Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Se distingu í a el Murua por ser, casi, cristiano. El resto de los hombres de Getxo no se precipit ó a otra vor á gine de apuestas por hallarse a ú n en la frontera entre el paganismo y la nueva religi ó n. No se trataba de un problema de conciencia, de creer o no en el nuevo dios, sino de sopesar las garant í as que ofrec í a el apostar por é l. Aunque enseguida comprendieron que ambas cosas eran lo mismo. Los 47 de los 48 Fundadores se estremecieron: llevaban un siglo enfrentados a la urgencia de introducir, en sus leyes inamovibles, una nueva ley en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino, y ahora les pon í an en el nuevo brete de determinar si la Iglesia de Roma, la que pose í a en exclusiva a ese nuevo dios, era la verdadera due ñ a del altar; es decir, si el dios cristiano, el nuevo dios, ten í a alg ú n derecho sobre el Mostrador; o, dicho de otro modo, si era el verdadero dios, o, al menos, un dios mejor que el viejo, Urtzi.

Fue demasiado para aquellos 47 de los 48 Fundadores, muchos de m á s de ciento cincuenta a ñ os; cuenta la leyenda que muri ó all í mismo no menos de una docena de ellos, al no poder soportar el tremendo peso.

Sin embargo, la peque ñ a muchedumbre no acertaba a refrenar su entusiasmo. Las posturas adquirieron un redoblado calor con aquella tercera opci ó n, la del nuevo dios, ¿ A qui é n dar í an finalmente la raz ó n los ancianos: a Etxe, a Larreko o al dios cristiano? Seg ú n la leyenda, era Etxe quien se mostraba el m á s tranquilo de los tres, pues Larreko no cesaba de preguntar al cl é rigo de misa si los bueyes de aquel dios eran superiores a los suyos y con qu é los alimentaba; y a juzgar por la ostensible inquietud del cl é rigo de misa, su dios no parec í a estar muy seguro de llevarse el Mostrador.

No tard ó Ermo en seguir los pasos del medio cristiano Murua y apost ó por el dios 50 ovejas y 20 pellejos de txakol í : y Jaunsolo, se ñ or de Getxo, sigui ó los pasos de Ermo y apost ó , tambi é n, por el dios, nada menos que su casatorre. Qued ó en la leyenda que las apuestas de ambos sonaron tan simult á neas que parecieron la misma, e, igualmente, que parecieron obedecer a un oculto prop ó sito com ú n, pues se les hab í a visto, poco antes, dialogar secretamente en un rinc ó n. La peque ñ a muchedumbre qued ó vivamente impresionada: hasta los m á s inseguros comprendieron que Jaunsolo y Ermo, aquellas dos cabezas privilegiadas, si apostaban por el nuevo dios era que confiaban en ganar, y s ó lo ganar í an en el caso de que los 47 de los 48 ancianos sentenciaran que el Mostrador pertenec í a al nuevo dios, y si el Mostrador pertenec í a al nuevo dios es que é ste era el dios verdadero.

Con todo, los bueyes segu í an pesando lo suyo: incluso a quienes llevaban un siglo apostando por Etxe les sonaban entra ñ ables las bravuconadas de Larreko: « ¿ Qui é n ha visto los bueyes de ese dios? ¿ Acaso pueden ser mejores que los m í os? » . Porque resultaba muy tradicional que, al final de todo, estuvieran los bueyes; porque aquel dios no se encontraba en el mismo caso que Etxe, quien hab í a conseguido empantanar el asunto del Mostrador sacando a colaci ó n la pala y la azada; en otras palabras: se las hab í a arreglado para desplazar a los bueyes. Pero aquel dios no hab í a mencionado ninguna pala o azada; al menos, no todav í a; de modo que, con é l, la ú ltima palabra la hab í an de decir los bueyes, pues si Etxe tambi é n hab í a conseguido imponer el criterio de que, con respecto al Mostrador, la Campa del Roble y la playa eran lo mismo, el Mostrador pertenecer í a a quien lo sacase con sus bueyes de la Campa del Roble, y, teniendo en cuenta que s ó lo Etxe hab í a nombrado la palay la azada, é stas no contaban en el duelo entre Larreko y el dios, era un duelo del que Etxe no formaba parte, un duelo con todo el aire de celebrarse en el principio de todo, es decir, un siglo antes y en la playa, con el Catafalco esperando a que unos bueyes lo rescataran de la arena. La peque ñ a muchedumbre conoc í a los bueyes de Larreko, pero ¿ qui é n conoc í a los bueyes de ese dios? Esta incertidumbre pon í a un regusto dulz ó n en las palabras.

La excitaci ó n por poder apostar por el dios hizo que la peque ñ a muchedumbre tardara los ciento sesenta y dos d í as que precedieron a la construcci ó n de la ermita y los tres a ñ os que duraron sus obras en caer en la cuenta de que muy extraordinarios hab í an de ser los bueyes del dios para sacar el Mostrador de la Campa del Roble, cuando no lo hab í an conseguido los de Larreko. De repetirse el fracaso -pensaban-, Etxe volver í a a estar en el candelero: el dios pedir í a una palay una azada para librar de tierra el frente del Mostrador, y entonces Etxe le replicar í a que, si no bueyes, s í que ten í a azada y pala, y todo regresar í a a la situaci ó n de un siglo antes.

Aunque no, no ser í a exactamente la misma situaci ó n: ahora resultaban ser tres los litigantes, con la multiplicaci ó n consiguiente de combinaciones para apostar. Sangre nueva pareci ó circular por la vieja tertulia de la Campa del Roble, y los cuencos alineados sobre el Mostrador de Ermo vibraban con los gritos de unas apuestas tan ins ó litas como nunca se oyeron. Si antes no era preciso romperse mucho la cabeza para apostar por Etxe contra Larreko, o por Larreko contra Etxe, durante aquellos ciento sesenta y dos d í as pareci ó que no cambiar í a la cosa, excepto en que ahora no s ó lo se dispon í a de la excitante oportunidad de apostar tambi é n por el dios, sino de hacerlo por uno contra dos, o dos contra uno, en vez del sempiterno uno contra uno de antes. Parece que fue al comienzo de la construcci ó n de la ermita cuando el de Murua introdujo una variante en su primer envite: « ¡ Que sea por el dios y Larreko contra Etxe! » , vocifer ó . La peque ñ a muchedumbre permaneci ó largo rato en suspenso, pensando, ¿ Qu é significaba aquello? Ya les hab í a sorprendido el Murua apostando por el dios y meti é ndole en el mismo saco con Etxe y con Larreko, y ahora le enyugaba con Larreko contra Etxe. ¿ En tan poco ten í a al dios que necesitaba a Larreko para que ganara? ¿ C ó mo se entend í a esto en quien hab í a sido el primero en apostar por ese dios, es decir, en aceptarlo para los vascos? Creyeron encontrar la respuesta a esta inc ó gnita mientras buscaban la respuesta a la segunda inc ó gnita: si en tanto ten í a el Murua al dios, ¿ por qu é le humillaba junt á ndole con Larreko? Fue a estas alturas cuando vieron morir al segundo Fundador, reventado por la tremenda responsabilidad, y la peque ñ a muchedumbre acert ó a relacionar los demoledores esfuerzos que realizaban sus ancianos por iluminar una nueva ley y otorgar una paternidad al Mostrador, con el confuso comportamiento del Murua, y observaron que, al deliberar sobre el dios, la pi ñ a de Fundadores se romp í a los ojos examinando los pergaminos del cl é rigo de misa: no sab í an leer, ninguno de los vascos de Getxo sab í a leer, sent í an un fastidio especial por los papeles escritos, pod í a decirse que los vascos y los papeles escritos eran incompatibles; as í , pues -pensaron que pens ó el Murua-, jam á s los documentos aportados por el cl é rigo de misa inducir í an a los Fundadores a entregar el Mostrador al dios, de manera que el ya medio cristiano Murua se ve í a obligado a utilizar a Etxe o a Larreko para aupar de alg ú n modo a su protegido.

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