– ¿Cu á nto te tendr é que dar?
Larreko hab í a llegado junto a la Madera y hab í an aparecido en sus manos varias cu ñ as de hierro y una peque ñ a porra.
– ¿Eh? -gru ñó Larreko, sin suspender su tarea de hundir cu ñ as a porrazos en el duro material. Hasta que el silencio de Etxe le revel ó que segu í a esperando una respuesta-. Nos arreglaremos luego -a ñ adi ó .
– ¿Luego? -repiti ó Etxe. Extendi ó el brazo para tocar la piedra que, encima de su Madera, significaba posesi ó n-. La Madera es m í a.
Casi le hizo vomitar el ah í nco que Larreko pon í a en los preparativos. Asisti ó al hundimiento de los seis hierros en la madera y a la fijaci ó n a ellos de las cadenas. A punto de arrancar, Larreko descoron ó al Objeto de la piedra y arroj ó é sta lejos.
– Todo pesa -pronunci ó con una mueca sin un inter é s especial de que fuera una sonrisa.
– La Madera es m í a -record ó Etxe angustiosamente.
Larreko esgrimi ó el acullu y lo hundi ó con ferocidad en las ancas de los bueyes.
Para entonces, era media ma ñ ana y hab í a m á s curiosos que nunca: hab í ase corrido la voz de que los bueyes de Larreko iban a levantar de la playa la madera de Etxe. Los que apostaron por que ni siquiera la mover í a, perdieron. Al emerger la Cosa de su hundido emplazamiento, se descubri ó que ten í a una moldura, curva y sobresaliente, cubriendo la arista inferior por el frente y los costados.
A media tarde, hab í an perdido igualmente sus apuestas quienes tambi é n creyeron que los bueyes no conseguir í an arrastrar la Pieza hasta la falda del monte. A partir de este punto, los apostantes barajaron las nuevas posibilidades sobre un piso m á s convencional, para arrastre con bueyes, que la arena, si bien habr í an de considerar otro elemento perturbador: la dura pendiente del camino que arrancaba de la playa. Cuando los bueyes empezaron a demostrar que tambi é n saldr í an adelante con aquello, Etxe sinti ó que su Madera le dejaba solo en su soledad anterior. Vivi ó la ascensi ó n a un paso de la compa ñ era que se alejaba de su playa.
Pero, al anochecer, los bueyes no hab í an podido pasar de media cuesta: hab í an avanzado, pezu ñ a a pezu ñ a, por un t ú nel vociferante de vecinos. En cierto momento, las bestias se detuvieron con un gemido humano y babeando sangre, y tensaron los huesos de sus patas para no perder la vertical. Larreko suspendi ó su hostigamiento criminal con el acullu.
Libre de la arena, sobre el firme pedestal de las piedras del camino, la Pieza se mostraba en todo su grandioso tama ñ o. Med í a no menos de ocho varas de largo por dos de fondo y casi otros dos de alto, o al rev é s, pues se ignoraba para qu é fin hab í a sido fabricada, para qu é serv í a semejante catafalco, de modo que se ignoraba, igualmente, en qu é posici ó n deb í a ponerse.
Desfogado con las apuestas, el grupo de vecinos pudo entregarse a la contemplaci ó n de aquel gran regalo de la mar que har í a casi rico a quien lo poseyera finalmente. Se recrudeci ó la cuesti ó n de a qui é n pertenec í a: si a Etxe, por haberlo visto el primero, o a Larreko, por haberlo subido. Pero era ya muy tarde y todos se fueron a dormir, incluso Larreko con sus bueyes, aunque no Etxe: pas ó la noche sentado en las piedras del camino, la espalda contra su Madera, sin dormir, maldici é ndose a s í mismo por no haber sabido retenerla en su playa.
Con las primeras luces, el primero en aparecer fue Larreko con sus bueyes; las bestias ven í an frescas, como reci é n nacidas, y los temblores apenas le permitieron a Etxe pronunciar la frase de la que parec í a pender su vida:
– La Madera es m í a.
Larreko se entreg ó a la trabaz ó n de las cadenas a las clavijas, con una concentraci ó n tal que Etxe hubo de retirarse a vomitar el charquito de l í quido verde que ocupaba su est ó mago. Mucho antes de comenzar la segunda jornada de arrastre, los vecinos de la v í spera, y otros m á s, hab í an formado el t ú nel que seguir í a desplaz á ndose a la par que los bueyes y la Pieza, y hab í an empezado a cantarse las apuestas. Muchos enfermos abandonaron sus lechos para asistir a la tremenda prueba, y a los que no lo pudieron hacer se les manten í a informados por una telefon í a vocal de vecinos escalonados. Las cadenas se tensaron y los bueyes de Larreko promovieron el primer tir ó n, y en el pecho de Etxe comenz ó a percutir el irremediable avance met á lico de las pezu ñ as. Los bueyes alcanzaron el alto del monte como se corona una odisea. Y en aquel cruce de caminos Etxe advirti ó que Larreko tomaba uno que no correspond í a.
– Mi casa est á por el otro lado -gimi ó Etxe.
– Hablaremos al llegar -dijo Larreko.
– ¿De qu é hemos de hablar cuando lleguemos ad ó nde? -volvi ó a gemir Etxe, mirando a unos y a otros en demanda de ayuda. Pero la atenci ó n general se centraba en la agon í a andante de los bueyes, en la inc ó gnita de cu á ntos pasos m á s dar í an antes de derrumbarse, y sobre esto giraba la totalidad de las apuestas.
A media tarde, con un suspiro de consumaci ó n, el buey derecho precipit ó su masa al suelo y all í qued ó emitiendo sangre por tres o cuatro agujeros de su cuerpo, reventado. S ó lo entonces se descubri ó que la Pieza estaba detenida en la Campa del Roble, al pie del gran á rbol. Se pagaron y cobraron las apuestas, pero el pueblo no se movi ó del sitio, saltando sus miradas de Etxe a Larreko, sabiendo que a ú n quedaba por ventilar lo mejor de todo aquello.
– De aqu í a un a ñ o tendr é listo un segundo buey para terminar el trabajo -dijo Larreko.
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