Giohanny Olave - La palabra ajena

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Este libro es el primero de una serie que se aproximará a la literatura hispanoamericana de los siglos XX y XXI. La palabra ajena reúne el trabajo ensayístico de algunos de los miembros del grupo de investigación Glotta, de la Escuela de Idiomas de la Universidad Industrial de Santander. Precedidos por un ensayo sobre el ensayo, los siete textos que siguen se aproximan a algunas de las obras de Adelaida Fernández Ochoa, Jorge Gaitán Durán, Raúl Gómez Jattin, José Asunción Silva, Eduardo Carranza, Omar Cabezas, Julio Ramón Ribeyro, Julio Cortázar y Antonio Di Benedetto. Novelas, cuentos y poemas son la materia sobre la que aquí se ensaya; sus autores, la palabra con la que se dialoga.

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En el dialogismo bajtiniano, por su parte, la metáfora del combate es desplazada por una perspectiva ética (concentrada en los valores), teológica (influida por el cristianismo del autor) y teleológica (que insiste en los fines o propósitos del dialogismo). En ese sentido, la “heteroglosia” o convivencia de diferentes voces es éticamente superior a su contraria, la “monoglosia”, y ambas «se refieren a etapas opuestas del ser lingüístico en una teleología irreversible» (Crowlery, 2012[1989], p. 300). En esta visión, la cuestión del poder, su distribución y la especificidad de la correlación de fuerzas centralizadoras y descentralizadoras en cada coyuntura no resultan fundamentales para el análisis de la expresión verbal. Bajtín está más interesado en el orden moral de la palabra y en el efecto de la responsabilidad (conciencia del deber) del acto expresivo, que es al mismo tiempo acto ético, garante de los valores del sujeto (Bronckart y Bota, 2010, p. 116).

Para Volóshinov (2009[1929], p. 47), en cambio, «un signo sustraído de la tensa lucha social [...] inevitablemente viene a menos, degenera en una alegoría, se convierte en el objeto de la interpretación filológica, dejando de ser centro de un vivo proceso social de la comprensión». La significación se construye en la interacción y cristaliza en el signo ideológico. Por tal razón, los diferentes valores o “acentos” que toman esos signos son huellas de las luchas sociales nutridas por las conciencias, ya no individuales, sino interindividuales. En este sentido, los procesos psicológicos de comprensión funcionan también de manera dialógica: el habla interior no es monologal, sino un diálogo con el yo desdoblado, separado «en dos voces independientes y contradictorias», dos opiniones que chocan y luchan entre sí, según sus intereses de clase (Volóshinov, 2013[1930], p. 70). Esas opiniones contrarias, que conviven en cada sujeto, preparan siempre una respuesta activa, orientada hacia el interlocutor concreto y situado, según su posicionamiento en la estructura social; es la palabra determinada bilateralmente.

Hay aquí un énfasis psicosociológico sobre la comprensión. Esa mirada particular modifica también, de manera sustancial, la concepción de los llamados «géneros discursivos», que Bajtín desarrolló ampliamente a partir de la idea de «géneros verbales de la vida», propuesta por Volóshinov. Ese desarrollo, específicamente en el manuscrito de 1953 publicado post mortem en 1978, es uno de los textos más conocido de Bajtín en Occidente, traducido bajo el título de “El problema de los géneros discursivos”. La noción tiene el interés explícito de agrupar los enunciados (las unidades de la comunicación discursiva) en clases más o menos delimitadas; así, los géneros discursivos son definidos como «tipos relativamente estables de enunciados», determinados por el uso de la lengua en «las diversas esferas de la actividad humana» (Bajtín, 2008[1953]). Por supuesto, esa estabilidad relativa de los tipos clasificables y el reconocimiento de que existirían tantos géneros como actividades humanas («una extrema heterogeneidad» [p. 245], según el mismo autor) hacen que lo menos importante de la noción sea la pretensión taxonómica. En cambio, ha resultado mucho más productiva la relación establecida entre elaboración textual y actividad social (véase, por ejemplo, los múltiples enfoques derivados de este último acento, en Shiro, Charaudeau y Granato, 2012).

A propósito de los géneros desde la visión bajtiniana, Sériot (2010) también ha argumentado que se trata de un texto leído de manera poco crítica, algo sobrevalorado y poco rupturista, especialmente en lo que compete a la interacción verbal que presupone «un universo irénico, sin historia ni lugar determinados, donde “la gente” comunica, toma la palabra por turnos, teniendo en cuenta la reacción atenta del interlocutor» (Sériot, 2010, p. 103). La intersubjetividad en el dialogismo es, así, más un imperativo ético y un punto de partida para el proyecto de una moral comunicativa y de un sujeto soberano de actos responsables. La interpretación de Bubnova (2006, p. 113), especialista y traductora de Bajtín, insiste también en ese aspecto: «[L]a palabra es acto ético, acción sobre el mundo y el otro, nos hace contraer una responsabilidad concreta y ontológica a la vez para con el mundo y el otro».

En la dialogía, por su parte, Volóshinov (1929, 1930) piensa los géneros sin mucho interés en la clasificación de las actividades sociales ni en la composición de los enunciados que delimitarían esos grupos genéricos. En cambio, opta por unir esa dispersión de la palabra en la vida cotidiana a través de una articulación de base: la estabilidad efímera de las situaciones sociales y las tensiones a las que está sujeta la palabra:

[…] cada situación constante de la vida cotidiana posee una organización concreta del auditorio y, en consecuencia, un repertorio de pequeños géneros de la vida cotidiana […]. Estos pequeños géneros cotidianos se determinan por la fricción de la palabra sobre un medio extraverbal, lo mismo que por la fricción de la palabra sobre la palabra ajena (la de otras personas). Así, la forma de una orden se define por los obstáculos que puede encontrar, por el grado de obediencia, etcétera. La conclusión genérica en estos casos responde a las particularidades casuales e irrepetibles de las situaciones vitales. (Volóshinov, 2009[1929], p. 155)

Es una invitación a pensar los géneros en el orden de su contingencia. En vez de concentrarse en su carácter repetible, en su estabilidad temática, estructural y estilística, o en las intenciones del sujeto individual que los produce (las «fuerzas centrípetas» que lo regulan), la dialogía está más interesada en las condiciones concretas, «casuales e irrepetibles», que empujan con fuerza hacia la dispersión del género, esto es, que tratan de dinamitarlo: ¿cuándo la novela no parece una novela, el poema un poema, el ensayo un ensayo, el debate un debate?; ¿qué elementos “friccionan” el género?; ¿a qué responden esas posibles transgresiones?, y, sobre todo, ¿cómo se relacionan esas tensiones entre fuerzas centrípetas y centrífugas con la situación sociohistórica en la que emergen? Si sintetizamos, con Ivanova (2010[2003], p. 59), que «el género verbal de la vida es el medio en el que un enunciado nació y vivió», se deriva que el análisis genérico puede dirigirse hacia la comprensión de esas condiciones inestables de existencia de las cuales depende la aparición y desarrollo de los géneros del discurso.

Así, resulta mejor articulado el análisis de géneros con la perspectiva dialógica de la expresión verbal y, dentro de ella, con el problema de la palabra ajena. La contingencia de los géneros responde principalmente al tratamiento de la voz de los otros (que han estabilizado genéricamente la expresión) incorporada más o menos conflictivamente en la voz propia. Un sujeto, dadas ciertas condiciones sociales o determinadas necesidades expresivas, puede transgredir la regularidad del género e incorporar otros aspectos que lo hacen menos estable y que entablan relaciones polémicas con la estandarización genérica.

Con todo, Volóshinov parece más interesado en esas coyunturas sociales de desestabilización de los géneros y en las relaciones polémicas con la palabra ajena. Creo que ese problema, derivado de la dialogía, es central para los analistas de textos, en general, y para el ensayista literario, en particular. En lo restante, abordaré esa dimensión desde el punto de vista de su productividad para el planteamiento de preguntas que podría abordar el ensayista frente a la escritura ajena.

La refracción de la existencia social en el ensayo literario

Si todo signo es ideológico, es decir, el recipiente de un orden social e histórico configurado, el ensayo es signo del signo primero y, por tanto, es ideología actualizada en otra ideología: discurso sobre el discurso del otro. Con la metáfora de la refracción, Volóshinov (1929) complejiza la postura representacional-veritativa del signo y nos invita a preguntarnos por las transformaciones que sufre cuando es referido por otro posterior. El fenómeno “refractante” reconfigura la obra que el ensayista comenta y vuelve a presentar la existencia social del autor primero en clave del ámbito vital del ensayista. No existe, pues, una vía directa que nos conduzca hacia las condiciones de emergencia del objeto artístico que el ensayo comenta. Aún más: la acción del ensayista no estriba en la naturaleza del comentario (crítico, contemplativo, explicativo, etc.), sino en la potencia performativa implicada en el discurso sobre el discurso del otro.

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