Los debates en la Campa del Roble recobraron su pasada vitalidad, rebajada en los ú ltimos tiempos a una mec á nica amodorrada. La peque ñ a muchedumbre, acodada sobre el Mostrador y vaciando cuenco tras cuenco, escuchaba, con mirada chispeante, las continuas lecturas que el cl é rigo de misa hac í a de sus documentos, y, llegado su turno, le preguntaban si acaso su dios hab í a visto el Catafalco en la playa antes que Etxe, o sus bueyes pod í an subirlo monte arriba, como lo hicieran los de Larreko; y, tras el acalorado enzarzamiento de rigor, se produc í an las apuestas; y como el Murua hab í a estrenado el uno contra dos y el dos contra uno, los getxotarras apostaban por Etxe y Larreko, juntos, contra el dios, convencidos de ganar siempre, pues cab í a dudar entre Etxe o Larreko, pero ¿ c ó mo dudar cuando Etxe y Larreko formaban paquete contra el dios?
El cl é rigo de misa tard ó esos ciento sesenta y dos d í as en comprender que ser í an las apuestas -y no las mejores razones y pruebas- las que decidir í an el destino del altar de San Pedro, o del Mostrador, como lo llamaban aquellos paganos irreverentes. Lleg ó a esta conclusi ó n al saber que los ancianos de aquella tribu de trogloditas llevaban un siglo sin fallar qui é n era el due ñ o del altar, si Etxe o Larreko, y lo atribuy ó al equilibrio en las apuestas por uno y por otro, que hac í a que los ancianos no se atrevieran a enemistarse con media tribu. « S ó lo dar á n sentencia cuando las apuestas se inclinen masivamente por uno de los tres » , pensaba el cl é rigo de misa. De modo que tom ó en serio lo de las confesiones y pon í a de penitencia el apostar por su dios.
Hab í a introducido las confesiones cristianas el obispo de Iru ñ a, cuando lo de Totakoxe: con el Mostrador de por medio, confes ó al Murua y esper ó . Hubo de emprender viaje sin confesar a nadie m á s. Dos meses despu é s fue cuando irrumpi ó en Getxo el cl é rigo de misa con sus papeles, y enseguida se le acerc ó el de Murua a pedirle confesi ó n, y cumplieron con el sacramento, tambi é n, con el Mostrador de por medio. Los hombres de Getxo contemplaron el acto sin concederle mayor importancia, pues ellos llevaban un siglo acod á ndose igualmente sobre el Mostrador para vaciar sus penas en las orejas de Ermo.
Y ocurri ó que, en uno de aquellos d í as, Ermo no pudo acudir a la cita por hallarse con c ó lico. Viendo a los hombres apostados en el altar, mustios y silenciosos, el cl é rigo de misa se puso frente a ellos, obedeciendo a lo que despu é s calificar í a de inspiraci ó n divina. Uno y otros permanecieron, frente afrente, mir á ndose largo rato, y entonces el cl é rigo de misa record ó que llevaba encima una peque ñ a bota llena de txakol í , y la sac ó de su faltriquera y llen ó los cuencos que, desde hac í a un siglo, nunca faltaban sobre el Mostrador; los hombres de Getxo bebieron gravemente, sin dejar de mirar al cl é rigo de misa, y de pronto uno llamado Esne le dijo se ñ al á ndole el pecho:
– Me duele aqu í .
– La mala conciencia -se apresur ó a vaticinar el cl é rigo de misa, llen á ndole por segunda vez el cuenco.
– No s é lo que me pasa -a ñ adi ó Esne.
– Ya te digo yo lo que te pasa -dijo el cl é rigo de misa-. Cu é ntame, hijo m í o, cu é ntame. Suelta tu sapo.
Se arranc ó Esne con un discurso a chorro lento, y si se paraba el cl é rigo de misa le ped í a: « Adelante, hijo m í o, adelante. Suelta todo el sapo » , y m á s txakol í al cuenco. Al cabo, Esne se hab í a vaciado y el de negro le absolv í a.
Como Ermo no acababa de llegar, el resto del grupo se fue desahogando con el cl é rigo de misa, bien de uno en uno, de dos en dos, e incluso de doce en doce, es decir, a coro, hablando todos a la vez, y al cl é rigo de misa le resultaba muy dif í cil recoger lo de cada uno. Observ ó que la confesi ó n era m á s profunda a medida que en su bota descend í a el nivel del txakol í . Les dio la absoluci ó n en grupo.
Al d í a siguiente, ya con Ermo en el Mostrador, los hombres de Getxo volvieron a é l. En un extremo, solo y encogido, el cl é rigo de misa rumiaba, a ñ orante, su mezquina victoria de la v í spera. Despu é s, entre quiero y no quiero, fue resbalando a lo largo del Mostrador hacia la tentadora tertulia centrada en Ermo; tom ó un cuenco y bebi ó , como todos, y al instante se sinti ó uno m á s del grupo estruendoso. Hasta entonces, siempre hab í a defendido a su dios con palabra mesurada; a lo m á s, con sermones apasionados; pero el hacerlo a gritos y contra adversarios que gritaban m á s que é l y se atrev í an a enfrentar a simples hombres -a unos tales Etxe y Larreko- contra Dios, y, lo que era m á s incre í ble, a apostar por esos miserables mortales contra Dios, sonaba a reto her é tico por dem á s excitante. Se sumergi ó en la discusi ó n hasta el agotamiento, é l y el de Murua contra todos, y apostando con los bienes del Murua, porque é l no los ten í a. Luego, el exceso de txakol í trincado trajo la segunda fase, la de las tartamudeantes confidencias a media voz, y aqu í s í que se sinti ó m á s en su terreno el cl é rigo de misa, atrevi é ndose a so ñ ar que la confesi ó n cristiana hab í a conquistado la tertulia; para que la ilusi ó n fuese m á s real, se peg ó , codo con codo, a Ermo, y as í las palabras dolientes de los solitarios desamparados parec í an llover sobre ambos por igual, y si el cl é rigo de misa cerraba los ojos pod í a imaginarse el ú nico confesor. Antes de la desbandada, procedi ó a una absoluci ó n general.
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