La idea aquí es que esas estructuras anatómicas están relacionadas con las computaciones en que se ven implicadas. La maquinaria cerebral no es simplemente un modo arbitrario de llevar a cabo los procesos que realiza, a la manera en que, por ejemplo, cierta configuración de hardware de ordenador puede realizar casi cualquier programa de ordenador o pieza de software. Lo esencial aquí, por el contrario, es que el hardware revela aspectos del programa. «La estructura neuronal es información» [...]. En otras palabras, podría ser que las propias estructuras neuronales por sí mismas nos enseñen aspectos de los procesos computacionales que subyacen a tales estructuras.
Esta versión matizada de la metáfora computacional es compatible con los modelos holistas o interaccionales de funcionamiento del cerebro, en los que función y estructura se determinan mutuamente. Tal y como señala Hernández (2003: 9), en lingüística esta orientación cognitiva entronca con planteamientos epistemológicos emergentistas, según los cuales la emergencia de cierta función en un sistema dado determina la constitución de niveles de ese sistema. Hernández utiliza el concepto de redefinición para describir la interacción dialéctica que acontece genéticamente entre estructuras neurológicas, piscológicas y lingüísticas, de tal manera que mientras cierto estrato depende genéticamente de otro, a su vez lo condiciona, estableciendo procesos bidireccionales.
3.3.2 El funcionalismo de Jerome S. Bruner
Jerome S. Bruner es un representante de lo que a veces (Searle, 1984: 33) se llama «cognitivismo suave», por oposición a la versión «fuerte» que representan algunos teóricos procedentes de la inteligencia artificial (Herbert Simon, Alan Newell). A diferencia de los generativistas, Bruner no se plantea cuál debe ser la dotación genética inicial del niño; para él son igualmente poco plausibles los «imposibles» enfoques conductistas (la adquisición del lenguaje es un aprendizaje similar a otros) como los «milagrosos» enfoques innatistas (el ser humano está especialmente determinado para esa adquisición). Sus planteamientos identifican tres aspectos fundamentales en el proceso que permite al niño llegar a usar el lenguaje:
- la estructura formal;
- la relación semántica;
- el uso pragmático adecuado.
Para Bruner (1983: 21) la adquisición de estas tres facetas del lenguaje se realiza necesariamente en interdependencia. No basta con explicar la adquisición de la gramática recurriendo a la «facultad original», sino que es necesario distinguir entre capacidad (algo dotado de raíces biológicas y desarrollo evolutivo) y ejercicio (cuya fundamentación es sociocultural). Así, considera que paralelamente a lo que Chomsky describía como Mecanismo de Adquisición del Lenguaje es necesaria la activación de un Sistema de Apoyo a la Adquisición del Lenguaje (SAAL), que no es exclusivamente lingüístico y
que elabora la interacción entre los seres humanos, de forma tal que ayuda a dominar los usos del lenguaje a los aspirantes a hablarlo. Es este sistema el que proporciona un apresto funcional que no sólo hace posible la adquisición del lenguaje, sino que hace que ésta se desarrolle en el orden y con el ritmo en que habitualmente se produce (1983: 118).
Para que este sistema pueda ponerse en marcha, el niño cuenta con unas capacidades mentales originarias que son:
- Disponibilidad para relacionar medios y fines. El niño parece capaz de establecer la estructura de cierta acción y saber cómo lograr un objetivo concreto; esta capacidad se ve activada, o potenciada, por los adultos que interactúan con el bebé.
- Sensibilidad para los contextos transaccionales. Desde bien pronto, la relación del bebé con la madre o la persona cuidadora establece unas pautas de reciprocidad:
La existencia de una reciprocidad de este tipo, apoyada por la cada vez mayor capacidad de la madre de diferenciar las «razones» para llorar del niño, así como la capacidad del niño de anticipar estos acuerdos, crea muy pronto una forma de atención mutua (1983: 28).
Se trataría de respuestas sociales iniciales congénitas (lo que incorpora el componente pragmático a la adquisición).
– Sistematicidad en la organización de experiencias. Las primeras acciones del niño (los esquemas piagetianos) tienen lugar en contextos familiares restringidos, y muestran un elevado nivel de repetición, orden y sistematicidad que le permiten acceder luego al mundo del lenguaje preparado para hallar o inventar formas sistemáticas de relación.
- Abstracción en la formación de reglas. Estas relaciones sistemáticas tienen un alto nivel de abstracción:
El mundo perceptivo del niño, lejos de ser una brillante y zumbadora confusión, está muy ordenado y organizado por lo que parecen ser reglas muy abstractas [...] tanto desde el punto de vista cognitivo como del de la comunicación hay, desde el comienzo, una capacidad para «seguir» reglas abstractas (1983: 31).
Como se puede ver, este «equipamiento inicial» es muy similar al que planteaban Calvin y Bickerton para el desarrollo filogenético. Desde este enfoque, el lenguaje se convierte en un elemento fundamental para la integración del niño en su cultura. De ahí que López (2003: 242) caracterice al código lingüístico como lenguaje terciario, es decir, provisto de sintaxis, semántica y pragmática (la clásica tríada morrisiana), frente a otros lenguajes secundarios como la comunicación de los animales superiores (con semántica y pragmática) o el código genético (con semántica y sintaxis, pero sin pragmática).
3.3.3 La lingüística perceptiva y la importancia de la reflexividad metalingüística
La lingüística perceptiva es una escuela de la lingüística cognitiva iniciada en los años 70 por Ángel López García, que incorpora al estudio del lenguaje algunas posiciones epistemológicas de la Psicología de la Gestalt. Estos psicólogos se planteaban una psicología de la percepción en la que encontramos también una codeterminación entre niveles similar a la que acabamos de describir. En palabras de Pastor y Tortosa (1998: 130):
La percepción no está determinada por el estímulo, sino que es más bien la percepción la que configura los estímulos confiriéndoles una estructura y significación.
El análisis de la percepción humana lleva a los teóricos de la Gestalt a identificar una serie de principios y leyes perceptivas en torno a las cuales establecen una serie de premisas centrales que Sprung y Sprung (1998: 145) resumen así:
1. Principio de la totalidad, es decir, el todo es más que la suma de sus partes (sobresumatividad y trasponibilidad).
2. Análisis fenomenológico de la situación de origen, es decir, el punto de partida de cualquier análisis empírico lo constituyen los fenómenos, lo que se presenta de forma inmediata, y no los elementos o condiciones sensoriales.
3. Método experimental y matemáticas como metodología, es decir, el tipo de sucesos objeto de la investigación deben ajustarse al paradigma experimental, y la metodología de análisis tiene que basarse en un experimento realista.
4. Isomorfismo psicofísico, es decir, los procesos psíquicos están coordinados con procesos físicos subyacentes.
Las versiones iniciales de la lingüística perceptiva (López, 1980, 1989) vinculaban la especificidad de las lenguas naturales con la especificidad perceptiva de la especie humana, tal y como había sido descrita por Max Wertheimer, Edgar Rubin y otros psicólogos. De este modo, las estructuras y niveles del lenguaje encontraban correlatos epistemológicos en las tres leyes de la percepción de estímulos (cierre, igualdad y proximidad) y en el principio general de la pregnancia o buena forma (que se encarga de jerarquizar la aplicación de las leyes):
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