Tras las muertes de Emilio y Facundo, Henri Schueg, el muy trabajador yerno del fundador de la compañía, tomó medidas para diversificar los negocios de Bacardí. Lo primero que hizo fue inaugurar una fábrica de hielo en los terrenos de la nueva destilería para dar servicio a la población de Santiago.
Poco después compró una pequeña cervecería que tenía 13 años de haberse abierto en la ciudad. Con el objetivo de producir una cerveza de primer nivel para el mercado cubano, Henri contrató a un cervecero alemán, George Friedrich, para crear la que se convertiría en la cerveza más vendida de Cuba: la Hatuey, nombrada en honor del líder indígena del siglo XVI de la isla vecina de La Española (hoy conocida como isla de Santo Domingo, compartida por Haití y la República Dominicana).
El cacique Hatuey —muerto en Cuba, quemado por los españoles, luego de una insurrección en 1512— es venerado como el primer hombre en dirigir una batalla organizada contra el colonialismo en el Nuevo Mundo.
Las primeras botellas de Hatuey, una cerveza rubia de alta calidad, salieron de la línea de producción en enero de 1927. Ese mismo año, ganó una medalla de oro en la Exposición de Cienfuegos. Henri ideó una táctica inteligente para presentar el nuevo producto: giró instrucciones al equipo de ventas de que regalaran bloques de hielo con cada compra, lo que hizo que Hatuey fuera pronto conocida como la única cerveza fría de la isla.
A pesar de su continuo éxito y riqueza creciente, la familia Bacardí no olvidó sus orígenes ni su obligación de mejorar la vida de las personas en Cuba. Elvira Cape Bacardí siempre tuvo la misma conciencia social que su difunto esposo Emilio, el venerado independentista, alcalde y senador. A manera de regalo póstumo a la ciudad, Elvira terminó de construir, en nombre de Emilio, el museo municipal que él fundó en 1899.
Antes de su muerte, el museo fue un sitio modesto dedicado a preservar la historia de la lucha por la independencia de Cuba. Tras su fallecimiento, Elvira financió un ambicioso proyecto de construcción de seis años cuyo resultado es el imponente edificio neoclásico que puede verse hoy en el centro de Santiago.
Con su fachada blanca y columnas monumentales, el Museo Emilio Bacardí Moreau fue inaugurado el 27 de octubre de 1927. En sus estatutos se establecen como objetivos la recolección, preservación y exposición de la historia natural, las piezas arqueológicas, el arte y los logros industriales de Cuba, así como ofrecer programas educativos permanentes.
MÁS PÉRDIDAS, PERO LA VIDA CONTINUÓ
En 1932, otro terremoto azotó la ciudad dejando grandes daños. La compañía perdió un depósito que contenía 30 000 cajas de ron, aunque esta vez sí estaba asegurada.
Al año siguiente, la familia sufrió una pérdida mucho mayor cuando Elvira, la benevolente matriarca que había continuado las buenas obras de su esposo, falleció en Santiago. Su año de nacimiento, 1862, coincidía con el año en que Facundo Bacardí Massó constituyó su negocio.
Elvira superó y logró mucho durante sus 71 años de vida. Sufrió las adversidades de la guerra y los años de encarcelamiento de su esposo. Durante la guerra por la independencia ayudó a canalizar armas y provisiones para los rebeldes, firmando siempre sus mensajes cifrados como «Fociona», la versión femenina de Foción, un antiguo estadista griego que resistió heroicamente el asedio de Atenas por Macedonia.
Elvira condujo a la familia durante el exilio y luego de regreso a una Cuba libre e independiente. Con el tiempo, estableció varios orfanatos y asilos de ancianos. El rey de Bélgica la honró por su labor caritativa durante la Primera Guerra Mundial.
Elvira también reeditó muchos libros escritos por Emilio, entre los que destacaron los diez volúmenes de las Crónicas de Santiago de Cuba, las cuales trazan la historia de la ciudad desde 1514 hasta el final de la ocupación transitoria estadounidense en 1902.
En la actualidad, la Biblioteca Pública Provincial Elvira Cape Lombard, la más grande de Santiago, se encuentra justo al lado de la plaza principal de la ciudad. Ella está sepultada junto a su esposo en el Cementerio de Santa Ifigenia de Santiago, a pocos pasos de la tumba del héroe independentista cubano José Martí.
FIN DE LA LEY SECA Y MAYOR EXPANSIÓN GLOBAL
En 1929, Henri Schueg mandó a México a Pepe, uno de los hijos de José Bacardí Moreau, para establecer negocios allí. Tras la expansión en España unos veinte años antes, esta sería la segunda planta de producción Bacardí fuera de Cuba y la primera iniciativa en el extranjero controlada completamente por la familia.
La planta fue inaugurada en 1931, pero no logró cobrar fuerza. Las ventas en México alcanzaron apenas unos 40 000 dólares ese año y no hubo mejoría alguna en 1932. México, al parecer, seguía siendo un país de acérrimos bebedores de tequila. Las clases altas preferían los licores finos europeos y la apuesta de Henri de que los estadounidenses de la época de la ley seca viajarían a México para beber, así como se habían dirigido de manera tan entusiasta a Cuba, no prosperó.
Sin lograr que la planta en México fuera un éxito, Pepe murió de neumonía en 1933 y poco tiempo después, Henri tomó la difícil decisión de cerrar la costosa operación. Pero, por azares del destino, la clausura nunca se concretó.
Henri envió a México a su yerno José M. Bosch, de 36 años, quien estaba casado con su hija Enriqueta, para que liquidara los negocios en ese país. Bosch, conocido como Pepín, evaluó la situación y, en vez de clausurar, invirtió en una flota de camiones para acelerar la distribución. Rápidamente, las ventas mexicanas se incrementaron a 80 000 cajas.
Pepín empezó también a embotellar BACARDÍ en botellas grandes forradas de mimbre, como se hacía en la Cuba rural, suponiendo que eso podría atraer a los mexicanos por su amor a las artesanías tradicionales. Estas «damajuanas» se volvieron muy populares y las ventas en México siguieron elevándose.
Pepín, quien había estudiado el bachillerato y la universidad en Estados Unidos y había trabajado en el departamento de préstamos de un banco en La Habana, también se dedicó a saldar las deudas del negocio. Su conclusión fue que Bacardí sí podía funcionar en México y convenció a la empresa de mantener activa la operación satélite.
En su primera asignación, Pepín había demostrado ser inteligente, dedicado, ingenioso y no temía correr riesgos. Henri y el resto de la directiva de la compañía tomaron nota. Durante los años siguientes, el mundo escucharía más de Pepín Bosch.
Mientras tanto, el experimento de Estados Unidos de criminalizar el alcohol, que duró trece años, llegó a su fin. El 5 de diciembre de 1933, el Congreso ratificó la Vigesimoprimera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, la cual legalizó de nuevo las bebidas alcohólicas para adultos. El presidente Franklin D. Roosevelt la denominó «un retorno a las libertades personales». La gente celebró, los corchos volaron y las copas chocaron.
Los noticieros mostraron que hubo grandes festejos, pero no borracheras caóticas, como habían temido los testarudos defensores de la abstinencia. En retrospectiva, quizás eso se debió a que el alcohol realmente nunca desapareció: los contrabandistas, los bares clandestinos y Cuba habían posibilitado que no se detuviera el flujo interminable de licor durante los años de la ley seca.
Con el regreso a la legalidad, Bacardí necesitaba con urgencia tener presencia en Estados Unidos. Henri reclutó a William J. Dorion, esposo de Lalita, la hija de Emilio, para que montara una oficina en el edificio Chrysler, en la ciudad de Nueva York.
La compañía se saturó de pedidos, pero se comportó de manera cautelosa para no inundar el mercado. Con eso en mente, fue selectiva a la hora de decidir qué pedidos comprometerse a surtir.
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