—Un poema es una duración durante la cual yo lector respiro una ley que fue preparada; doy mi aliento y las máquinas de mi voz; o solamente su poder, que se concilia con el silencio.
Respira con dificultad. Pero su mirada es aguda, honda. Piensa en París y sonríe. Se ve joven, fuerte. Al fondo, la famosa torre. Con él, un poema, su voz imantada por la brisa de un invierno feroz:
La poesía desde el amanecer
Abrir esta ventana
Y celebrar el pan
Y nuestro amor con horizonte
Y la cosa aquí no ha aparecido
Una visión de nunca
por instantes
en el ahondado reposo del latido
captado hasta los poros
se arroja a un delirio de piedra (…)
Corta el frío el hilo de la garganta, el sonido vital de la palabra, el nervio del poema. Ahora, cierra los ojos y ve el presente, es el presente del mismo poema que ha dejado en el aire. La mujer lo acomoda en su seno. Le mesa los cabellos y lo besa.
El poeta se aleja, se aleja.
AMBOS REVISAN EL TEXTO de cabo a rabo. Sueltan unas palabras atadas al eco de Guillermo Sucre:
—Por medio del instante, el hombre se encuentra consigo mismo porque simultáneamente se encuentra con la presencia real, visible, tangible: el mundo entra en mí, yo entro en el mundo. En el instante, el tiempo deja de ser opacidad sucesiva y resume su fluir de tiempo original, desligado de la compulsión cronológica.
Ambos se repasan la mirada, los gestos, el parpadeo congelado. Entonces el poema aparece por arte de magia en boca de Alfredo Chacón:
El pájaro que en una de sus alas
siente cuando se pone el sol
es el pájaro en cuya otra ala
el sol se está poniendo.
—Yo me quedo con esas cuatro estrofas, afirma Montejo.
—Ese es el poema. El instante. No hay otros instantes. Esas cuatro líneas resumen el fluir del tiempo que Guillermo Sucre destaca, el nervio del poema, el temblor del universo. El resto del texto es la cola de una metáfora, de una imagen desnuda, añade Barroeta.
Bajo la insigne sombra de El Perecito se oye una voz que lee desde una lejana estación dilatada por la inflexión del clima:
Le ofrezco mi vida a mi muerte
Escasas hojas trae el verano
a los ojos de mi extraño sueño
Te exhalo, te exhalo y tiemblo en ti
como si tu sangre fuera
el último refugio de la mía
Tómame así en las brasas
del cuello que gira a un postrer reposo:
que sienta vivas quemaduras tuyas
amándome, ampollándome en una amorosa
dulcedumbre
Que sea tu centro
y mi última ceguera.
—Ese es Teófilo. No conocía ese texto, dice Montejo.
—Un epitafio en medio de una mesa llena de cervezas, dice Barroeta.
EL MAR DE LISBOA va y viene en los ojos del hombre que advierte la presencia de Güigüe en la mirada perdida. Sabe que puede recordar cada nombre, que las palabras no se desgastan ni se repiten a diario, que los rostros cuarteados de la muerte pueden regresar en medio de la sal y la arena. Pero también sabe que un poema, una oración o una voz pueden hacer posible el milagro de regresar a los ausentes, a los que se han marchado o perdido en la memoria.
Eugenio Montejo está sentado frente a Occidente. El siglo XX se muerde los talones en la marea que ha comenzado a alterar el ánimo de las gaviotas.
Voltea y mira la ciudad despejada de neblina. Siente los pasos del poeta que nombra con frecuencia y ha hecho de su vida parte de la de él. ¿Cuántos pasos tiene que dar para llegar al sitio donde lo espera Pessoa? ¿Cuántos sonidos venidos del misterio serán posibles para que pueda adentrarse en el laberinto de un texto que ahora recuerda y deja correr en el lomo de un cangrejo? Sonríe al ver al animal caminar de lado. Sonríe al darse cuenta de que ese detalle también es parte de la existencia. Sonríe al saberse dueño del mundo en medio del silencio sólo alterado por el sonido marino. Se levanta y camina hacia un kiosco a cuyo dependiente pide una cerveza. Mira de nuevo el mar. Recuerda a Pepe, enfermo. Recuerda a Pepe vivo en Mérida. Se revuelve en los recuerdos, en la memoria viajera.
Con los labios juntos pronuncia lo que desde hace rato ha querido pronunciar:
También de ti se irá Lisboa,
es decir, ya se fue, ya va muy lejos,
con sus colinas de casas blancas,
los celajes de Ulises sobre sus piedras
y la niebla que va y viene entre sus barcos (…)
Limpia los cristales de los anteojos y abandona la costa.
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