Esther Pascua Echegaray - Señores del paisaje

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Este libro es un estudio revisionista de ciertas asunciones de la historia económica, la historia social y la historia medieval cuando abordan el tema del pastoreo en España. La investigación cuestiona una narrativa dominante que sostiene que la actividad ganadera tuvo efectos negativos como la deforestación y el atraso de la agricultura española. En este libro se propone que los fundamentos comunitarios de la ganadería en la península Ibérica y sus usos colectivos sobre la tierra preservaron una demografía y una explotación sostenida de los montes hasta el siglo xvii que favoreció la reproducción de los pequeños ganaderos junto a los grandes y un paisaje de gran diversidad.

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Si el medievalismo ha heredado estas categorías antiguas de nuestro acerbo cultural, la más directa heredera de esta visión ha sido la historia económica. Este es el segundo camino con el que se cruza la historiografía de la ganadería. Para el agrarismo español desde la Ilustración, el progreso económico radicaba en perseguir la expansión de la agricultura a expensas de la ganadería. El crecimiento agrario intensivo implicaba la expansión del ager , del regadío, de la plena propiedad y de los cercamientos. En este punto tenían igual opinión pensadores con distinto posicionamiento en sus proyectos sociales, como el padre Sarmiento, Olavide, Feijoó, Floridablanca, Campomanes y Jovellanos. El pensamiento dominante en el siglo XVIII hizo de la propiedad un derecho natural y de cualquier servidumbre o carga sobre ella una usurpación. Solo Floridablanca reconocía el derecho de las comunidades a que sus ganados usufructuasen las hierbas en heredades ajenas y defendía una práctica tradicional como la derrota de mieses (Sánchez Salazar, 2007: 240-241). Los usos colectivos se calificaban de irracionales, injustos, abusivos, nocivos y absurdos, abono para holgazanes, perezosos y vagabundos. La ganadería no generaba empleo en los pueblos y su mantenimiento del monte protegía las alimañas, lobos, zorras y langosta en el país (Anes, 1995: 99-102). Comunal y atraso económico se hicieron sinónimos, como se harían sinónimos comunal, ganadería y agotamiento de los recursos, pues lo que pertenecía a todos no era de nadie (Sánchez Salazar, 2007: 240-241).

El siglo XVII no fue de bonanza para la Mesta. El lanzamiento de las economías atlánticas y el marasmo de las mediterráneas implicaron la bajada de los precios de la lana, las sentencias judiciales se hicieron más desfavorables y en el interior de la organización se produjo la concentración definitiva de riqueza en manos de algunos propietarios. El proyecto de enajenación de baldíos de Felipe V a finales de la década de 1730 afectó a toda la sierra de la Meseta. Los serranos del norte perdieron los montes. La progresiva acotación de pastos y su arrendamiento rompía los usos comunales y obstaculizaba los caminos de la trashumancia y los pastos a los foráneos. Los campesinos atacaban las dehesas de los trashumantes alegando no tener tierra para labrar (Anes, 1995: 110). La práctica política de las reformas borbónicas siguió muy de cerca la teoría económica de la Ilustración, lo que llevó al abandono de las políticas proteccionistas desde el reinado de Carlos III. El Informe de la Ley Agraria de Jovellanos defendió el mercado de la tierra y la propiedad privada, lo que indirectamente atacaba los privilegios mesteños de posesión, tasa de pastos y prohibición de roturaciones. Los memoriales ajustados de 1771 y 1783 de Campomanes coincidieron en la necesidad de subordinar la ganadería a la agricultura (García Martín, 1993: 364). La Real Cédula de 15 de junio de 1788 fue la primera ley sobre cercados.

La reforma liberal agraria del siglo XIX tomó directamente de los ilustrados su concepción sobre comunales, cercados y ganadería y la envolvió en el brillante papel de la teoría económica de segundo rango: el progreso económico en el mundo rural pasaba por la clarificación de los derechos de propiedad; la parcelación del comunal en predios privados, a ser posible de gran extensión; la racionalización del parcelario; la puesta en cultivo de la tierra; la mecanización, y la comercialización del producto. Esto crearía una capa de propietarios incentivados que buscarían eficiencia y beneficio. Las nuevas concepciones sobre la conveniencia de la propiedad privada para el interés particular vendrían refrendadas pronto por un Estado que impondría su respeto como fundamento del orden social (Sánchez Salazar, 2007: 243). La fórmula era simplificadora pero exitosa, pues conectaba la idea del atraso económico directamente con el imaginario social tradicional del pastor ignorante.

La teoría se ha mostrado fracasada en muchas áreas del tercer mundo desde la segunda mitad del siglo XX y en varias regiones del mundo desarrollado, a la vez que la teoría e historia económica se renovaban profundamente en cuanto a objetivos y planteamientos desde principios de los años noventa. La Green economics se ha interesado por las economías marginales, por las emergentes y por las que «fracasaron» y no «crecieron» para comprender los fallos de los modelos y para integrar el factor ecológico en el análisis (Moreno Fernández, 2002: 49; Georgescu-Roegen, 1996; Martínez Alier y Schlüpmann, 1991). A pesar de ello, la presión de las corporaciones económicas y de las instituciones y los poderes públicos hace que nada de esto informe las políticas de desarrollo de los organismos internacionales.

Frente a estas dos visiones negativas, hay otras dos corrientes que se han acercado a la ganadería con otra mirada. Una es la visión romántica del mundo del pastoreo y de la trashumancia, pues se presenta como un universo material y cultural que se desvanece ante nuestros ojos. Es fácil establecer la relación entre una España urbanizada fruto de la emigración vertiginosa de los años sesenta por la mecanización del campo y el desmantelamiento de los pueblos y esta visión nostálgica del mundo rural. Los múltiples trabajos desde la etnología, la antropología y la etnoarqueología han intentado documentar y reconstruir la cultura material, las prácticas ganaderas y el universo cultural de estos grupos con unos resultados importantes para nuestra sociedad, que en medio siglo ha olvidado sus raíces rurales. En esta visión, el pastor aparece como un sujeto austero, adaptado al mundo en el que vivía y conocedor de sabidurías ancestrales y perdidas del paisaje, el clima y sus animales. En nuestra jerga actual, la imagen se traduce en un pastor que ejerce una actividad sostenible con su medio ambiente y no lo depreda. Si bien esta posición está tan connotada culturalmente como las anteriores, se ha argumentado, no sin razón, que la continuidad de las actividades de una institución como la Mesta, que estuvo activa desde 1273, e incluso antes, hasta 1836, fecha en que fue abolida, denota una capacidad de sostenimiento que no ha demostrado todavía el sistema capitalista.

La última línea de desarrollo historiográfico que nos interesa comentar nos lleva de lleno al mundo de la Historia Medioambiental, al bosque y a los problemas de la ganadería contemporánea. Al igual que en el caso de la historia económica y la etnología, la ingeniería de montes y forestal ha prestado a esta visión sus tintes científicos y experimentales. Para sus defensores, España es un país de tradición ganadera por su geografía y climatología, y solo la pujanza de esta actividad ha permitido poner en explotación grandes áreas de nuestra geografía y mantener su demografía. Algún ingeniero forestal ha llegado a identificar el estudio del aprovechamiento de los montes españoles con el estudio de la ganadería (Ortuño Pérez, 1999: 4).

El pastoreo es una actividad omnipresente en los montes españoles que ha creado un clímax vegetacional específico. De los aproximadamente 50 millones de hectáreas de la superficie total de España, durante los años cincuenta, 24 millones eran de montes; en la actualidad, son muchas más, ya que el monte bajo se ha extendido, y de ellas, 17 millones eran de montes pastables, es decir, un cuarto de la superficie total de España (Navarro Garnica, 1955: 10). El binomio cereal-ovino, que completaba el pasto del monte bajo con el barbecho y la rastrojera, es típico de la geografía española con 150.000 km 2de superficie de este paisaje (Ortuño Pérez, 1999: 31-37). Si consideramos juntos áreas forestales pastables, pastos, eriales, dehesas, prados, monte bajo y todas aquellas áreas de cultivos de uso temporal por los animales, como barbechos y rastrojos, además de las áreas cultivadas para plantas forrajeras, los usos ganaderos del terrazgo alcanzaban un 90% del total de la tierra (Ortuño Pérez, 1999: 4 y 12). Por tanto, la ganadería ha modelado amplios paisajes en la Península Ibérica, algunos tan especializados como las dehesas del suroeste español o los puertos de montaña en las sierras. Las cañadas en Castilla y cabañeras en Aragón han creado «cicatrices en el paisaje», en palabras de Fernand Braudel; 120.000 km de longitud en Castilla y 9.400 km en Aragón, caminos llenos de infraestructuras ganaderas (Braudel, 1972, I: 92; García Martín, 1993: 365-368; Fernández Otal, 2004: 30).

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