Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Y s í que dispusieron los cronistas orales -y toda la peque ñ a muchedumbre en general- de se ñ ales para haber conocido, desde el primer instante, que Ermo acababa de inaugurar una era, pues todo empez ó a ocurrir de modo diferente: a pesar de que se encontraba en plena org í a de Plenilunio, la peque ñ a muchedumbre guard ó un silencio reverencial cuando Ermo efectu ó su hist ó rico salto, y, sobre todo, mientras procedi ó a llenar los cuencos enfilados, pues los contaron y, por pura fatalidad ancestral, resultaron ser 48 y cuando Ermo llam ó a los aitxitxes para que dieran el primer trago, a todos les pareci ó natural y les abrieron camino; y cuando el m á s anciano de cada estirpe se situ ó ante el Catafalco y ante su cuenco, y lo tom ó con ambas manos, lo elev ó hasta sus labios, lo vaci ó corajudamente hasta la ú ltima gota y lanz ó un eructo atronador, entonces la peque ñ a muchedumbre descubri ó que quedaba un cuenco lleno y sin tocar, el que hac í a el n ú mero 48, y todos se acordaron de Baskardo. Surgi ó una discusi ó n acerca de si proced í a o no llevarle el cuenco a su vivienda, e incluso se aprovech ó la coyuntura para cruzar nuevas apuestas: ganaron los que apostaron por el s í y all á se fue un grupo de aitxitxes al caser í o Sugarkea a ofrecer al rebelde el txakol í de la nueva era. Lo encontraron celebrando, tambi é n, el Plenilunio, pero de una manera tan primitiva que ni los m á s ancianos recordaron que los vascos de otros tiempos lo hac í an danzando, en pelota, de rama en rama, como los primates; la comitiva se detuvo en la frontera de las tierras del Baskardo y el aitxitxe m á s anciano levant ó el cuenco sobre su cabeza y pronunci ó : « Ya hemos bebido cuarenta y siete de los cuarenta y ocho; s ó lo faltas t ú» ; Baskardo quebr ó el cuenco de una infalible pedrada, y estando chorreando el txakol í sobre la cabeza del aitxitxe les lleg ó el vozarr ó n procedente de la misma rama de la que saliera la piedra: «¡Madarikatuok! ¡Madarikatuok! ¡Madarikatuok!».

Existieron, pues, se ñ ales de que algo serio estaba meti é ndose en la historia de los vascos, pero hubieron de transcurrir esas dos o tres generaciones antes de que se alojara en la conciencia de la comunidad; la ú nica exculpaci ó n de la ceguera colectiva quiz á fuera la imposibilidad de que la peque ñ a muchedumbre penetrara la profundidad de lo que ella misma estaba originando.

Otra se ñ al desaprovechada fue la ins ó lita actitud de Ermo de cobrar su txakol í y de la peque ñ a muchedumbre de pagarlo; nunca hab í a sucedido nada semejante; sin embargo, para muchos, Ermo no impuso nada, no exigi ó ning ú n precio, sino que fue el grupo de sedientos el que se empe ñó en abonarle aquella bebida que pareci ó se la arrancaban de las mismas entra ñ as; circularon algunas apuestas -m á s bien secretas- sobre la malicia o no de Ermo al mostrar aquel rostro dolorido y lagrimoso, pero no hubo ni ganadores ni perdedores, pues el episodio se incorpor ó definitivamente a la leyenda sin haberse aclarado la duda.

El que estos y otros avisos se desestimaran no significa que la peque ñ a muchedumbre no sintiera, en lo m á s hondo de su m é dula, el chispazo de un principio de revelaci ó n, el inaprensible presentimiento de que algo muy profundo y deseable estaba surgiendo bajo sus pies; de hecho, qued ó puntualmente registrado en la leyenda el nombre del primero que solicit ó los buenos servicios del Ermo supuestamente transfigurado (lo que advierte de la instantaneidad con que fue elevado el ventero-tabernero-barman al rango de sacerdote): Etxe, el solitario Tempranero, el viudo sin familia, quien llevaba los veinticinco a ñ os precedentes sin apenas separarse de la Madera, viviendo bajo la techumbre de hojarasca adosada a ella, vigilando que no se la arrebataran ni Larreko ni quienes apostaban por é l, confiando no ya en que la a ú n inexistente -pero irremediable- ley de los vascos en materia de Cosas Encontradas en la Playa y Posteriormente Atascadas a Medio Camino le otorgara la posesi ó n de la Madera, sino en que el asunto se quedara donde estaba, es decir, la Madera se quedara donde estaba, es decir, no se la llevara Larreko a su casa: una pretensi ó n inconcebiblemente humilde, por no decir desesperante, habida cuenta del zurriburri que hab í a armado; sin embargo, no se trataba de falta de ambici ó n, sino de exceso de realismo: sin bueyes, Etxe no pod í a so ñ ar con poseer nunca la Madera en su casa; incluso algunos llegaron a sostener que supo, desde un principio, que Ermo dar í a el hist ó rico salto sobre la Madera y luego servir í a txakol í y lo cobrar í a y finalmente quedar í a convertido en algo as í como la materializaci ó n del esp í ritu protector que siempre crey ó viv í a en la Madera. Esta supuesta meta alcanzada por Etxe no se entendi ó como una victoria suya y, en consecuencia, ning ú n apostante a su favor pretendi ó haber ganado.

As í , pues, el primero en requerir los buenos oficios del ventero-tabernero-barman, no el primero en advertir la transfiguraci ó n de Ermo -que nunca existi ó realmente-, sino en creer en ella fue Etxe, que acaso esperaba de la Madera alguna correspondencia al cabo de tanta veneraci ó n; y fue en el acto de pagar su cuenco de txakol í cuando descubri ó -como muy pronto lo descubrir í a tambi é n la peque ñ a muchedumbre- que, pagando, adquir í a algo m á s que el txakol í . Se hallaba Ermo llenando un cuenco tras otro cuando emergi ó Etxe de debajo de su techumbre y le descubri ó al otro lado del Mostrador; esper ó su turno, sin dejar un solo instante de observar la grave y emotiva solicitud de Ermo para con todos; ellos le hablaban y é l respond í a; todos se quedaban pegados al Mostrador m á s tiempo del preciso para apurar el cuenco; tomaban el txakol í a sorbitos cortos, retrasando la despedida; al menos, retras á ndola hasta que Ermo encontraba la ocasi ó n de acercarse para privilegiarles con la escasa media docena de palabras que les pon í a sonrientes. Y, de pronto, Etxe sac ó de su bolsa dos pu ñ ados de casta ñ as, las deposit ó sobre el Mostrador y, sin dejar de tocarlas, m á s bien suspir ó :

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