Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Con el rostro ennegrecido por la derrota, Larreko abandon ó la cabeza de sus bueyes y se agach ó a examinar la l í nea donde conflu í an las paredes del Catafalco y el piso de la Campa. Desplaz á ndose de rodillas, contorne ó la Gran Madera, sin dejar de emitir gru ñ idos, y finalmente se concentr ó en la base de la cara delantera. Sus u ñ as escarbaron en la tierra como los perros, hasta profundizar un hoyo. Sus dedos sucios palparon los bajos ocultos. De momento, lleg ó a la peque ñ a muchedumbre que la parte enterrada de la Gran Madera pod í a medir no menos de tres palmos.

Entre unas cosas y otras, se hab í a precipitado la oscuridad y, embebidos como estaban todos, nadie se ocup ó de encender antorchas. La llegada de la noche pareci ó despertarles a la realidad de sus vidas cotidianas, olvidadas desde el amanecer, y el propio Larreko marc ó la desbandada general al destrabar sus bueyes y desaparecer los tres calladamente. Los ú ltimos en retirarse vieron c ó mo Etxe repon í a en su sitio la cubierta de hojarasca y se guarec í a bajo ella.

Las primeras luces del nuevo d í a alumbraron unas caras insomnes y ojerosas poniendo cerco expectante a la Gran Madera. Aquella noche s ó lo hab í an podido dormir las mujeres y los ni ñ os. La expresi ó n con que apareci ó Larreko promet í a, s í , una jornada dram á tica. Adem á s de sus bueyes, tra í a una pala y una azada. Escupi ó en sus manos, las frot ó una contra otra, empu ñó la azada y la hundi ó en la tierra, justo en la base del Catafalco. Y, en ese momento, surgi ó Etxe de su nido, aunque algunos aseguraron que ya estaba fuera antes de que la azada rozara siquiera la yerba, y los hubo que juraron que la herramienta no lleg ó jam á s a hundirse en la tierra, ni antes ni, menos, despu é s de la aparici ó n de Etxe, sino que fue la presencia de é ste quien la fren ó en plena ca í da, y con esta duda se incorpor ó el episodio a la leyenda. Pues la pregunta de Etxe: «¿ Qu é haces? » , encajaba en cualquiera de esos dos o tres momentos, y lo que al parecer pretendieron los m á s estrictos de aquellos cronistas fue que los vascos del futuro palparan lo que ni al m á s inadvertido de la peque ñ a muchedumbre se le escap ó , es decir, la zozobra de Etxe -que ya duraba tres o cuatro a ñ os y tambi é n le hab í a impedido dormir en la noche que precedi ó a la presencia de Larreko con sus bueyes, la pala y la azada-, que le hizo brotar de su cobertizo ya con la pregunta empezada:

– ¿Qu é haces?

Larreko paraliz ó en el aire su herramienta.

– Quitar la tierra que estorba para sacar esto de aqu í -dijo, mir á ndole, con los ojos un poco m á s abiertos que de costumbre, asombrado de que alguien ignorase lo que resultaba tan obvio.

Y Etxe:

– Eso lo puede hacer cualquiera, lo puedo hacer yo mismo.

Una frase vulgar, una frase aparentemente superflua, de modo que la nueva expectaci ó n de la peque ñ a muchedumbre naci ó s ó lo de la breve vibraci ó n met á lica de las palabras.

Etxe y Larreko cruzaron sus miradas durante un tiempo interminable, y en la Campa del Roble todo el mundo qued ó petrificado. La peque ñ a muchedumbre hab í a aprendido ya a confiar en Etxe y esper ó lo que, efectivamente, guardaba dentro de la manga.

– Alguien lo tiene que hacer -dijo Larreko, bajando lentamente la azada-, y como son m í os los bueyes que van a llevarse la…

Hab í a una lenta prevenci ó n en sus palabras. Etxe no le dej ó acabar la frase:

– T ú no te salgas de los bueyes, que es lo ú nico que yo no tengo. Porque s í que tengo pala y azada.

– ¿Quieres decir que te gustar í a hacer a ti el trabajo? -pregunt ó Larreko-, Pues toma mi palay mi azada y as í te ahorras el viaje de ir a buscar las tuyas.

– Pero yo no har é un trabajo para ti -dijo Etxe sombr í amente, aunque, de pronto, volvieron a aparecer en sus ojos las lucecitas.

– Entonces ap á rtate…

La peque ñ a muchedumbre en ning ú n momento pens ó que Etxe s ó lo pretend í a demorar la p é rdida de su Madera. Hab í a, s í , algo m á s. En vez de apartarse, le vieron llegar hasta Larreko y arrebatarle la azada de las manos y luego tomar la palay arrojar ambas lejos por el aire.

– Has de hacerlo ú nicamente con los bueyes -dijo, sentenci ó .

– ¿Acaso no ves lo enterrada que est á la carraca? Ning ú n buey la podr á mover si antes alguien no libra de tierra al menos…

– No pases al otro asunto -dijo Etxe-. Son dos asuntos. Engancha tus bueyes a la Madera y ll é vatela, si puedes.

Todos los presentes, incluso Larreko, intuyeron que ten í an que saber ya cu á l era el fondo del pensamiento de Etxe, y que si no lo sab í an era porque necesitaban un poco m á s de tiempo para ir haci é ndose a la inesperada situaci ó n que é l acababa de imponer. Ello no impidi ó que los m á s impacientes cruzaran las primeras apuestas.

– No bastan los bueyes para sacar esto de aqu í y t ú lo sabes -dijo Larreko.

Un fulgor verde sole ó las chispitas de los ojos de Etxe.

– Son dos asuntos -dijo, repiti ó -. Tus bueyes son los ú nicos en todo Getxo capaces de sacar la Madera. Pero en Getxo todo el mundo tiene palas y azadas. Yo mismo las tengo. No tengo bueyes como los tuyos, pero s í palay azada.

Larreko pidi ó un cubo de agua y lo volc ó sobre su propia cabeza. Su mirada emergi ó , confusa, por entre las matas chorreantes de sus cabellos. Empez ó a moverse como un aut ó mata mal engrasado: coloc ó a sus bueyes de culo a la Madera y, una vez m á s, trab ó las cadenas a los hierros; tom ó el acullu y quin ó a las bestias con una sa ñ a que no se reflejaba en su rostro y las oblig ó a realizar una exhibici ó n de poder en el que é l ya no cre í a, as í como tampoco la peque ñ a muchedumbre que asist í a, compasiva, a la desesperada representaci ó n, ejecutada, eso s í , con un absoluto respeto a las formas por parte de todos: para que nada faltara, sonaron incluso algunas apuestas. El rostro de Larreko ni siquiera se alter ó cuando aquella Masa enorme, maciza y prism á tica engull ó , por segunda vez, los tit á nicos escalofr í os que le transmit í an las cadenas, a punto de quebrarse. Al cabo de muchos intentos -a la leyenda pas ó , al menos, un n ú mero id é ntico para cada una de las dos representaciones: cuarenta y ocho-, Larreko destrab ó a sus bueyes, se alej ó en busca de la azada arrojada por Etxe, y finalmente se situ ó ante la cara frontal del Catafalco, volvi ó a escupir saliva en las palmas de sus manos, las restreg ó una contra otra, recuper ó el mango de la azada y la levant ó , y la peque ñ a muchedumbre acert ó a simular un asombro tan falso como el que simul ó Larreko cuando Etxe repiti ó su pregunta: «¿ Qu é haces? » , y Larreko, con la azada en alto, perdi ó la ú ltima y desesperada esperanza de que aquella primera pregunta de Etxe no hubiera sido m á s que una pesadilla; la misma acci ó n qued ó frenada por segunda vez y en el mismo punto, y los presentes recuperaron la respiraci ó n.

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