Me invadieron los nervios. No tenía tiempo ni había distancia suficiente para frenar antes de que me estrellase contra el tren. Podía frenar, pero iba demasiado rápido y no lograría mantener el control de la bicicleta. Solo treinta metros me separaban de un impacto seguro. Cerré los ojos con fuerza, intenté idear algo que me salvara, veinte metros, no podía frenar, diez metros, abrí los ojos y traté de imaginar qué habría hecho alguno de mis héroes en mi situación; cinco, cuatro, tres. En el último instante giré violentamente a la derecha y choqué contra el tren.
Impacté contra uno de los vagones de madera. Los viejos y carcomidos tablones del contenedor cedieron ante mi embestida y el manillar quedó atascado entre ellos. Mi cabeza se había golpeado también contra el vagón y me sentí aturdido, aunque conseguí mantenerme en equilibrio. Traté de desengancharme del tren dando fuertes tirones y empujando con la pierna izquierda, pero resultó inútil. Estaba buscando la manera de salir de aquella situación cuando la sirena de la locomotora llamó mi atención. Miré hacia adelante y noté como mi corazón se desbocaba. A unos cien metros un viejo roble se erguía junto a la vía, interponiéndose en mi camino y amenazando con engullirme a no ser que consiguiera soltarme a tiempo. Forcejeé cuanto pude, pero todo resultaba inútil: el manillar seguía atascado. Solo unos instantes me separaban del impacto. Me iba a estrellar si no saltaba y abandonaba la bicicleta. Un sudor helado me recorrió el cuerpo.
Capítulo Dos
Andrés, Gabi y el Cuartel General
Apenas quedaba tiempo. Me iba a estrellar contra un roble que, sin duda, me partiría en dos. Salvo que abandonase mi bicicleta y saltase. Pero no podía hacerlo: la Special Bike simbolizaba todos mis sueños e ilusiones. Intenté desengancharme del vagón de mil maneras, aunque todo esfuerzo resultaba infructuoso. Cuando quedaban ya unos pocos metros y la idea de saltar se iba convirtiendo por momentos en mi única alternativa, se me encendió la bombilla. Sin perder un segundo, me volví y desenganché los propulsores traseros que Gabi había instalado en la bici para permitirme saltar obstáculos con facilidad. Los coloqué apuntando al vagón y confié en que el trabajo conjunto de la propulsión y mi pierna izquierda liberase la Special Bike. Apreté el botón correspondiente en el control de mandos y los propulsores chispearon lanzando su chorro de energía contra el vagón. Al mismo tiempo, empujé con todas mis fuerzas y, a tan solo metro y medio del roble, escuché un crujido de madera, el manillar se desenganchó por completo y la bici y yo salimos disparados.
No sé exactamente cuántas vueltas dimos ―creo que una volando y dos o tres rodando por el suelo― hasta que chocamos contra unos arbustos. Creo que perdí el conocimiento porque, cuando abrí los ojos impelido por las palmadas en la cara que alguien me estaba dando, sentí que despertaba de un profundo sueño.
―Dani, despierta, ¡Daniel! ¡Vamos, despierta!
Solo veía una gran silueta borrosa a contraluz: seguía aturdido.
―Andrés… ―farfullé reconociendo aquella voz.
―¡Menudo golpe! Vamos, arriba, muchacho. Me imagino que vendrías haciendo el loco, para variar, y seguro que sin mirar, soñando con tus películas, olvidando los riesgos de la vida real, los peligros que una ciudad como esta encierra, donde el más pequeño de los detalles puede convertirse en una trampa mortal y…
―¡¡¡Andrés!!! ―grité, interrumpiendo unas de sus archiconocidas frases sin final―. Ayúdame a levantarme; estoy un poco mareado… Oye ―le dije cuando ya estaba de pie, recuperando el equilibrio―, ¿qué haces aquí? ¿No habíamos quedado en los Tres Robles?
―Sí, pero como te conozco, amigo mío, supuse con razón que llegarías tarde, como siempre. Así que decidí venir paseando y encontrarte por el camino. Y, mira por dónde, te veo aquí tumbado, tomando el sol. Yo podía haberme quedado esperándote hasta el día del juicio final. Aunque, conociéndote, seguro que me hubieras hecho esperar todavía más…
―¡Andrés! ¡Para ya! ¿No te das cuenta de que he tenido un accidente? Me quedé enganchado al tren y… ―callé de repente, al verla―. ¡¡No!!
―¿Qué pasa, Dani?
―¡¡La Special Bike!! ¡Está destruida! ―exclamé llevándome las manos a la cabeza.
Con mucho cuidado la levantamos del suelo. La rueda delantera estaba retorcida, la cadena hecha añicos, el manillar partido por la mitad, los propulsores traseros inutilizados y el cuadro de mandos convertido en un montón de cables y placas electrónicas inservibles. En fin, un siniestro total.
―Oh… Pero… No puede ser… ―me lamentaba una y otra vez mientras examinaba los restos―. ¡Qué desastre! ―repetía arrodillado bajo la mirada solidaria de mi amigo.
―Tranquilo, Dani, al menos tú estás entero; Gabi la reconstruirá ―me animó Andrés, palmeándome el hombro―. Por cierto, son las diez menos diez. Llegamos tarde, así que vas a ser tú el que le dé explicaciones a nuestro amigo ―resolvió.
Asentí y, cogiendo la malograda bicicleta entre los dos, nos dirigimos hacia el punto de encuentro.
Andrés era mi mejor amigo. Era un muchacho un poco nervioso e inquieto, pero con un corazón de oro. Era fiel, leal, honesto y todo lo que se puede pedir a una verdadera amistad. Tenía dieciséis años, como Gabi y yo. Íbamos juntos a clase desde pequeños. Andrés era más alto que yo y su cuerpo era dos veces el mío. Aparte de ser insaciable a la hora de comer, estaba hecho un verdadero toro. Su fuerza era legendaria. Además, tenía cinturón negro en kárate y se estaba especializando en la milenaria lucha de sumo. Solíamos bromear con él, porque, como tenía el pelo rizado, rubio y cortito, no podría lucir la coleta que acostumbran a llevar los luchadores de esa arte marcial. Sus ojos, pequeños y oscuros, desprendían una bondad enorme, aunque cuando se enfadaba, se transformaban en dos diminutas brasas de carbón. Pero si por algo era conocido Andrés, era por sus largas e interminables peroratas que repartía a diestro y siniestro cuando se le presentaba la ocasión de echarle a alguien un buen sermón.
Veinte minutos más tarde, comiendo los bollos que había cogido de casa, llegamos a nuestro Cuartel General. Era una pequeña cabaña de madera que nos había construido el padre de Andrés y que permanecía oculta entre los árboles de la cima de una colina cercana a la ciudad. Era un refugio, un santuario, un espacio solo nuestro en el que pasábamos gran parte del tiempo libre charlando, jugando, leyendo revistas y algunos libros, trabajando en nuestros proyectos, refugiándonos de un mundo que a nuestra edad nos resultaba hostil y demasiado extraño… La cabaña pasaba inadvertida a los ojos de cualquiera que paseara por la zona, ya que Gabi había plantado enredaderas que la habían cubierto casi por completo, camuflándola a ojos extraños. A pesar de su tamaño modesto, el cuartel se componía de dos pisos. En la fachada que daba al sendero principal, había dos ventanas disimuladas con cortinas hechas con tela de camuflaje militar. La puerta principal estaba pintada de los mismos colores. El interior era una sala dividida en dos espacios. A la derecha teníamos un sofá de escay azul algo roído, un par de sillones, uno verde oscuro y otro granate, y un escritorio de madera de pino con un par de cajones. Sobre esa mesa descansaba una máquina de escribir y una emisora de radio de medio alcance que había construido Gabi con piezas de otros aparatos. Sobre una mesita auxiliar, frente a las dos butacas, había un pequeño ordenador personal y una impresora. La verdad es que la computadora solo la usábamos para jugar durante horas a matar marcianitos de manera inmisericorde.
A la izquierda, y separado del resto de la estancia por un biombo, se encontraba el laboratorio de Gabi. Mi amigo solía hacer experimentos y dedicaba tardes enteras a construir artilugios que, casi siempre, acababan abandonados por inservibles o porque lo que él ideaba resultaba imposible de llevar a la práctica con la tecnología de aquellos años. Gabi era un adelantado a su época que, de vez en cuando, inventaba alguna maravilla, como la Special Bike.
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