Aintzane Rodríguez - Fuego bajo las nubes

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LONDRES 1910Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.En una sociedad en la que el destino de cada persona está marcado y reglado por un hilo, lo peor que puede pasarte es nacer sin él.O no.Olivie a veces piensa que sería más fácil si ella y su hermano Julien estuvieran enlazados. Otras veces se alegra de que no sea así. Ella reparte su tiempo entre la fábrica, el baile y las sufragistas y su hermano tiene que lidiar con la obligación de ir a la universidad pero querer dedicarse al arte. Elisabeth, por otro lado, se junta con Oli cuando huye de un pasado que parece haberla encontrado mucho antes de lo que ella quisiera, mientras que Nasha está atada a un presente que no quiere dejarla crecer.Nada es fácil y lo es aún menos cuando se anuncian los resultados de las elecciones y el Primer Ministro hace una promesa que nadie espera que cumpla. Nasha, Oli y Beth lucharán por defender sus derechos, aunque cada una tenga su forma de ver el mundo.

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Seguía teniendo dieciséis años y Louise me conocía más que mi propia madre.

—No tienes que salvarla siempre, Nasha —susurró—. No tienes que salvarla nunca, en realidad. Es mayor, trabaja y cobra, debe aprender también a gestionarse.

Negué con la cabeza. Ella no podía entenderlo. Mi madre era lo único que tenía, además de Louise, y yo era lo único que le quedaba a ella. No podía dejarla.

—No puedo abandonarla.

—Ella lo hizo.

Eso dolía. Intenté no llorar mirándome los pliegues de la ropa. Empujé las palabras a través de una barrera de flemas.

—Sigo aquí. Sigue siendo mi madre, aunque no me cuidara de pequeña, aunque no me diera de comer. No puedo… No puedo ignorarla, ella sola no podría…

«No quiero», quise decir, pero no estaba tan segura de saber qué era lo que quería.

No quería demasiadas cosas: no quería ser como mi madre, tampoco quería admitir que me parecía demasiado a ella. No quería sentirme egoísta, no quería seguir pagando, no quería seguir cediendo.

No quería perderla y a veces pensaba que era la única forma de encontrarme.

—De acuerdo—consintió—. No me pagues ni un chelín de su parte, Nasha. Encárgate de lo tuyo, trataré de hablar con tu madre.

No iba a conseguir nada, pero asentí. No tenía fuerzas para discutir con ella y cada vez me quedaban menos argumentos a mi favor. Me habría gustado poder refugiarme en los brazos de Louise, como cuando era una niña y estaba demasiado asustada. Nunca le agradecería lo suficiente que acogiera a mi madre al darme a luz, ni que creara un refugio para nosotras años atrás. Nunca podría agradecerle lo suficiente esa confianza en que yo era alguien buena incluso si no era capaz de creerlo.

Me marché de la sala con el nudo de la garganta descendiendo al estómago y unas terribles ganas de llorar.

¿Por qué seguía cuidando de alguien que nunca me cuidó?

Me sequé las lágrimas con las mangas de la camisa antes de que escaparan de mis ojos y fui a recoger la ropa que había dejado secándose. Cuando regresé al comedor encontré un plato de patatas y judías sobre la mesa y una mirada amiga al otro lado de la habitación.

—¿Estás bien? —me preguntó Lilian acercando la silla un poco más.

Ella era una de las mujeres que vivía en la pensión de Louise. Tenía aspecto cansado, como la mayoría, y lucía una enorme barriga hinchada que amenazaba con explotar en cualquier momento. Sonreía como lo hacían todas las madres a punto de dar a luz.

Dije que sí con la cabeza, sin embargo, no me pareció suficiente.

—Gracias por la comida, Li. Está deliciosa y me estaba muriendo de hambre.

—No es nada, era demasiada para mí. Aunque ahora coma por dos —rio. Abrió la boca, como si quisiera continuar hablando, pero tardó varios segundos en encontrar las palabras correctas—. ¿Tienes problemas en el trabajo otra vez?

«Problemas en el trabajo» eran demasiado para caber en esas cuatro palabras.

—No.

Las mentiras parecían nacerme solas.

—Si los tienes, puedes hablar conmigo.

—Estoy bien.

—De acuerdo. De todas formas, si los tuvieras… Bueno, hay un grupo de chicas, de mi fábrica. Ellas entrenan en el Soho y… —Dudó antes de continuar hablando—. He pensado que podría interesarte. Para que no cumplas treinta, como yo, y vivas con miedo. Aunque todas aquí estemos asustadas, tú no tienes que estarlo. Eres joven y… El mundo es para jóvenes como tú, sería una pena que te quedaras siempre en ese antro.

Ya sabía que todas pensaban como ella. Que era estúpida por seguir trabajando en el club y defendiendo a mi madre. Pero tenía dieciséis años y parecer estúpida era mi menor preocupación en esos instantes.

—Gracias, Li.

Se marchó y me quedé a solas con el plato de comida y el estómago cerrado. Tenía razón, como la tenía Louise y también la voz a la que a veces me dignaba a escuchar: estaba tan asustada de tantas cosas que solo las resistía como si fueran a desaparecer algún día, a dejar de doler.

Quizá era el momento de comenzar a hacerles frente.

Olivie

Vernos a todas en el gimnasio de los Abadian me recordaba demasiado al primer - фото 8

Vernos a todas en el gimnasio de los Abadian me recordaba demasiado al primer día que pisé el suelo de madera con las botas llenas de suciedad amortiguando el taconeo.

Recordaba con gran claridad aquella ocasión en la que Edith Abadian irrumpió en la fábrica como el torbellino que ahora sabía que era. Llevaba la cara y el pelo cubiertos y nos abordó a la salida del trabajo con panfletos en una mano y la mirada encendida.

Aquella misma tarde nos invitó a sus entrenamientos. En esa ocasión, el miedo era más fuerte que yo; sentía su calor bajo la piel, en la sangre, en el pecho. Me inundaba los pulmones y me dificultaba respirar, pero, al mismo tiempo, me empujaba a no detenerme, a seguir caminando. El asfalto serpenteaba ante mí, irregular, al igual que las personas que andaban a mi alrededor a una velocidad casi vertiginosa.

Ahora el miedo no era tan intenso. Con los meses, había repetido ese mismo camino incontables veces, en ocasiones acompañada de Beth y otras tantas sola. Las calles ya no me parecían tan estrechas, los edificios no eran ya mis carceleros y ya no se abalanzaban sobre mí, sobre la culpa que me raspaba el paladar.

Las ganas de luchar habían diluido el temor que corría por mis venas.

Edith nos abrió la puerta de su casa con una sonrisa reprimida, como siempre. Descendimos hasta el gimnasio que se encontraba en el sótano y allí nos juntamos con el resto. No había nada nuevo en el calor que nos arropó nada más entrar ni en las voces que nos dieron la bienvenida.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —pregunté desabrochándome el abrigo.

Tenía suficiente energía acumulada para un entrenamiento, pero también estaba lo suficientemente cansada como para solo querer sentarme y hablar.

—Todavía esperamos a alguien más.

Miré a las presentes. Beth estaba quitándose la capa y el sombrero, al igual que yo; Sylvia estaba sentada en un taburete leyendo el periódico y Alice y Elle, las más pequeñas, parloteaban en una esquina, intercalando alguna carcajada. Se me hacía extraño pensar que, en el fondo, apenas eran un par de años más jóvenes que yo y que algo las había llevado hasta el gimnasio, hasta la necesidad de aprender a defenderse.

Estábamos las de siempre.

—¿Alguien nuevo?

Edith asintió.

—¿Dónde está Gabriel? —preguntó Beth.

—Hoy no bajará él a dar la clase, os tendréis que apañar conmigo.

«Mucho mejor», pensé. Edith era más que capaz de enseñarnos sola, sin necesidad de que su marido pululara por aquí. No es que tuviera nada en contra de Gabriel, al contrario. Envidiaba a Edith por la suerte que tenía de que la persona al otro lado del hilo, la que el destino le marcaba, fuera además el amor de su vida. Él comprendía a su mujer y había montado el gimnasio para ella, porque sabía que, de haber estado sola, jamás le hubieran dejado comenzar el proyecto. Pero me gustaba que Edith tomara las riendas del grupo.

Lo bueno de no portar el hilo era que no me decepcionaría cuando conociera a mi enlazado y no estuviera a la altura.

Lo malo era todo lo demás. Los susurros, las miradas, las críticas de Arthur.

Escuché las pisadas de alguien en las escaleras y me giré a tiempo de verla entrar. Había esperado encontrarme con una cabeza agachada, con unos ojos cargados de miedo y vergüenza, con un cuerpo tembloroso. En su lugar, la chica que nos observaba desde la puerta desprendía jovialidad. Edith le dijo algo que no alcancé a entender y su sonrisa se ensanchó, como si no hubiera límite físico para las comisuras de sus labios.

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