueno, pues no soy Ermo -dijo Ermo-. Lo importante es que se te quite el fr í o.

– Eres la voz de una mujer -dijo Etxe, acariciando suavemente la Madera. En esto, insistieron mucho los testigos: acariciando suavemente la Madera.

Los m á s pr ó ximos a é l contar í an que sus ojos se hab í an humedecido, y se miraron entre ellos, temiendo hubiera perdido la raz ó n; y entonces recordaron el excesivo n ú mero de a ñ os que llevaba sin hablar con nadie, quiz á desde el comienzo de todo aquello en la playa; pero, no, desde mucho antes, desde siempre, pues é l era as í : un solitario, que viv í a solo y todo lo hac í a solo, como recorrer el primero la playa cada madrugada; un maldito solitario a quien el temor a perder la Madera le hab í a vuelto loco.

– Ya no me duele aqu í -dijo Etxe, se ñ al á ndose el vientre.

– Ah -dijo Ermo, sin mirarle.

Hab í a muchos cuencos vac í os a todo lo largo del Mostrador y Ermo volaba con su pellejo de txakol í a todas partes, de modo que Etxe s ó lo pod í a hablar con é l cuando pasaba por delante.

– Nunca se lo hab í a dicho a nadie -dijo Etxe.

– Ah -dijo Ermo, sin abandonar su traj í n.

– Creo que tu txakol í me ha sentado bien -dijo Etxe-. No hab í a dejado de dolerme desde que ella se me muri ó .

Se imaginaron los que le oyeron que se refer í a a su mujer.

– Ah -dijo Ermo.

– Ella, ya sabes -dijo Etxe.

– Ah -dijo Ermo.

– Creo que voy a beber m á s -dijo Etxe-, Ll é name otro.

Viendo que se dispon í a a depositar nuevas casta ñ as en el Mostrador, Ermo le dijo:

– Ya est á bien por hoy.

Los m á s pr ó ximos a Etxe contar í an que Ermo hab í a cargado ya su saco con demasiadas casta ñ as, que robaban espacio a otros pagos m á s sustanciosos, tales como liebres, fresas y trozos de ciervo o jabal í . Se asombraron del inmediato conformismo de Etxe: « Bueno » , dijo, encogi é ndose de hombros.

– ¿Por qu é no te acuestas? -le propuso Ermo.

Por detr á s empujaba gente que a ú n no hab í a podido acercarse al Mostrador, y Etxe estorbaba.

– ¿Crees que me conviene acostarme? -dijo Etxe.

– ¿Eh?… ¡ Ah, s í , seguro! -exclam ó Ermo-. Es el mejor momento para hacerlo y no debes desaprovecharlo.

A Etxe se le humedecieron a ú n m á s los ojos. Excepto para defender su Madera contra Larreko, nunca se le hab í an o í do tantas palabras seguidas. Indiferente al bullicio que estremec í a la Campa del Roble, desapareci ó bajo su cobertizo y se durmi ó con una sonrisa tonta.

El nacimiento, pues, de la figura ventero-tabernero-barman-sacerdote, y del modelo de Mostrador-Altar para el futuro: la superficie m á gica donde depositar, primero, las l á grimas y los cuencos para el txakol í , y m á s tarde, las l á grimas y los vasos o copas para el vino, la cerveza, el co ñ ac, el an í s o el aguardiente, pasando de una bebida a otra, de un tiempo a otro, incluso de unas l á grimas a otras, con la arm ó nica acomodaci ó n de los fen ó menos sencillamente eternos. En la leyenda quedar í a tambi é n el asombro de los m á s perspicaces -de entonces y de despu é s-, que nunca pudieron explicarse por qu é en ninguno de los milenios precedentes surgi ó en la comunidad vasca de Getxo un Ermo que saltase al otro lado de cualquier trasto capaz de aguantar encima un cuenco, un vaso, una copa o una l á grima, y se pusiera a servir y a cobrar aquellos elixires que obraban como leche de teta en cuantos se acercaban a é l; que nunca pudieron explicarse c ó mo la peque ñ a muchedumbre pudo sobrevivir tantos milenios hu é rfana de un tipo como Ermo esper á ndoles tras un Mostrador, Altar, Pulpito y Confesonario, Tabern á culo e, incluso, Ú tero comunitario. Realmente, nunca se lo explicaron.

No aclara la leyenda si el Mostrador-Altar inaugurado por Ermo fue la coartada que utiliz ó la peque ñ a muchedumbre para proseguir en la Campa del Roble con la apasionante cuesti ó n de a qui é n pertenec í a la Madera, si a Etxe o a Larreko, y entregarse al v é rtigo de las apuestas; o si estas apuestas, Etxe, Larreko y la Madera constituyeron la coartada para frecuentar el Mostrador-Altar. Durante alg ú n tiempo, la comunidad de Getxo vivi ó en la buena conciencia de que el culto a las apuestas -que hab í an de entenderse como expresi ó n del intento de hacer justicia a Etxe o a Larreko- hab í a primado sobre el enigm á tico sentido profundo que precipit ó la conversi ó n de la Madera en Mostrador-Altar, crey é ndose incluso que el noble prop ó sito de hacerse con una ley que sentenciara en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino pertenec í a al mismo esfuerzo. Pero las matriarcas se apresura- ron a imponer, y para siempre, un criterio distinto: puestas en jarras, juraron que sus hombres las enga ñ aban, que por qu é , en cuanto ellas se daban la vuelta, ellos perd í an el culo para pedirle de beber a Ermo y, acodados sobre la Madera, gastaban un tiempo precioso que hac í a falta para los trabajos en el caser í o, y discutiendo sinsumbaquer í as.

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