Ramiro Pinilla - La tierra convulsa

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Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.

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Tampoco se le regate ó valent í a a Etxe cuando se puso en pie y dijo:

– Con bueyes o sin bueyes, yo la vi primero.

El descubrimiento de que siempre se refer í a en femenino a su tesoro no tuvo lugar entonces sino muchos a ñ os despu é s.

– Cuando tus bueyes bajaron a la playa -a ñ adi ó Etxe-, mi se ñ al ya llevaba un d í a entero encima de… -y una de sus manos acarici ó , esta vez s í , el punto exacto de la meseta en que estuvo la piedra diferenciada que otorgaba posesi ó n, seg ú n esas normas no escritas de la comunidad.

– Nadie pone en duda que lo viste primero y que, por tanto, fue tuyo entonces -dijo Larreko-, pero ahora no ser í a de nadie sin mis bueyes, ahora ser í a otra vez de la mar. Es como si, antes de engancharlo a mis bueyes, nunca hubiera sido tuyo.

– Yo la vi primero y le puse encima la se ñ al -arrastr ó Etxe con una tozudez dram á tica.

– Que decida el pueblo -dijo Larreko, ley é ndosele en la expresi ó n que era consciente de haber llevado el asunto a terreno seguro.

Hac í a s ó lo unos minutos que entre la peque ñ a muchedumbre hab í an empezado a cruzarse algunas apuestas, es decir, que unos otorgaban ya la Gran Madera a Etxe y otros a Larreko; o, al menos, unos pensaban que finalmente quedar í a en poder de Etxe y otros de Larreko, con independencia de lo que estipulaban las normas no escritas de la comunidad. Porque se estaba imponiendo una nueva consideraci ó n: la de que a semejante Catafalco no pod í an aplic á rsele las leyes corrientes, es decir, habr í a que empezar a olvidarse de las normas no escritas de…, pues nada se adelantar í a con determinar qui é n era el due ñ o si despu é s é ste no pod í a llevarse el Catafalco a su casa, sino esperar a que Larreko dispusiera de un segundo buey, lo que no ocurrir í a antes de tres o cuatro a ñ os, y, aun as í , en el supuesto de que fuera a Larreko a quien se le otorgara el Catafalco, pues no entraba en ninguna cabeza que, al cabo de esos tres o cuatro a ñ os, volviera a trabar sus bueyes a un trasto sobre el que el pueblo ya habr í a decidido que pertenec í a a Etxe, a no ser que Larreko quisiera liar las cosas de nuevo, es decir, volver a empezar desde el principio, alegando -al llegar los bueyes y el Catafalco a la altura del caser í o de Etxe: no dentro de é l, dentro de su cuadra o siquiera en el portal ó n-: « Es m í o, porque mis bueyes lo han arrastrado desde la Campa del Roble hasta aqu í» , lo que pondr í a en marcha un segundo debate, similar al primero, una reproducci ó n de los argumentos, las desazones y las apuestas, que desembocar í a, posiblemente, en una tercera fase, y é sta en una cuarta…

– ¿Qu é dicen nuestras leyes? -preguntaba Larreko-. ¿ Acaso no dicen que lo que aparece en la ribera es de quien sea capaz de sacarlo de all í , a pesar de que otro lo haya visto primero?

Y Etxe, emperrado en que é l hab í a plantado la se ñ al de posesi ó n en lo alto de la Gran Madera.

– Yo te puedo demostrar que es m í o, pero t ú no me puedes demostrar que es tuyo -dijo Larreko-. Yo puedo bajarlo otra vez a la playa, y t ú seguir í as sin poderlo subir.

– Te recuerdo que no lo podr á s bajar hasta dentro de tres o cuatro a ñ os -dijo entonces una voz salida de la peque ñ a muchedumbre, estrenando el sugestivo elemento de la participaci ó n general en la pol é mica.

– Un a ñ o… Bueno, tres o cuatro -dijo Larreko-. S í , pero é l ni dentro de tres o cuatro a ñ os, ni nunca, lo podr á subir.

– Es m í a -afirm ó Etxe con la voz rota.

– Pues ll é vatelo a casa -sonri ó Larreko.

Y entonces Etxe sac ó el gran argumento del que -entonces se descubri ó - llevaba nutri é ndose desde que empezara todo:

– ¿Por qu é no puede ser m í a donde est á ? ¿ Por qu é no pudo ser m í a en la playa? ¡ Que nadie la mueva de aqu í , porque es m í a!

La peque ñ a muchedumbre se removi ó , inquieta, pues Etxe defend í a una postura imposible, y volvi ó a compadecerle. Apurando mucho la cosa, su razonamiento podr í a servir para otro objeto encontrado en la playa que no fuera aqu é l. Dejando aparte las normas establecidas, el pueblo no pod í a admitir que algo tan espl é ndido como esa Gran Madera se desaprovechara y se pudriera; y esto, precisamente, es lo que el pueblo hab í a empezado a sospechar que persegu í a Etxe al clamar que el Catafalco permaneciera, por siempre, en la Campa del Roble. Esta conclusi ó n permiti ó , a gran parte de la peque ñ a muchedumbre, ya con la conciencia tranquila, tomar postura contra Etxe y a favor de las normas no escritas de la comunidad, que apoyaban a Larreko.

Sin embargo, la verdadera calma invadi ó a la peque ñ a muchedumbre cuando, de pronto, cay ó en la cuenta de la inutilidad de dar una sentencia antes de tres o cuatro a ñ os, pues, hasta entonces, nadie podr í a mover la Gran Madera de donde estaba. De manera que el pueblo dispuso de esos tres o cuatro a ñ os para seguir debatiendo acerca del hallazgo, pl á cidamente, sin apremios, tom á ndole gusto no s ó lo al tema sino a la situaci ó n, a la tertulia que se formaba cada d í a al t é rmino de las tareas o en las ya medio olvidadas fiestas de los plenilunios.

De momento no fue m á s que eso: una simple reuni ó n de vecinos, acaso algo m á s nutrida que las habituales, pero en modo alguno haciendo sospechar lo que estaba prologando; ni siquiera m á s apasionada o dram á tica una vez se entr ó de lleno en la fase de los tres o cuatro a ñ os, y a pesar de que Etxe, durante ellos, apenas se apart ó de su Madera, excepto para atender precipitadamente los requerimientos m á s urgentes de sus campos y de su cuadra, ya que apenas habr í a que mencionar los de su propia comida: durmiendo al abrigo de la cubierta de ramas y hojas que fabric ó y apoy ó en el suelo y en el borde alto de la Gran Madera. Nadie lleg ó a entender por qu é se empe ñ aba en proteger tan de cerca una presa que era menos suya a medida que crec í a el gran buey al que Larreko alimentaba, como a todos los suyos, con aquel r é gimen de comida cuyo secreto jam á s revel ó . Tampoco Etxe habr í a podido explicar su propio comportamiento: simplemente no pod í a separarse de aquella Masa que consolaba su soledad.

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