Aintzane Rodríguez - Fuego bajo las nubes

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Fuego bajo las nubes: краткое содержание, описание и аннотация

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LONDRES 1910Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.En una sociedad en la que el destino de cada persona está marcado y reglado por un hilo, lo peor que puede pasarte es nacer sin él.O no.Olivie a veces piensa que sería más fácil si ella y su hermano Julien estuvieran enlazados. Otras veces se alegra de que no sea así. Ella reparte su tiempo entre la fábrica, el baile y las sufragistas y su hermano tiene que lidiar con la obligación de ir a la universidad pero querer dedicarse al arte. Elisabeth, por otro lado, se junta con Oli cuando huye de un pasado que parece haberla encontrado mucho antes de lo que ella quisiera, mientras que Nasha está atada a un presente que no quiere dejarla crecer.Nada es fácil y lo es aún menos cuando se anuncian los resultados de las elecciones y el Primer Ministro hace una promesa que nadie espera que cumpla. Nasha, Oli y Beth lucharán por defender sus derechos, aunque cada una tenga su forma de ver el mundo.

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Cuarenta minutos.

El aire cada vez pesaba más a mi alrededor, como si estuviera atravesando algo mucho más sólido. Regresé a la barra justo a tiempo de ver a mi madre escabullirse hacia las escaleras, acompañada del mismo hombre al que había servido minutos antes. Esperaba que fuera rápida, por mi bien, porque no quería enfrentarme a ella.

Diez minutos.

Cuando sacaron al último cliente del local sentí que volvía a respirar tras una noche entera sin aire. En cuanto exhalé el último suspiro, comencé a notar el cansancio en los pies, en la espalda y en la cadera. Las comisuras de los labios me dolían de tanto forzar la sonrisa. Había observado desde detrás de la barra cómo todos los hombres salían, uno a uno, envueltos por el hedor a licor y, de vez en cuando, de la mano de una bailarina.

Una parte de mí rezaba por que mi madre saliera también, por verla desfilar como la desconocida que yo sentía que era. Si pasaba por delante y se iba sin saludar, yo no necesitaría bajar a las habitaciones para sacarla.

Quería llorar y no estaba segura de que la culpa fuera solo del agotamiento.

Cerré el local, pero ella continuaba dentro. Me arrastré escaleras abajo; crucé los dedos para escuchar una puerta abrirse y verla, vestida, sin necesidad de que fuera yo quien la obligara a hacerlo.

Llamé a las habitaciones escarlatas que flanqueaban el pasillo. Mis nudillos crujieron contra la madera y algunas se entornaron, dejando entrever el interior vacío y las camas deshechas. A medida que avanzaba, a mi espalda se abrían más puertas y salían más hombres, mientras ellas se vestían dentro. Ninguno era el mismo con el que mi madre había bajado.

Cuando llegué a una de las últimas habitaciones, supe que allí se encontraba mi madre por el zapato que había fuera. Llamé y retomé mi camino, esperando escuchar el chasquido del cerrojo detrás de mí. Las mujeres salían y me saludaban, bebidas y sonrojadas, antes de volver al piso de arriba. La mayoría de ellas no tenían el hilo, aunque algunas sí que estaban enlazadas.

Terminé la ronda y la puerta de la habitación de mi madre siguió cerrada.

No quería hacerlo.

Saqué las llaves del bolsillo de la falda.

Por favor, sal ya.

Metí la llave en la cerradura y giré. Odiaba mi trabajo.

Respira.

La puerta se deslizó con un suspiro ahogado, lo suficiente para que ellos pararan, pero no lo bastante como para que yo pudiera ver algo.

—Se acabó —ordené desde fuera—. El club ha cerrado, si queréis seguir por vuestra cuenta, tendréis que iros a otro sitio.

Esperé unos minutos en el umbral hasta que el hombre se acercó a la puerta y la abrió por completo.

—Ya me voy. —Levantó ambos brazos en son de paz, con el deseo todavía impregnando cada poro de su piel—. Podríamos haber continuado la fiesta los tres.

Fingí que no había escuchado aquello. Sentí la bilis recorrerme la garganta y cerré los ojos, como si con eso apagara también la mente.

Las paredes de la habitación eran tan rojas que parecían palpitar al mismo tiempo que mi corazón. Apreté la mandíbula y los puños; él me rodeó para escabullirse por el pasillo. Oí las pisadas de sus zapatos en las escaleras y después, el chirrido de la puerta principal al abrirse y cerrarse de golpe. Cuando el silencio volvió a adueñarse del local, me giré hacia mi madre. Se había vestido mientras no le prestaba atención y estaba recostada en la cama con una sonrisa desafiante. Su pelo, rizado y oscuro, al igual que la piel de ambas, se revolvía sobre la almohada.

—No me mires así —la recriminé, cansada—, yo no soy uno de tus clientes. No necesitas conquistarme.

—Ellos, al menos, me quieren.

No pude reprimir una carcajada. Estaba agotada, agotada de ver siempre el lado bueno, de ver siempre su lado bueno. De perdonarla. Pero, por algún motivo, no podía parar de hacerlo.

Porque es familia.

Siempre la misma voz, siempre las mismas palabras.

—¿Quererte? Quieren… —me costaba pronunciarlo— sexo. Como todos.

—¿Qué tiene de malo? Gano más dinero en la cama con uno solo de ellos que tú sirviéndoles a diez. —Se incorporó y me dio miedo mirarla bien, parecerme demasiado a ella—. Deberías aprovechar que eres joven y mujer, y que ya no estás enlazada.

Si el hilo hubiera sido algo más que un filamento de luz amarillenta, algo más físico y tangible y no un mero destello, también habría sido física la tirantez en mi meñique y el dolor en el pecho. Intentaba ignorar que al otro lado no había nadie esperándome. Era lo mejor.

—Estoy bien así.

—Ya te arrepentirás.

Mi madre salió arrastrando el batín por el suelo, descalza. No se giró para mirarme antes de subir las escaleras y yo suspiré aliviada cuando volví a ser la única presencia en las habitaciones.

La seguí al piso de arriba, pero al llegar no había nadie en el club. Sentí el recuerdo de unos brazos a mi alrededor, los dedos hundidos en mi piel, las palabras susurradas en mi oído. No quería eso. No quería nada de lo que mi madre me ofrecía.

Si ellos no iban a parar hasta conseguirlo, yo no iba a parar hasta poder defenderme.

Julien

El pincel resbalaba por la tablilla de madera como si flotara en el aire Justo - фото 6

El pincel resbalaba por la tablilla de madera como si flotara en el aire. Justo igual que cuando dibujaba en mi cabeza, con la pintura surcando el cielo, manchando las nubes. La imagen se volvía real en el momento en que los colores marcaban el lienzo y la idea dejaba de estar solo en mi mente. Llevé los dedos al borde de la pintura y emborroné un poco el azul del fondo. Una vez más, era Oli la que se reflejaba en la madera —y en mi cabeza—. En esa ocasión, dormía con los pies en punta, sin poder evitar ser bailarina también por la noche.

Si manchaba mis manos de acuarelas, no pensaba en la entrevista. Cuando mojaba el pincel en agua, no veía la mirada del rector perforando cada centímetro de mi piel, ni notaba el calor asfixiante del despacho. Cuando mezclaba los colores en la paleta de cristal, no sentía la presión en mis sienes, en mi pecho, en mi vida.

Arthur entró en la habitación haciendo retumbar sus pisadas y el frasco que mantenía la puerta abierta rodó hasta sus pies.

—Ten cuidado con tus cosas —me advirtió apartando el envase de cristal con el zapato—. Solo quería asegurarme de que habías ido a la entrevista de la universidad.

—Tal y como te dije —resoplé y limpié el agua que fluía por el suelo con un trapo.

Arthur era tan alto que parecía ocupar toda la habitación, pero, aun así, no iba encorvado. Siempre se estiraba tanto que yo creía que, en cualquier momento, rozaría el techo con sus tirabuzones. No soportaba la idea de encogerse ante ninguna situación, como si eso lo hiciera menos válido, menos aterrador.

—No desconfío de ti, Julien, pero, cuando te centras en pintar, te olvidas de todo lo demás. —Suspiró. Sus ojos recorrieron la estancia desde mis lienzos apoyados contra la pared y el armario hasta la cama de Oli, deshecha y con sus puntas encima—. ¿Dónde está tu hermana?

Nuestra hermana —le recordé—. Trabajando en la fábrica. Luego iré a buscarla, puedes venir si quieres.

Aunque yo ya conocía la respuesta.

Arthur chasqueó la lengua, como había aprendido a hacer desde que era abogado y un adulto hecho y derecho. No me gustaba estar en medio de sus disputas, aunque él no solía tener razón, y casi todas comenzaban con ese mismo sonido molesto.

De todas formas, eso no importaba; con razón o sin ella, Arthur siempre ganaba.

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