Alberto Hernández - El nervio poético

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En esta pieza, donde se narran los últimos días de los escritores Eugenio Montejo y José «Pepe» Barroeta -sin amarillismo ni drama-, Alberto Hernández dibuja una época cuando el arte y la poesía devinieron protagonistas de la cultura del país. Así, la vívida ficcionalización de dos trascendentales poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX gatilla un examen lírico sobre las proyecciones simbólicas, íntimas y colectivas que el texto poético acarrea en las rutinas de una sociedad. Para ello se vale de la flexible amplitud de la novela e incorpora pasajes reflexivos cercanos al ensayo, varios recuentos cronísticos, ciertas escenas que resplandecen con la tesitura de los perfiles biográficos y alguna entrevista. De igual manera, las herramientas narrativas le permiten recrear personajes modelados con base en hombres y mujeres que caminaron por el mundo. Escrita con plástica sabiduría, por acá desfila la gente de Sardio, El Techo de la Ballena, En Haa, La Pandilla de Lautréamont, Trópico Uno, Apocalipsis, y muchas otras figuras (incluso de hoy), pero siempre en torno de la obra y las vidas de Montejo y Barroeta, constelaciones de este bien tramado e inolvidable universo.

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Una vez abierta las plicas los autores resultaron ser:

Primer Finalista: Carlos Castro Rincón

Segundo Finalista: Graciela Yánez Vicentini

Tercer Finalista: Rafael Victorino Muñoz

El jurado:

Karín Valecillos

María Isabel Peña

Pedro Plaza Salvati

Soy esta vida y la que queda, la que vendrá después en otros días, en otras vueltas de la tierra.

Eugenio Montejo

Yo vuelvo a la tierra de antes recojo cielos de maíz atardecer de muertos.

José «Pepe» Barroeta

Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas.

León Felipe

Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Vicente Huidobro

Primera parte

(1)

FUE UN ENCUENTRO SILENCIOSO. Eugenio venía con los lentes en la mano derecha y un libro cerrado en la izquierda. Un poco más distante de la imagen que mostraba a esa hora de la tarde (serían las seis, casi de noche en esos días), Pepe se deslizaba como si llevara patines. Entonces ocurrió el encuentro.

¿Quién puede presumir que ambos escritores pasarían a formar parte de una ensoñación? ¿O quizás de un sobresalto contra la realidad? Paso a negar que sea producto de un parto para una novela, un poema, un cuento largo o un ensayo. Es todas esas cosas y ninguna. Son dos hombres maduros que se ven y se saludan. Dos poemas de carne y hueso. Dos poetas fundidos en palabras y en silencios.

Saben, de paso, que estarán muertos en las horas que siguen, en las próximas horas que vendrán cargadas de voces y largos ecos verbales. No obstante, el encuentro fue de miradas, de sonrisas y de un apretón de manos que no llevaba tanta carga emocional porque los personajes solían verse en las ciudades que habitaban y se hablaban por teléfono con la frecuencia necesaria.

(Me gustaría borrar todo lo anterior. He estado a punto de hacerlo. No lo he hecho, no porque esas líneas tengan algún valor. No lo he hecho ni lo haré porque espero la aparición de alguien que diga que los personajes, quienes más adelante hablarán, son portadores de alguna enfermedad que los obligue a dialogar con tiesura. El aporte crítico de quienes aborrecen novedades y algunas demencias literarias es realmente aterrador. Y tienen razón, sólo que ésta, la razón, es una reserva muy peligrosa, desatadamente congruente con las ficciones que ellos inventan. Pero esa tensión neural la dejamos para otro momento).

Indago en el contenido de un paisaje que no termina de acabarse. Mientras tanto, el mundo gira con su ya desgastado eje: los dos poetas caminan hacia el horizonte de una ciudad despejada de lumbres. Son dos fantasmas que conviven, que se anudan para tratar de construir un mensaje, la puesta en marcha de una conjura, la perpetración de un atentado contra el silencio que suele rodearlos, amputarles las sílabas, empujarlos hacia un naufragio.

¿Será necesario el tránsito por un poema? ¿Será necesaria una declaración? Las palabras se congelan en la boca de los hombres que se dirigen distraídamente hacia el bar. La ciudad es el único destino. Su marca de vida está en una barra, en el sitio donde queda adherida la piel de los codos. La bebida, un whisky, una cerveza helada, un miche, un coñac, un cocuy… ¡agua para los caballos!, como grita el borracho más próximo cuando termina el trago y exige otro. La sonrisa de los poetas que intentan construir una conjura se congela en las rugosidades del hombre: está hecho un desastre. No merece una palabra de aliento. La muerte se asoma en los ojos opacos de un fantasma, más que un fantasma, un duende, un bufón que se desvanece cuando ambos personajes regresan a sus preocupaciones, a sus adentros.

Levantisco es el paisaje: Montejo y Barroeta se cuelan entre la gente desde los sillones del bar, entre la multitud que vocifera en una esquina. Achispados por los tragos se sumergen en una diatriba poética que deja consecuencias desmañadas en este papel.

Queda un instante para pensar, para destinar el dolor a la memoria casi extraviada. Entonces uno de ellos, sin detallar el paisaje y el nombre de quien lo escucha, deja oír:

Cuando regrese no tendré padre ni madre. No iré más al bosque ruinoso y mi amada ha de esperar vestida de luto. Sus ojos no tendrán el brillo de siempre y recostada de mis hombros contará la historia de cada muerte. Habré perdido su majestuosidad y lloraré debajo de los robles que cortó mi padre.

Entonces no existirá —continúa Barroeta— la verdad, el fuego que hizo mi amor dejará de complacer mis delirios .

En ese momento calla. Mira el rostro de Montejo y le coloca una mano sobre el hombro derecho.

Miran el paso lento de la marcha a través de la ventana de cristal del bar donde escancian dos birras heladas. Oyen la estridencia de las consignas.

—El eje del planeta está oxidado, Pepe, afirmó Montejo.

Y los dos se miran en medio de un silencio espeso. Un rato más tarde, cuando sólo ha quedado el recuerdo de los pasos de la congregación, Barroeta dijo:

—Esta historia tiene comienzo, pero no alberga fin alguno. Alguien invade nuestras vidas sin permiso. Alguien nos quiere inventar con los despojos de otros.

(2)

EL VÓMITO LE CUBRIÓ parte de la camisa. El ardor de la garganta le bajó hasta el estómago y sintió unos escalofríos que lo obligaron a sentarse en uno de los bancos de la iglesia. Sangre coagulada, trozos de sangre vibrante, una gelatina morada que se amontonó a sus pies. El mareo lo convenció de que lo que le había aconsejado una voz interior no era un juego.

—Mira, debes ir a un médico. No es bueno lo que tienes.

Pasó un buen rato en el banco. El cuerpo desmadejado. La cara lívida, fríos los pies, la lengua helada. Los ojos hundidos en una cueva oscura.

—¿Te pasa algo, Orlando?

—Sí, padre, creo que me estoy muriendo.

—Es verdad, no pasa un instante en que no estés muriendo. Cada segundo nos acerca a la tumba. Estás enfermo y debes ir al médico, pero por si acaso, ¿cómo están tus relaciones con Dios?

—Mal, padre, muy mal.

—La caña, hijo, la mala y la buena caña. Te has dedicado a destruirte. Nadie entiende cómo un hombre como tú, inteligente, poeta, escritor, se haya dedicado a convertirse en un guiñapo. Debe ser por eso o yo me equivoco. La poesía, esa peligrosa entrometida.

—Ah, tampoco así, padre. Todavía me queda algo de moral. ¿Usted ha leído a Dylan Thomas?

—Bueno, a ver qué haces con ella, porque por ese camino te van a enterrar con la que llevas a cuesta. Y lo peor, seré yo quien te ayude a llegar al cielo, empujadito, pues. Sí, en cuanto a Thomas, me tocó estar cerca de él cuando cayó en coma etílico. El poeta de la barra permanente. Y en pijamas. Debes saber, querido amigo, que siempre estoy donde la muerte me llama.

Una nueva arcada le manchó los zapatos al padre Pernía, un antiguo personaje de sotana zurcida que aún ambula entre los difuntos de un pueblo extraviado. Un vómito rojo, escarlata, sanguíneo, un trozo de coágulo vivo. Un animal colorado: entonces se le fue el mundo y no supo más de él.

Cuando despertó la sala estaba casi a oscuras. Una pequeña lámpara señalaba la entrada de la habitación. Por el color de las paredes, por la cama, por el olor a medicamentos, por los tubos que tenía metidos en la nariz, por la forma de sentirse se dio cuenta del lugar donde estaba.

—¡Qué extraño! ¿Qué hacía yo en esa iglesia? ¿Quién es el padre Pernía? ¿De qué lugar vengo? Nada me dice que haya estado en mis Crónicas de caña y muerte . Sólo sé que puedo morir empujado por cualquier soplo de la noche, en cualquier orilla de calle o de río.

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