2.2 SIGNIFICADOS DEL ÉXITO
La palabra éxito tiene, en español, un significado peculiar. Su raíz etimológica ( exitus ) nos conduce a un significado muy distinto al que le damos habitualmente; en cambio, el uso que recibe en inglés es más fiel: exit, salida. Por extensión –yo diría que una extensión que aparta bastante del sentido primero- se trata de la salida o finalización de una tarea, con resultados positivos. Para plasmar en una imagen este significado, se podría escoger una banal y cotidiana: un atolladero de tráfico urbano. Éxito podría retener el sentimiento que se produce cuando se logra soltarse de la madeja. Se trata de una salida a una situación intrincada, que consecuentemente produce una sensación efímera: alivio. Se superaron los escollos, nos liberamos de las ataduras que nos retenían. Este sería el significado en español: el éxito es la culminación de una circunstancia, con un desenlace conveniente. Así presentado, entonces, el éxito no pareciera ser gran cosa.
Para adentrarnos en su significación corriente, es necesario recurrir a uno de sus sinónimos: suceso que en español significa “hecho relevante, acontecimiento de cierta importancia”. Lo que entendemos como éxito se aproximan más a esta acepción, cuya traducción es transparente. Succès o success , en francés y en inglés, respectivamente, son términos que significan “éxito” en estas dos lenguas. En este campo semántico, hay términos próximos, como triunfo (que deriva de un término en latín utilizado para designar una condecoración otorgada a los generales romanos que volvían de la guerra), o victoria, que es la cualidad del que vence. El éxito, sin embargo, no se inscribe en la metafórica de la guerra.
Es más bien un acontecimiento notable (un suceso) que supone un pasaje (una salida). El éxito parece ser el cenit de un proceso, el momento mismo en que este se acaba; un resultado efímero, una circunstancia, el desenlace de un proceso –una de sus acepciones incluye el deceso como desenlace–. Señala un momento, un hecho objetivo, un logro, no un sentimiento. Entraña nostalgia: ya comienza la partida.
Para incluir todo este campo de significación en la imagen inicial, se puede imaginar al montañista que llega con gran esfuerzo a la cima, vive por un instante la majestuosa contemplación que se le permite desde lo alto y disfruta haber alcanzado la meta, para iniciar inmediatamente el descenso. El análisis de esta imagen rememora una experiencia frecuente: sabemos que el éxito no dura. Alcanzar el éxito implica el final del desarrollo de una acción y el tránsito hacia lo que sigue. La calificación de exitoso o exitosa no nombra un estado permanente ni parece corresponder a un talento personal innato. No obstante, algunas de las formas en la que el éxito es presentado parecen inducir esa lectura.
Pocas premisas del mundo social resultan tan directivas como la del éxito. Entronizada por el management contemporáneo, su consecución parece ser obligatoria y su pérdida, un estigma oprobioso, casi insoportable. La noción del éxito enfatiza la importancia del logro, del resultado, y no retiene ni parece interesarse por los actos que permitan alcanzar ese colofón. De hecho, existe un sinnúmero de circunstancias que puede hacer que un determinado esfuerzo no fructifique, o a la inversa, se puede suscitar un factor imponderable que produzca beneficios inusitados. Esta discusión entre la sobrevaloración del logro frente a las acciones que buscan alcanzarlo no es una fruslería. Muestra un conjunto de transformaciones fundamentales en el management que no son nuevas, pero que han llegado a una expresión exasperada de consecuencias calamitosas.
El éxito propone un tipo de valoración exterior establecida únicamente a partir de los resultados. Es contingente; no necesariamente produce un saber transmisible. La mayoría de las veces su explicitación se basa e n la “experiencia” (intransferible) o en las aptitudes personales (de igualmente dificultosa socialización). Se puede tener éxito por un golpe de suerte, por una transacción dudosa, por un meritorio recorrido. No importa cómo se logre ni qué medios se utilicen para conseguirlo. La idea del éxito no supone más ética que la de los fines. El éxito es un “secreto” dicho a voces, porque solo se consuma si es reconocido. Por eso, los exitosos siempre cuentan su biografía, vidas “ejemplares” que no narran otra cosa que un cambio de estatuto personal merced a una “capacidad especial” en el manejo de situaciones y aprovechamiento de las oportunidades. Para alcanzar el éxito, el foco se desplaza de la dimensión objetiva del hacer, y del saber-hacer, a la dimensión subjetiva: se es exitoso. Veamos qué es lo que esto significa.
2.3 EL RESULTADO POR EL PROCESO
El lugar privilegiado que ocupaba la especialización del trabajo en el imaginario moderno, con el toyotismo tendió a desdibujarse. La flexibilidad del trabajador, pensado como multifuncional, desbarata la posibilidad de perfeccionamiento en una tarea concreta y apunta más bien a capacidades de rápida adaptación tanto a los cambios tecnológicos, como a los funcionales y organizacionales solicitados por la demanda. Vale la pena entonces bucear un poco más en esta transformación, en términos de sus implicancias para el sujeto.
El trabajo es una actividad que involucra saberes, disposiciones, procedimientos: un “hacer” que implica un “saber”. Para esto se requiere formación –es decir, una cualificación personal accesible , que puede adquirirse - , un objetivo, disposiciones organizacionales, recursos materiales y financieros, tiempo y condiciones estructurales. Este escenario puede ser objeto de planificación; se torna por tanto medianamente previsible. También operan imprevistos, contingencias, avatares. El mejor trabajador es el que, frente a ellos, puede dar una respuesta creativa que cumpla, o supere, los objetivos; que satisfaga, o mejore, su performance . Este hacer eficaz puede transmitirse, por ejemplo, cuando se transforma en formación sistemática, parte del acervo común; o puede ser reservado, privado, volviéndose materia de patentes o regulaciones. El trabajo bien hecho proporciona un sentido de dignidad personal y colectiva, y ofrece una identidad unida a la tarea que se desempeña cabalmente. “Yo soy el que fabrica este calzado”, “yo diseño páginas web”, “mi empresa importa y exporta insumos para la explotación agropecuaria”, todas estas frases no hablan de resultados sino de desarrollos en donde la identidad individual, el arraigo expresado en el posesivo “mi”, se ancla en una tarea.
Luc Boltanski y Ève Chiapelloproponen que el savoir-faire –la capacidad adquirida de hacer ciertas cosas– está siendo reemplazada por el savoir- être, que se resume en:
[…] enfatizar la polivalencia y la flexibilidad del empleo, la capacidad para aprender y para adaptarse a nuevas funciones más que la posesión de un oficio y las competencias adquiridas, pero también las capacidades de generar confianza, de comunicarse, de ‘identificarse con el otro’. (p. 151) (traducción propia)
Las nuevas características del empleo se montan sobre aptitudes subjetivas, más que capacidades objetivas. Ya no se demanda del trabajador su habilidad, capacidad específica, su calificación, sino que le exige que utilice la totalidad de sus facultades, poniendo en juego fundamentalmente aquello que es, sus cualidades subjetivas e incluso las características de su personalidad. No solo debe accionar le hecho de involucrar SU inteligencia y creatividad, sino también su adaptabilidad, don de gentes, resiliencia –es decir, el umbral de tolerancia al stress-, capacidad para trabajar en equipo, incluso su simpatía, para satisfacer los requerimientos que se le presentan. Se trata de recursos psíquicos y psicosociales que constituyen tempranamente la personalidad y, por tanto, son difíciles de adquirir a posteriori, voluntariamente, en la vida adulta. La empleabilidad, por lo tanto, se asienta en disposiciones adquiridas en un territorio privado; el de los vínculos primarios y las relaciones interpersonales. Ello explica por qué existen numerosos espacios informales que, trabajando sobre dimensiones afectivas o características personales, apuntan al terreno laboral, como el coaching , la programación neurolingüística, y muchas otras. Esta subjetivación del trabajo significa que el trabajador debe estar totalmente implicado; es por esto que el management contemporáneo habla de él como el elemento más importante de la cadena productiva.
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