Alberto Hernández - El nervio poético

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En esta pieza, donde se narran los últimos días de los escritores Eugenio Montejo y José «Pepe» Barroeta -sin amarillismo ni drama-, Alberto Hernández dibuja una época cuando el arte y la poesía devinieron protagonistas de la cultura del país. Así, la vívida ficcionalización de dos trascendentales poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX gatilla un examen lírico sobre las proyecciones simbólicas, íntimas y colectivas que el texto poético acarrea en las rutinas de una sociedad. Para ello se vale de la flexible amplitud de la novela e incorpora pasajes reflexivos cercanos al ensayo, varios recuentos cronísticos, ciertas escenas que resplandecen con la tesitura de los perfiles biográficos y alguna entrevista. De igual manera, las herramientas narrativas le permiten recrear personajes modelados con base en hombres y mujeres que caminaron por el mundo. Escrita con plástica sabiduría, por acá desfila la gente de Sardio, El Techo de la Ballena, En Haa, La Pandilla de Lautréamont, Trópico Uno, Apocalipsis, y muchas otras figuras (incluso de hoy), pero siempre en torno de la obra y las vidas de Montejo y Barroeta, constelaciones de este bien tramado e inolvidable universo.

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hacia un silencio.

Los hombres muerden y contraen

violentan

activan

atrás, siempre atrás

hacia nada.

—En nosotros la encontramos, porque lastima profundamente nuestra propia ausencia. El poema fenece con la palabra al ser pronunciada, pero se hace visible y presente en el nervio, en el temblor de quien lo creó. Se traduce con los personajes, con el personaje que no nombra, dice Montejo.

—El poema es entonces, pronuncia Pepe.

—Sí, queda en suspenso, como la misma muerte: Montejo.

—En un poema, la muerte es sólo reflejo: Barroeta.

—O el reflejo es la muerte en la respiración del poema: Montejo.

—La muerte es una honda respiración: Barroeta.

—Como el poema, profundo: Montejo.

(7)

¿CÓMO SE ESCRIBE LA HISTORIA de un poema sin derrotarlo? ¿Cómo se autopsia un poema sin abrirle el vientre? Sin aliento, a punto de resbalar por un precipicio, el que pregunta deviene mudo, aturdido por su propia indagación. Un poema está lleno de vísceras. Un poema es un cuerpo que se pudre si no se sabe leer. Un poema es la mortaja de quien lo silencia, de quien lo coloca a un lado. Un poema abierto sobre la página es más que un poema, es la realización de la poesía si el texto que se lee está contenido, lleno de gases, de heces, de astros, de diversos planetas, de cuerpos ausentes, de preparaciones para huir, de muerte. Un poema es también el dolor provocado por el cáncer, por una herida, por un disparo, por la hendija de un ojo acuchillado, por un salto mortal si se sabe que la muerte llegará con el golpe.

Un poema chilla si lo leemos mal. Un poema se retuerce de rabia si lo obviamos. Por eso este poema de Jacqueline Goldberg es el balance, el inventario de todo lo socorrido por las palabras:

PARIR UN POEMA

con la gracia de los ahuecados

los nerviosos

soltarlo desde la rodilla

la cintura

hacerlo excremento

pus

sarampión

lo importante

es que hurgue

desuna el provecho

demedirlo

capturarlo

lo importante

es su marcha

despojada

expirante

El público que asiste a la lectura de la menuda mujer se mira las rodillas. Eugenio y Pepe respiran un aire de condena, el mismo que el poema contiene. Goldberg solloza internamente. Se anima con la mirada, sonríe. Sabemos que allá adentro, donde están sus antepasados, hay un cáliz y un cordero herido. El poema lleva una larga cicatriz, una costura que nos permite estar dentro de él. Leído con la fuerza de las sombras, con la liquidez de la memoria, es poema vivo, un trozo de carne, el temblor nervioso de un cuerpo que retorna y se asoma cuidadosamente.

—Duelen los textos de esta mujer, Barroeta.

—Arden y nos corroboran, Montejo.

Más adelante, cuando las páginas se estacionan en el reencuentro del tono, pasada la emoción, se oye:

De pronto la boca del poeta se cuaja de larvas.

Tanta es su levedad.

Hay que extraerlas una a una,

para que el poema revierta su cauce,

para la vorágine de las calmas heridas.

Han sido muchos los gritos acuchillados,

la índole curva de las exequias.

La frente queda en tierra.

La felicidad es una filiación no tan diurna.

Al enraizar el último fortunio,

habrá que talar el poema que obligue,

como diente, trance voraz.

El poema crecerá en su propio perdón.

Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta

[esclavitud.

¿Y el dolor?

¿Habrá que recuperarlo para que el libro

[crezca en el libro?

¿Para los tajos de la futura lágrima?

Volver a escribir es ser triste y pretérito,

abundante hasta el fin.

Poética que dimana en pulso conmovido, en presión nerviosa, en el hormigueo de quien respira con el dolor entre los dientes. Boca llena de gusanos, de estiércol de la tierra perdida. El poema es un barro intransitable. El perdón que no buscamos. El que también anhelamos en la última hora.

Eugenio Montejo y José Barroeta se levantan y se estrellan contra la noche. La luz de la sala ha cegado la salida. La oscuridad tiembla en sus ojos, como el poema recién escuchado, llevado a cuestas, silabeado, mordido, comido como pan ácido, digerido como el nervio de un dios ciego, como el poema que es, doloroso.

—Volvamos a la realidad, aconseja Montejo.

—Si es que alguna vez hemos estado en ella, replica Pepe.

—Nunca hemos estado en ella, sólo somos su reflejo, dice detrás de ellos Goldberg.

Los tres salen e increpan el clima. Se mojan con las palabras que han quedado en el libro, en los versos neurales que emergen de la boca y se hacen ceniza y huesos, huso horario y bar abierto en la próxima esquina.

—Allá está la realidad, dice uno que se les agrega.

El poema respira y funda otra realidad.

(8)

LOS EXILIADOS SON MUCHOS. Los poemas pocos. El ardid de quien silencia la hora de la lectura destaca su fuerza en la mano que oculta el poema. Un ligero temblor deja ver un trozo de la escritura. Son versos tortuosos, relampagueantes, duros, pedregosos.

No se sabe quién es el autor. Tampoco se sabe qué poema es. ¿Será un poema o acaso el testamento de un condenado? Nadie ha podido leerlo. Quien coloca la palma sobre el sudor de las palabras tampoco. ¿Se trata de un accidente, de una traslación corporal? ¿No conoce el idioma?

La mano se mueve hacia el rostro del hombre. Sus ojos blancos nos increpan. La ceguera es una maldición como el poema que no se puede leer.

—Existe la memoria, dice el ciego. «El poema es una justificación. Cuando lo pronuncio se hace otra cosa. Es el mundo y sus diferentes tentaciones. Soy yo muerto en cada uno de sus silencios. Cada estrofa muerde mi carne. Cada verso es un gusano doloroso».

Desde otro país, desde el país donde los ciegos descubren la poesía en la nervadura de las hojas secas, quien habla ya no existe. Es sólo un eco. Un país borrado de un mapa. Un ligero parpadeo permite recordar otras líneas:

Me muevo entre dos soles, fulminado, debo elegir la guerra o la locura para no sucumbir, ahora condenado preparo mi desastre, mi total destrucción , la voz quebrada de Efraín Hurtado se detiene sobre una pared derruida.

(9)

DIOS O EL DIABLO pueden empujar el primer verso de un poema. Si se dice de Dios, entonces el poema es fundacional, creador de misterios. Si es el diablo el que asoma los cuernos, entonces el poema es ceniza, es llaga de muerte.

Ambos personajes podrían estar en el poema. Sólo que Dios elabora los versos y hace que el poeta asimile la armonía de su grandeza. El pobre diablo suele ser inteligente, pero se le conocen las trampas, las de la fe y las de la terredad, que son las materiales. El diablo sucumbe al final del poema. Dios exalta la eternidad del texto.

La sacralidad o la maldición de la poesía son trasladadas al orden del espíritu. He aquí que poema y poesía confirmen la justeza del estudio de Paz ( El arco y la lira ). Continente y contenido: ambos, poema y poesía, tocan con gracia las barbas de Dios, y con ira poco sosegada los cuernos de Satanás.

(10)

—CADA POEMA ES ÚNICO. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro , lee con fluidez Eugenio Montejo mientras la luz del día se derrumba sobre la ventana y Pepe Barroeta rescata de su garganta una leve afirmación.

—En efecto, Octavio Paz lo sabía y por eso nos regaló la reflexión. El poema es parte de nuestros huesos. Somos orgánicamente pura poesía. Siempre la llevamos puesta. Un poema nos alimenta, pero también nos consume, dice Pepe con Cabeza de insomnio .

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