Aintzane Rodríguez - Fuego bajo las nubes

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LONDRES 1910Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están conectadas por un hilo rojo invisible. Este hilo nunca desaparece y permanece constantemente atado a sus dedos, a pesar del tiempo y la distancia.En una sociedad en la que el destino de cada persona está marcado y reglado por un hilo, lo peor que puede pasarte es nacer sin él.O no.Olivie a veces piensa que sería más fácil si ella y su hermano Julien estuvieran enlazados. Otras veces se alegra de que no sea así. Ella reparte su tiempo entre la fábrica, el baile y las sufragistas y su hermano tiene que lidiar con la obligación de ir a la universidad pero querer dedicarse al arte. Elisabeth, por otro lado, se junta con Oli cuando huye de un pasado que parece haberla encontrado mucho antes de lo que ella quisiera, mientras que Nasha está atada a un presente que no quiere dejarla crecer.Nada es fácil y lo es aún menos cuando se anuncian los resultados de las elecciones y el Primer Ministro hace una promesa que nadie espera que cumpla. Nasha, Oli y Beth lucharán por defender sus derechos, aunque cada una tenga su forma de ver el mundo.

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—No deberías distraerte con Olivie. Es tu hermana, es normal que le tengas aprecio, pero no puedes permitir que te meta en problemas.

—¿Aprecio? —«Nuestra hermana». Suspiré apartando los pinceles—. La quiero más que a nada en el mundo.

—Y ese es el problema. No eres objetivo.

—¡Claro que lo soy! Eres tú el que está cegado por el hilo. Ella no lo tiene, ¿y qué? Yo tampoco y a mí me has conseguido una plaza en la universidad.

«En algo que no quiero estudiar». Me callé.

Noté cómo Arthur apretaba la mandíbula, tanto que, si no fuera por el jolgorio de la calle, podría escuchar sus dientes rechinar.

—Es diferente y lo sabes, Julien.

Solo era diferente porque ellos habían decidido que lo fuera.

—No quiero seguir discutiendo contigo —terminó—. Pero deberías hacerme más caso.

Ni siquiera me preguntó si había conseguido la plaza en Medicina antes de marcharse. Me sentía frustrado porque no parecía importar cuánto se esforzara Oli o cuánto dejara de esforzarme yo. Ella era trabajadora y luchadora, se parecía a nuestro hermano mayor mucho más de lo que ambos querían reconocer. Aunque hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que no le merecía la pena desvivirse por una aprobación que nunca iba a recibir.

Recogí lo que había estado usando para pintar y apoyé el cuadro junto a los otros. Aunque la habitación estaba repleta de ellos, Oli no se había quejado nunca. Tenía que andar siempre con cuidado de no tropezar con los pinceles y los tubos de pintura, pero le gustaba verse en los lienzos. El último aún estaba húmedo y me senté en la cama a observar cómo las acuarelas cambiaban de color a medida que el sol blanquecino las secaba.

No quería quedarme en casa porque siempre que Arthur volvía a Londres dejaba el ambiente cargado y contaminado. Desde que había llegado de Manchester, la cuerda con la que nos ataba estaba más prieta. Oli era la única que parecía saber soltar sus nudos.

Guardé en la bolsa el cuaderno de bocetos y los lápices y salí de la habitación para encontrarme a mi padre en la misma posición que los últimos diez años: sentado en el sillón más gastado de la casa y con una montaña de periódicos que no leía a los pies. La estancia apestaba a alcohol y él estaba dormido con un vaso vacío en la mano. Su hilo, tan amarillo que casi parecía blanco, discurría por el suelo en remolinos y nos recordaba que, al igual que su vida, había perdido el color al morir mamá.

Le quité el vaso y lo coloqué en la mesa antes de salir de casa. A pesar del cielo encapotado, el sol calentaba las baldosas sucias del suelo y les daba algo de color a los tejados de tiza del barrio, que siempre parecían permanecer en la penumbra.

Me bajé del autobús a las orillas del Támesis y mis pies hicieron el camino restante a ciegas, como si llevaran las calles grabadas en la suela de los zapatos. Serpenteé entre los callejones, donde las casas de ladrillos se precipitaban hacia delante, con las farolas torcidas, como si estuvieran cansadas. A medida que me adentraba más, el ruido de la ciudad se iba difuminando hasta reducirse al murmullo de las pisadas, los carros y los coches en la lejanía.

Supe que había llegado cuando el olor de los acrílicos inundó la callejuela. Al girar, El Lienzo apareció ante mis ojos como el refugio que era: una pequeña plaza para los artistas. Estaba muy cerca de la Escuela de Artes y era lo más parecido a un aula de dibujo que yo pisaría jamás. Las casas colindantes tenían las fachadas llenas de dibujos; las paredes rugosas y los ladrillos rojizos se habían convertido en un lienzo más. Había algunos puestos esparcidos por la plaza, salpicados sin ningún orden en particular. Algunos los usaban para vender sus obras y otros, simplemente, estaban allí para dibujar.

Era imposible entrar y no salir con un pincel en la mano y las ganas de crear en la sangre.

Me adentré en la plaza con la misma emoción que la primera vez y las mismas cosquillas en las yemas de los dedos. A pesar del pequeño tamaño del lugar, había pasado incontables horas recorriendo cada puesto y observando a cada artista en silencio. Había aprendido mucho viendo los trazos y la técnica de los que se reunían allí, la gran mayoría alumnos o antiguos estudiantes de la Escuela. Siempre había alguien nuevo de quien aprender.

Pero yo había encontrado al profesor perfecto.

Mark estaba sentado en un taburete, con el cuaderno de bocetos apoyado en las piernas y el carboncillo ensuciándole los dedos. Retrataba a una de las jóvenes frente a él; ella estaba tan absorta en su propio trabajo que no había reparado en que era la musa de alguien más. Movía el carboncillo por la hoja con destreza, dejando surcos oscuros sobre esta.

—¿Ya estás dibujando a alguien que no soy yo?

Se giró al escucharme e hinchó las mejillas con una sonrisa.

—Llegas casi media hora tarde, pensé que te habrías buscado otro profesor —se burló cerrando el cuaderno.

«Qué va, es que Arthur me ha distraído. Como siempre, ya sabes», habría respondido. Pero resultaba que él no sabía.

Porque yo no dejaba que nadie supiera.

Había conocido a Mark en El Lienzo hacía casi un año y, si aún recordaba aquel día, era porque había pensado que él era todo lo que yo quería ser. Parecía gritar «arte» sin necesidad de hacer ruido: su mirada, fija en el boceto; la nariz arrugada y los ojos brillantes y expectantes. Ni siquiera se percató de mi presencia hasta un rato después, pero yo sí que me fijé en que tampoco estaba enlazado.

No le habría hablado si él no me hubiera saludado primero y me alegré de que fuera un poco más valiente que yo aquella tarde y todas las que la siguieron.

Habían pasado más de seis meses y todavía aprendía de él cada día.

—Veo que has estado practicando. —Señaló las manchas aguadas en el dorso de mi mano—. No entiendo cómo, con todas las técnicas nuevas que te enseño, insistes en usar las acuarelas. Herramientas del demonio.

Me reí y me senté en el suelo, sacando los materiales de la bolsa. Los de Mark eran mejores y más variados, pero eso no había sido nunca un obstáculo en nuestras pequeñas clases.

—Vuelvo a dudar de la calidad de la Escuela si no han sido capaces de enseñarte a usarlas.

—Es una escuela de arte, no de magia. No hacen milagros. Aunque quizá tú…

—Ya hemos hablado de esto antes. No puedo enseñarte. No sabría ni por dónde empezar.

Resopló, mitad en broma, mitad en serio.

—Venga, Julien… Si yo he podido enseñarte a ti, ¿cómo no vas a poder tú?

—Tú mismo lo has dicho: no sé hacer milagros. Y tu problema con las acuarelas es la paciencia y eso no es algo con lo que yo pueda ayudarte.

Eso era todo lo que sabía de Mark, mucho más de lo que él sabía de mí.

—Sería un justo pago por todos estos meses en los que te he transmitido mi enorme sabiduría —contraatacó, abriendo mucho los ojos y hundiendo los hoyuelos en sus mejillas con una media sonrisa.

Él sabía que aquella conversación no iba a ningún lado, así que decidí no responder y crucé las piernas para ponerme cómodo, con el cuaderno sobre el regazo y los lápices de colores a mi lado.

—¿Vamos a empezar?

Durante unos segundos, solo me miró y yo fingí que no me incomodaba que lo hiciera, clavando mis ojos en el papel rugoso ante mí. Después asintió y respiré un poco más tranquilo.

—Sabes que terminaré convenciéndote.

Eso también lo sabía.

Nasha

Me había acostumbrado a ir siempre a contracorriente Cuando salía del club se - фото 7

Me había acostumbrado a ir siempre a contracorriente.

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