Niveles en la lingüística perceptiva
En estas versiones, pues, el innatismo quedaba circunscrito a unos principios generales de aprendizaje que son acordes a las leyes de la percepción; un elemento básico de la teoría es la capacidad reflexiva del sujeto y su correlato verbal, es decir, el metalenguaje (que se sustenta a su vez en la doble articulación martinetiana). Posteriormente, en los Fundamentos genéticos del lenguaje (López, 2003), encontramos un desarrollo de la teoría que incorpora un análisis del funcionamiento del genoma y que fundamenta el innatismo en la propia estructura del código genético, salvando así una laguna explicativa que planteaba el generativismo. López analiza el funcionamiento del genoma estableciendo paralelismos con el funcionamiento de las lenguas naturales, y llega a la conclusión de que existe una correspondencia entre ambos. El punto de partida es la configuración del YO y su correlato verbal, el metalenguaje:
Una vez que el niño comienza a tener conciencia de sí mismo y del lenguaje que utiliza, su problema es adecuar los hábitos de percepción a los patrones estructurales que su dotación genética le va permitiendo descubrir en las secuencias lingüísticas de los adultos. Este proceso, muy complicado y sin embargo rapidísimo, se sirve de los esquemas gestálticos del protolenguaje.En realidad, ningún niño podría llegar a hablar si antes no hubiese aprendido a percibir. El fundamento de la percepción es el establecimiento de campos perceptivos en los que una parte destaca sobre el resto (López, 2003: 250).
Este ajuste mutuo que se produce entre las formas metalingüísticas que acompañan la reflexividad del sujeto, y los datos que recibe filtrados por las leyes perceptivas, podría explicarse con el concepto de redefinición ya mencionado (Hernández, 2003: 9). Resultado de este ajuste es la emergencia de la gramática adulta, una gramática, señala el autor, «que no es adquirida, sino construida». La lingüística perceptiva establece así, de la mano de la reflexividad metalingüística, puentes con el constructivismo piagetiano y el funcionalismo de Bruner, y proporciona explicación tanto al «correlato directo entre lo neurofisiológico y lo cognitivo» de que hablaba Searle (1984: 57), como al «paso del protolenguaje a la sintaxis» que describían Calvin y Bickerton (2000: 162).
En esta exposición hemos presentado muy resumidamente algunas de las cuestiones teóricas que plantea la relación entre pensamiento y lenguaje y, por extensión, entre otros niveles relacionados. Estas teorías de procedencia tan dispar, coinciden sin embargo en la utilización explicativa de un fenómeno que es esencial en la lingüística perceptiva: la interacción bidireccional que se produce entre dos niveles de un mismo sistema y que determina simultáneamente a esos dos niveles, algo que ya Hernández Sacristán identificó en los años 80 como subsunción a propósito de las relaciones entre emisión y recepción. Lo que en el cognitivismo fuerte se desarrollaba como metáfora encuentra en estas teorías una explicación directa, no metafórica, gracias a la rentabilidad explicativa de conceptos como «subsunción», «redefinición», «isomorfismo» o «reacción circular». No estamos pretendiendo, obviamente, que todos estos conceptos sean equivalentes, sino que todos manejan una misma realidad fenomenológica que podemos llamar de especularidad recíproca.
3.4 Las enfermedades del lenguaje
3.4.1 Lenguaje y cerebro
En las últimas décadas del siglo XX se desarrolla de forma notable la neurolingüística, cuya pregunta principal es «¿cómo el lenguaje se organiza en el cerebro?», o «¿cómo el cerebro hace posible el lenguaje?» Nuestros conocimientos sobre neurología y sobre lenguaje nos llevan a la necesidad de explicar un cambio tal (Hernández, 2003: 10) que convierta la información que transmiten las neuronas (es decir, un sistema de señales) en lenguaje (es decir, un sistema de símbolos): ¿cómo se produce esta transformación?
Éstas no son, por supuesto, preguntas que se planteen por primera vez; la bibliografía repite tradicionalmente dos momentos esenciales en los inicios de la neurolingüística que comparten la participación del lenguaje patológico, y que son:
- 1861: Paul Broca, anatomista francés, describe el cerebro de un paciente que había atendido en La Salpêtrière y que tenía gravemente afectada la capacidad expresiva, motora. El análisis del cerebro le mostró que una zona concreta del córtex del hemisferio izquierdo (tercio posterior del giro o circunvolución frontal inferior: «área de Broca») estaba prácticamente destruida.
- 1873: Carl Wernicke, psiquiatra alemán, describe lesiones cerebrales en otro punto del hemisferio izquierdo que provocan alteraciones de la conducta opuestas a las descritas por Broca: mientras la capacidad motora, expresiva, estaba básicamente preservada, la capacidad comprensiva, sensorial, se veía afectada. Se localiza así, en la segunda circunvolución del lóbulo temporal izquierdo, la llamada «área de Wernicke».
Como ocurre con el desarrollo del generativismo, de la inteligencia artificial, o de los estudios sobre comunicación no verbal, también son las grandes contiendas bélicas del siglo XX las que impulsan definitivamente el desarrollo de la neurolingüística y, consecuentemente, la aparición de la logopedia. La cantidad de soldados heridos con traumatismos craneoencefálicos obligó, ya tras la Primera Guerra Mundial, a plantear la necesidad de abordar estos problemas de manera específica y urgente. Tras la Segunda Guerra Mundial adquieren especial importancia los trabajos de Aleksandr R. Luria, Norman Geschwind o Wilder G. Penfield.
Con anterioridad a Broca y Wernicke, los intentos de localizacionismo más destacados fueron los de la frenología de Gall, que intentaba distribuir en el cerebro las diferentes facultades humanas pero carecía de bases empíricas. Como señala Luria (1973) lo esencial de los descubrimientos de Broca y Wernicke es, junto a la base empírica, clínica, la distinción funcional de los dos hemisferios, identificando el hemisferio izquierdo de los diestros como el dominante para el lenguaje (el hemisferio derecho es dominante en un 3 % de la población, en su mayoría personas zurdas, si bien la población zurda supone un 10 % del total). A partir de aquí se desarrolla una tradición localizacionista que intenta diseñar el mapa global del córtex cerebral, pretendiendo correspondencias unívocas entre cierta zona cerebral (entre 50 y 100 para cada hemisferio, Pulvermüller, 2002: 13) y cierta función o actividad psicológica; los conocidos humunculus, esto es, dibujos del cerebro que muestran superpuesto un dibujo de un cuerpo humano, son resultado de estos intentos localizacionistas o somatotópicos. Estos investigadores asumen un planteamiento que identifica los síntomas patológicos (agramaticalidad, falta de fluidez, comprensión alterada, expresión deficiente...) y, agrupándolos en síndromes, busca un correlato espacial en alguna zona del cerebro (el neurólogo Henry Head los ridiculizaba como «productores de diagramas»).
Pero aceptar que ciertas zonas cerebrales son responsables de ciertas facultades o conductas no supone ignorar la dimensión funcional y la interrelación entre varias zonas; por el contrario, es necesaria una consideración global (holista, sistémica) del cerebro:
Todos los procesos mentales tales como percepción y memorización, gnosis y praxis, lenguaje y pensamiento, escritura, lectura y aritmética, no pueden ser considerados como «facultades» aisladas ni tampoco indivisibles, que se pueden suponer «función» directa de limitados grupos de células o estar «localizadas» en áreas particulares del cerebro [...] deben ser consideradas como sistemas funcionales complejos (Luria, 1973: 29).
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