Categorías pragmáticas como la presuposición y la máxima de pertinencia explican, por ejemplo, el anclaje psicológico de expresiones que a veces puede pronunciar un sujeto sin que aparentemente el contexto las justifique. No en vano la retórica clásica aconsejaba que el primer discurso en un pleito sea siempre el de la acusación, pues la defensa incorpora siempre, como presuposición, la verosimilitud del ataque, es decir, la simple posibilidad de darle crédito (y de ahí expresiones como «calumnia, que algo queda» o «la mejor defensa es un buen ataque»). Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre cuando una persona se empeña en repetir cierto enunciado en sus conversaciones de grupo. Imaginemos una situación en que alguien es acusado de haber mentido a un grupo de amigos; por ejemplo, a Luis se le ha encargado que busque entradas para un concierto y cuando dice a los demás que ya están agotadas, otro miembro del grupo le acusa de mentir y no haber hecho la gestión. Obviamente, está en juego la imagen social de los dos implicados ante el resto del grupo. En el momento de la acusación, y con independencia de que ésta sea verdad o mentira, Luis puede:
– defenderse y dar explicaciones de las gestiones que haya hecho;
– pedir al atacante datos que justifiquen la acusación («demuéstralo»);
– devolver el ataque en otro nivel (por ejemplo con una falacia de tu quoque: «pues tú no buscaste entradas para el partido del año pasado»).
Pero si en los siguientes encuentros del grupo, ignorando la máxima de la pertinencia, Luis vuelve reiteradamente sobre el tema insistiendo en que él no mintió, cada vez que lo haga estará colocando la acusación en el ámbito presuposicional de los interlocutores, con lo que hace flaco favor a su causa. La presuposición siempre tiende puentes con aquello que se silencia, por lo que al defendernos de algo de lo que no hemos sido acusados logramos el efecto discursivo de dar verosimilitud a la acusación. En términos pragmáticos diremos que la negación presupone la afirmación correspondiente (con lo que, ya puestos a defenderse, Luis lo haría mejor con un «he dicho la verdad» que con un «yo NO os he mentido»).
En la misma línea de cruce teórico entre la pragmática y la psicología cognitiva encontramos también otras propuestas de análisis discursivo, cuyo rasgo más destacado es la necesidad de incorporar el dinamismo conversacional y la recepción al hecho comunicativo; en este sentido, es clarificador, por ejemplo, el análisis de Vázquez Veiga (2003) sobre las huellas que el receptor imprime a la toma de turno, con su identificación de «marcadores de recepción» como categorías fundamentales. López Alonso (2004), por su parte, explica el hecho de que la conversación electrónica sea tan propicia para el uso de la categoría pragmática sobreentendido, mediante la interacción entre el principio de economía y el de contracción; según la autora, en estos textos electrónicos se reduce al máximo el contenido proposicional, de tal manera que se radicaliza el principio de pertinencia informativa y se explota excesivamente la utilización de significados inferenciales; este abuso provoca que, con frecuencia, el emisor proponga como implicatura o presuposición (inferencias que se basan en las máximas conversacionales o en los activadores presuposicionales) lo que en realidad el oyente sólo puede inferir como sobreentendido, una inferencia que sólo se explica por la relación y la historia conversacional que mantienen los interlocutores (Gallardo, 1996a).
3.5.2 La comprensión del discurso: los esquemas cognitivos
La teoría de los esquemas fue desarrollada en los años 70 por investigadores de la Inteligencia Artificial (M. Minsky; R. C. Schank y R. P. Abelson), preocupados por proporcionar a los programas informáticos herramientas de comprensión textual. Efectivamente, los primeros programas de traducción automática se encontraban con pasajes textuales cuya traducción exigía más información que la estrictamente proporcionada por el lexicón; estos paquetes de información que son necesarios para la comprensión global del discurso fueron designados con el término «esquemas» (frames).
La utilización del concepto de esquema cognitivo en la lingüística resulta especialmente operativa en la pragmática textual. Por ejemplo, Van Dijk (1978) introduce en su descripción de la conversación el concepto de «marco lingüístico» como un tipo de «marco social»:
Un marco social, que también es un marco cognoscitivo porque es conocido por los miembros de la sociedad, es una estructura esquemática ordenada de acciones sociales que operan como un todo unificado. La característica más importante de cada marco es el tipo de contexto en que puede ocurrir (Van Dijk, 1989: 108).
En el ámbito textual, los esquemas se asocian al concepto de superestructura, desarrollado también por Van Dijk:
Una superestructura puede caracterizarse intuitivamente como la «forma global» de un discurso, que define la ordenación global del discurso y las relaciones (jerárquicas) de sus respectivos fragmentos. Tal superestructura, en muchos aspectos parecida a la «forma» sintáctica de una oración, se describe en términos de «categorías» y de «reglas de formación». Entre las categorías del cuento figuran, por ejemplo: la introducción, la evaluación y la moraleja (Van Dijk, 1989: 53).
La validación cognitiva de las superestructuras textuales básicas (argumentación y narración) nos lleva de nuevo al correlato entre pensamiento y lenguaje, con el que empezábamos estas páginas. Y es nuevamente Bruner (1986) quien vuelve a proporcionarnos un ejemplo interesantísimo de la interacción entre ambos marcos epistemológicos al identificar dos modos básicos de organización cognitiva que coinciden con los dos tipos fundamentales de organización textual; para este autor
hay dos modalidades de funcionamiento cognitivo, dos modalidades de pensamiento, y cada una de ellas brinda modos característicos de ordenar la experiencia, de construir la realidad. Las dos (si bien son complementarias) son irreductibles entre sí. Los intentos de reducir una modalidad a la otra o de ignorar una a expensas de la otra hacen perder inevitablemente la rica diversidad que encierra el pensamiento (Bruner, 1986: 23).
Bruner indica, además, que las superestructuras narrativas dependen de la cultura que las enmarca, motivo por el que han fracasado los intentos de diseñar gramáticas narrativas generativas (1993: 135). Según señala, adquirimos en una edad muy temprana la superestructura narrativa fundamental de nuestra cultura, sin que pueda hablarse de «una arquitectura universal».
Vemos, en definitiva, que la actividad cognitiva (procesos de percepción, atención, memoria) no puede desvincularse de su expresión lingüística ni de su contexto sociocultural de uso (su pragmática). La fórmula lacaniana que dice que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje» constituye, sin duda, la afirmación más radical de estos vínculos.
3.6 Ejercicios
1. Analiza las siguientes actividades de rehabilitación logopédica, y señala cuál es el (los) fonema(s) o el (los) sonido(s) que pueden rehabilitar:
– movimientos rápidos de unión y separación de los labios;
– tocar el paladar con la parte posterior (dorso) de la lengua y expulsar el aire;
– soplar una vela.
2. Compara los titulares sobre una misma noticia de actualidad en diferentes periódicos, y comenta las posibles consecuencias psicolingüísticas de su utilización de las categorías pragmáticas. Analiza las marcas de enunciación como punto de partida.
3. Elige una noticia de actualidad y escúchala en el noticiario de diferentes cadenas televisivas. Analiza las diferencias (si las hay) a la luz del siguiente extracto de un texto de Umberto Eco (de «Los ojos del Duce», publicado en El País, el sábado 24 de enero de 2004, pág. 12):
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