Alberto Hernández - El nervio poético

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En esta pieza, donde se narran los últimos días de los escritores Eugenio Montejo y José «Pepe» Barroeta -sin amarillismo ni drama-, Alberto Hernández dibuja una época cuando el arte y la poesía devinieron protagonistas de la cultura del país. Así, la vívida ficcionalización de dos trascendentales poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX gatilla un examen lírico sobre las proyecciones simbólicas, íntimas y colectivas que el texto poético acarrea en las rutinas de una sociedad. Para ello se vale de la flexible amplitud de la novela e incorpora pasajes reflexivos cercanos al ensayo, varios recuentos cronísticos, ciertas escenas que resplandecen con la tesitura de los perfiles biográficos y alguna entrevista. De igual manera, las herramientas narrativas le permiten recrear personajes modelados con base en hombres y mujeres que caminaron por el mundo. Escrita con plástica sabiduría, por acá desfila la gente de Sardio, El Techo de la Ballena, En Haa, La Pandilla de Lautréamont, Trópico Uno, Apocalipsis, y muchas otras figuras (incluso de hoy), pero siempre en torno de la obra y las vidas de Montejo y Barroeta, constelaciones de este bien tramado e inolvidable universo.

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El sueño responde a la necesidad del lector. Barroeta mira por una ventana. La cordillera de los Andes le enseña la lección cotidiana: el cielo cada día está más bajo. Alguien lo amarra a la tierra. Una voz interior lo empuja a someterse a su propio inventario poético:

En mi ventana el fantasma de Aquiles

come helados

mastica con placer hojuelas frescas de

maíz.

Ha cambiado su traje de guerrero por una

ancha camisa

por un blue jean

por unos gruesos zapatos de goma altas

y trenzas enormes.

Va peinado con una larga melena

echada hacia atrás.

Con anteojos de sol su rostro parece ausente

De cualquier batalla.

(…)

Su lugar es el ventanal de un paisaje

de montaña

que el fuerte Aquiles confunde con velámenes

y con el mar de Grecia

con los ojos de los soldados que ganaron

y perdieron Troya

que marcharon a un mundo donde la valentía

el coraje y la audacia no detienen el fin de la vida (…)

El huésped del poeta oculto entre las hojas de su espíritu sale a Mérida: recorre las calles ajustado al clima de la ciudad. Mira las montañas y añora su tiempo pasado, la tierra árida pero habitada por hombres audaces, llenos de ira contra los dioses, mientras en lo alto alguien respira el azul del universo.

Pero la vida ya no tiene más días. El que mira por la ventana, el que imagina a Aquiles, tiene los días contados, tiene las horas marcadas en la palma de las manos. Tiene la mirada última puesta en las alturas rocallosas de su tierra. Algo le dice que hay otra tierra, que será huésped del último poema recogido con el cuenco del dolor aquel Enero -4 y 30 A.M. :

Pasó el año nuevo

y reventaron los pulmones.

En mi pared bronquial

con arquitectura parcialmente alterada

por neoplasia maligna epitelial

las células se disponen en nidos y cestos

fragmentando el sonoro tejido de la noche.

Soñé contigo.

Nos tendieron desnudos en la mesa de

la Lección de Anatomía.

No pudieron arrancarnos las nubes del cuerpo

la luz del año nuevo parecía un escalpelo

en tu vesícula.

Dormí entre tus cuernos y el día

esperando el roce de las gaviotas.

Tan lejos como estamos del mar

a la hora de los imponderables

vienen siempre un oleaje y un mascarón de proa

para que soltemos las amarras.

Arriba donde el huracán hala

soy tu cadáver

el gran ocio.

Entre tus litorales y el miedo hermafrodita

el epitelio del sexo en alta mar

erecto y en enjambre.

(11)

DESDE OTRA VENTANA, desde el rumor de todas las calles, Montejo mira el mundo, mira lo que de él queda. Mira y revisa, nombra, cambia de lugar y se somete al designio de la distancia entre sus huesos y los de Pepe. Sus ojos miopes decantan el monumento a Magallanes allá en Lisboa. El mar está cerca, a diferencia de Mérida. El mar de Pessoa, el mar de cualquier poeta nacido a la orilla de un precipicio, de la última tierra, del fin del mundo como antes se creía.

Pasa el hombre por el filo del amanecer. Por el filo oscuro de un siglo que agoniza. Estira la mirada, los músculos, la lengua se debate entre el amargo y el dulce de las horas por venir. Entonces, como el Aquiles del poeta andino, viaja entre las nubes y lee en voz alta:

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;

ando por una orilla de este siglo,

despacio, insomne, caviloso,

espía ad honorem de algún reino gótico,

recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros

tatuados de rumor infinito.

La línea de Mondrian frente a mis ojos

va cortando la noche en sombras rectas

ahora que ya no cabe más soledad

en las paredes de vidrio.

Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;

miro el instante donde muere un milenio

y otro despunta su terrestre dominio.

Mi siglo vertical y lleno de teorías…

Mi siglo con sus guerras, sus posguerras

y su tambor de Hitler allá lejos,

entre sangre y abismo.

Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios

por un trago, por un poco de jazz,

contemplando los dioses que duermen disueltos

en el serrín de los bares,

mientras descifro sus nombres al paso

y sigo mi camino.

(12)

EN LA PUERTA DEL BAR coinciden de nuevo. Traen sendos paquetes. Al mismo tiempo echan los bultos en los botes de basura de la entrada del establecimiento. Ropa vieja, antiguos periódicos quedan a la orden de unas moscas que se pelean los restos de comida del restaurante vecino.

Se saludan, pero no sonríen. Saben a qué vienen. Saben que el siglo se borra de sus manos. Saben que en cualquier momento pasará un viento, una nube…

—Mira quien está allí, Vicente.

—Carajo, qué bueno. Nuestros duendes saben fabricar sorpresas.

Entonces Gerbasi abre los abrazos como un padre feliz. Y los recibe. Y se sientan los tres en aquel bar que ya no recordamos, porque la memoria pasó a otro plano.

—Hemos venido a posarnos en tu nube, bromea Pepe.

—Acabo de despedir a unos ángeles medio borrachos, revoltosos los zánganos, y han caído, según me han informado, en la cabeza de Cadenas. Dudo que Rafael los pueda atender. Pero bueno, ustedes pueden estarse un rato posados en ella.

La carcajada de Vicente Gerbasi arropa la de los recién llegados, quienes han pedido para beber, pero Gerbasi ordena la botella que le tiene guardada el mesonero.

—La del otro día… claro, chico… esa misma.

Entonces liban hasta muy tarde.

Sobre la cabeza del hijo del inmigrante una nube relajada y graciosa amenaza con cubrirlos de nieve.

Vicente canta. Eugenio y Pepe cierran los ojos y piensan en unos gansos azules sobre el lago de Ginebra.

El silencio se adueña del lugar. El poeta de Canoabo se mira las manos y lee desde su interior estas palabras:

Si alguien me llama

digan que no estoy.

Ando por las olas del mar,

sí, ya de noche,

por ese mar de hojas de luna,

por el sonido con que

embrujé el mar,

por la lejanía

en el sonido marino de la mar.

Si alguien me llama

digan que estoy solo

con el mar.

Unas lágrimas brotan del silencio del viejo poeta. Sin embargo, sonríe.

—Ah, Consuelo, Consuelo, la tierra…, dice, para de nuevo volver los ojos a las manos.

Los vasos se alzan. El boulevard se mueve con la gente, con la poca gente que queda bajo el clima nocturno. Afuera la tierra gira con su eje oxidado.

(13)

EN SU MULLIDO SILLÓN de rey transmutado respira Alfredo Silva Estrada. De sus ojos húmedos brota un poema mudo. El nervio de una estrofa le lame la lengua. La mujer que lo acaricia por la espalda tiene las piernas de mariposa. Vuela cuando quiere, danza cuando él la mira. La atmósfera de la sala reclama una palabra, la voz de alguien, el ímpetu de un pasado que se agita en las páginas de un libro, en las nervaduras de unas hojas lejanas. Hojas de árbol alfabético.

—Si yo miro mi verdadero pensamiento —se dice el poeta— no me conformo con tener que soportar esa palabra interior sin nadie y sin origen, esas figuras efímeras, y esa infinidad de empresas interrumpidas por su propia facilidad que se transforman unas en otras sin que nada cambie con ellas. Incoherente sin parecerlo, instantáneamente espontáneo como él sólo, el pensamiento, por su naturaleza misma, carece de estilo.

Silva Estrada deja el tema. Habla desde los ojos, con los ojos. Permite la caricia de Sonia Sanoja. La deja hacer con su piel, con el desgano de su cuerpo. Ella sonríe a quien la mira desde un mueble vacío. Entonces el poeta se inclina lenta y levemente, abre la boca y dice casi sin poder, al borde de la caída:

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