Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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La confraternidad reci é n nacida -o, m á s bien, el babel reinante en la tertulia- hizo que s ó lo una semana despu é s tres hombres de Getxo pidieran al cl é rigo de misa confesi ó n.

– Cristiana, confesi ó n cristiana, ¿ no? -trat ó de precisar el cl é rigo de misa.

– Bueno…, s í …, charlar…, matar un poco el rato con nuestras cosas… -expusieron los tres hombres, echando una ojeada de disgusto a los cuencos vac í os.

– Vosotros quer é is una confesi ó n cristiana y no os atrev é is a decirlo -insisti ó el cl é rigo de misa.

– Ll á malo como quieras, pero ¿ d ó nde est á el txakol í ?

El cl é rigo de misa se santigu ó por dentro.

– Contigo ¿ podremos tambi é n apostar?

El de negro no se atrevi ó a decirles que no.

En adelante, dispuso de una incipiente tertulia particular al extremo del Mostrador, que fue creciendo, a medida que los hombres de Getxo fueron descubriendo que el forastero serv í a mejor txakol í que Ermo. Era as í porque viajaba mucho por el territorio, en busca de alg ú n cantero que empezara la construcci ó n de la ermita, pero ninguno le aceptaba el encargo, por prohibici ó n expresa de Jaunsolo, se ñ or de Getxo; s í , en cambio, encontraba en los m á s alejados caser í os excelentes txakol í es para su tertulia. Cuando no regresaba a tiempo a la cita del atardecer en la Campa del Roble, sus contertulios volv í an al txakol í de Ermo, y al d í a siguiente el cl é rigo de misa ped í a a Ermo le contara las confidencias de quienes ya practicaban la confesi ó n cristiana, y Ermo, ap á ticamente, le desgranaba las quejumbres o í das, y entonces el cl é rigo de misa pronunciaba al aire y dibujaba en é l con el dedo una absoluci ó n retardada.

Ni en los futuros siglos de reafirmaci ó n del cristianismo desapareci ó de la leyenda la decisiva influencia del txakol í en la extensi ó n de la nueva m ú sica celestial; compiti ó , incluso, con la otra versi ó n, dentro de la misma leyenda: la de la fascinaci ó n que ejerc í a una paloma blanca que todos los hombres tienen en el pecho y que echa a volar en el mismo instante de la muerte para reunirse con Dios en el cielo, y a la que se le facilitaba la salida del cuarto del difunto levantando una teja del techo. La leyenda nunca se avergonz ó de registrar la tesis del txakol í .

Y ocurri ó que el propio se ñ or de Getxo, Jaunsolo, lleg ó a acodarse en el Mostrador para ser confesado por el cl é rigo de misa. La comunidad qued ó bastante confusa, pues por otro lado el Jaunsolo se negaba a la construcci ó n de la ermita. La gran sorpresa lleg ó una madrugada, cuando los canteros Delatorre, por orden del propio Jaunsolo, empezaron a abrir zanjas para cimientos en el punto se ñ alado para la ermita. El cl é rigo de misa llevaba de viaje dos d í as y no regresar í a en otros dos, pues cada vez hab í a de ir m á s lejos a buscar canteros: Jaunsolo aprovech ó su ausencia para iniciar las obras, y la comunidad de Getxo dispuso de un nuevo tema para la ch á chara de la tertulia, e incluso para apostar sobre qui é n se quedar í a finalmente con la ermita, si el cl é rigo de misa o Jaunsolo. Aqu é l, a su regreso, examin ó las zanjas, mir ó al se ñ or de Getxo y le dijo:

– Te agradezco mucho tu inter é s por mi obra.

– Ser á una buena ermita -dijo el se ñ or de Getxo.

– Veo que la has marcado grande para meter en ella el altar de San Pedro, como es mi ilusi ó n, si el se ñ or obispo lo permite, en vez de devolverlo a Roma -dijo el cl é rigo de misa.

– Lo pondremos aqu í -dijo Jaunsolo, indicando con el dedo un punto en la yerba-. La gente vendr á de muy lejos a rezar en la ermita con el mejor altar del mundo.

La ilusi ó n por la nueva apuesta hab í a reunido otra vez a la peque ñ a muchedumbre. Ermo no daba abasto a llenar cuencos.

– Voy al herrero a que me haga una cerradura -dijo el cl é rigo de misa. No precisa la leyenda si nombr ó la cerradura porque hab í a empezado a sospechar lo peor o si su alarma se produjo un instante despu é s, cuando el se ñ or de Getxo abri ó unas pieles y mostr ó una cerradura nueva de dos palmos.

Fue entonces cuando las apuestas arreciaron, tanto a favor de uno como de otro. El cl é rigo de misa no pudo creer lo que ley ó en los ojos del se ñ or de Getxo.

– No es justo -dijo-. Yo soy un hombre de Dios y t ú apenas le conoces.

– Estoy levantando una construcci ó n propia sobre una tierra propia -dijo Jaunsolo.

– Yo te hablo del esp í ritu y t ú me hablas de la materia -dijo el cl é rigo de misa-. La ermita ha de ser esp í ritu y. no materia.

– Te llamar é para que la bendigas -dijo Jaunsolo-. Te nombrar é misero de mi ermita.

As í , pues, ya que el se ñ or de Getxo se quedaba con todo, incluidos los diezmos, el cl é rigo de misa intent ó salvar, al menos, el altar, y fue cuando empez ó a poner a sus confesantes aquellas penitencias consistentes en apostar por Dios, en un desesperado intento de que los 47 de los 48 ancianos, cediendo a la voluntad mayoritaria de su tribu, expresada en las apuestas, sentenciaran que el altar no pertenec í a a Etxe ni a Larreko, sino a Dios.

Creci ó la expectaci ó n en la peque ñ a muchedumbre al advertir c ó mo Ermo y los suyos daban por terminados los cimientos y asentaban sobre ellos la primera hilera de los muros. El se ñ or de Getxo comprendi ó que no pod í a demorar m á s el enfrentarse abiertamente al problema.

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