A la nueva compañía se le concedieron los derechos de las marcas BACARDÍ y Hatuey, de manera que se convirtió en la única propietaria legal. Luego se firmó un contrato con Bacardí & Compañía, Santiago, en el que le permitían a la empresa cubana utilizar esas marcas registradas. En los términos de este contrato se exigía que quedara nulo y sin efecto en caso de que el negocio cubano de la compañía fuera confiscado o intervenido de alguna manera. De pasar eso, el nombre y la imagen de las populares marcas de ron y cerveza no podrían utilizarse en Cuba.
Esta solución, que logró mantener el activo más valioso de Bacardí fuera del alcance de los comunistas cuando tomaron el control del país, demostró una vez más cuán creativo y determinado era Pepín para resolver problemas.
LLEGADA A LA MADUREZ Y EDUCACIÓN EN EL EXTRANJERO
En 1955, mientras el conflicto político crecía, yo era un estudiante de 16 años del Colegio La Salle en Santiago de Cuba. Obtuve buenas notas y jugué baloncesto durante dos años con el equipo colegial de La Salle. También fui miembro del Ciudamar Yacht Club en Santiago y era buen nadador competitivo. Participé en encuentros nacionales de natación interclubes en La Habana en 1955 y 1956.
Mi familia tenía planes de que cursara estudios universitarios en Estados Unidos y, para prepararme, querían que aprendiera inglés. Así que mi hermano Roberto y yo pasamos tres veranos consecutivos en un campamento de verano en Great Barrington, Massachusetts, llamado Camp Half Moon. Dirigían las operaciones los dueños, la familia Story, y en el momento en que estoy escribiendo este libro, Camp Half Moon acaba de cumplir 97 veranos ofreciendo sus servicios.
Yo tenía ya la certeza de que iba a terminar trabajando en la empresa familiar y de verdad quería quedarme en Cuba. Me alegró ver que mi primo, Manuel Jorge Cutillas, había empezado a trabajar para Bacardi en Santiago, en 1955 tras graduarse del Instituto Politécnico Rensselaer en el estado de Nueva York.
En agosto de 1956 me fui a la Academia Mercersburg (bachillerato en Pensilvania enfocado en la preparación para entrar a la universidad), donde estudié inglés durante un año. En aquel momento ya podía hablar perfectamente el idioma gracias a mis tres años de campamento de verano en Massachusetts, pero no me habían enseñado a escribirlo.
Fue un año bien invertido. En Mercersburg descubrí la literatura inglesa y me convertí en un ávido lector. En las vacaciones de primavera, fui a la ciudad de Nueva York y me quedé en el departamento de la avenida Madison de mi tío Willie (William Dorion) y mi tía Laly (Lalita Bacardí Cape, una de las hermanas de mi abuela Marina). Fueron unas vacaciones memorables en la gran ciudad.
No tenía idea de a cuál universidad quería ir, ni mucho menos de cómo funcionaba el proceso de solicitud e inscripción. Afortunadamente, el encargado de esos asuntos en Mercersburg dedicó mucho tiempo a ayudarme. Me postulé para tres universidades, fui aceptado en todas y decidí ir al Instituto de Tecnología de Georgia, en Atlanta, también conocido como Georgia Tech. Esa universidad fue y sigue siendo una de las instituciones de investigación tecnológica y científica más importantes de Estados Unidos.
EXPANSIÓN CONTINUA Y UN LIBRO DE COCINA
Mientras tanto, la empresa seguía expandiéndose.
En 1956 culminó la construcción de la destilería La Galarza de Bacardí en el municipio de Izúcar de Matamoros, en el estado de Puebla, al sur de Ciudad de México. Los restos de un antiguo ingenio azucarero y una capilla del siglo XV que eran parte de la propiedad fueron hermosamente restaurados, y Pepín nombró presidente de la empresa mexicana a Ernesto Robles León.
Ese mismo año, designó a Bartolo H. Estrada como presidente de Bacardi Imports en Nueva York, negocio que había estado trabajando a toda máquina desde que Pepín estableció la empresa importadora familiar 12 años antes, tras cortar relaciones con la importadora-distribuidora Schenley.
Desde el punto de vista publicitario y de mercadotecnia, la compañía tuvo campañas exitosas que promovieron la cubalibre, el daiquirí, el BACARDÍ Collins y el coctel BACARDÍ.
Bacardi también lanzó un anuncio que mostraba a una mujer sosteniendo un libro de cocina llamado New and Easy Ways to Cook with Rum (Nuevas y fáciles maneras de cocinar con ron). El libro, comisionado por Bacardi a través de su agencia de publicidad y escrito por la famosa editora de cocina Clementine Paddleford, estaba disponible para pedidos por correo.
El anuncio del libro se publicó en la revista Life y generó muchos más pedidos de lo que nadie se imaginó. La agencia de publicidad de Bacardi terminó sepultada debajo de sacos que contenían las órdenes por correspondencia, y que, según un reporte, ocupaban cada centímetro del lugar, lo que obligó al cierre temporal de la oficina. Al mismo tiempo, Gus Quiñones, el gerente de ventas, se ocupaba de aumentar a 24 la cantidad de representantes comerciales en Estados Unidos.
Para 1956, la compañía había sobrepasado su capacidad original en lo que respecta al espacio en Puerto Rico, por lo que se alquilaron 9200 metros cuadrados adicionales en la avenida Ponce de León en San Juan.
La construcción de la nueva planta en Cataño finalizó en 1958, y el gobernador Muñoz Marín estuvo a cargo de la inauguración. Ese día, en su discurso, el alcalde bautizó el lugar como la «Catedral del Ron».
Las cosas parecían estar saliendo bien en todos lados excepto en Cuba, donde la situación empeoraba. Cuando la revolución de Castro cobró fuerza, Batista respondió con mayor violencia.
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