Mercè Rius - D'ors, filósofo

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Mercè Rius, pone de manifiesto en este estudio que la obra de Eugenio d'Ors conectaba con los debates filosóficos del siglo XX mediante hilos mucho más finos que los percibidos inicialmente. Hoy se ratifica en su creciente estimación, sobre todo frente a aquellos cuya empedernida ignorancia llega al colmo de negarle todavía la credencial de filósofo. A través de esta investigación, la autora trata de mostrar que D'Ors, ni se equivocaba ni obraba de mala fe al considerarse ante todo filósofo. Para ello, realiza un balance de la filosofía orsiana resituándola en un horizonte más vasto tras descubrirle nuevos aspectos, cuyas afinidades con otros autores contemporáneos de tradición europea sugieren el alto nivel y la oportunidad histórica del pensamiento orsiano.

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De esta suerte el clasicismo, siempre fiel a sí mismo desde las primeras páginas del Glosari , experimentaba el último cambio de pareja. En beneficio general, por cierto, ya que el eón de lo Barroco aventajaba a sus predecesores en consistencia teórica. Además, siendo característico del arte español, se amoldaba perfectamente al nuevo medio en el que D’Ors se desenvolvía. En Cataluña había medido el «clasicismo» de los novecentistas con el «romanticismo» de los modernistas, estos demasiado proclives al sentimiento por su improcedente culto a la naturaleza. Consideraciones estéticas aparte, se trataba de una dura crítica a cierta versión del nacionalismo, o mejor dicho, a la que imperaba en aquella época. Al cabo de los años, alegaría tales inicios de su posterior ciencia de la cultura como prueba de que siempre había rechazado el nacionalismo en todas sus formas, sin atributos. Respecto al arte, suelo nutricio de ambas constantes, D’Ors interpretaba la «jerarquía» de representación y voluntad como deber –cultural, que no moral– de preferir la construcción por encima de la expresión . Aduciendo el predominio de la segunda en música, tildaba a esta de la menos clásica de las artes; y entre sus personalidades, a la de Wagner, que mientras tanto enfervorecía en Cataluña a los amantes de la ópera. Vista por el extremo opuesto, en la cúspide del orden artístico estaría la arquitectura, aunque no precisamente el estilo Gaudí.

Como afirmó Jardí en su biografía del autor, D’Ors «lo relacionaba todo». Quizá demasiado como para escapar a las contradicciones, reales o aparentes, máxime cuando uno debe ganarse la vida a artículo diario como él hacía, doblando incluso a veces en las ediciones matutina y vespertina. Subyace una profunda coherencia a la biografía de aquellos individuos superconscientemente capaces de realizarla –aseveraba su doctrina de la «vida angélica»–. Y puede decirse sin reservas que la obra orsiana guarda esa coherencia en profundidad, pero asimismo que las contradicciones afloran a otros niveles. Ello nos empuja ahora a adentrarnos un poco más en su obra.

Se da el caso de que, según el Glosari , el protestantismo otorga un peso excesivo a la conciencia solitaria, definida por su aislamiento, porque entiende la libertad como negación del mundo que la rodea. Y pese a tal objección de principio, Kierkegaard, prototipo de dicha religiosidad, aparece citado en varias glosas como modelo teórico para instar a los lectores a la «repetición». Por supuesto, D’Ors da al término un significado que poco o nada tiene que ver con el kierkegaardiano. En cierto modo, pues, la falsa comprensión del espíritu del protestantismo vuelve a poner a este en su sitio hasta neutralizarlo. La ortodoxia vuelve a su cauce mediante un simple –entre rutinario y descarado– adjetivo: Xenius invoca a la Santa Repetición. 21

Otra que tal, vinculada a la repetición, es la citada alabanza del Rosario. Al lector actual apegado a la psicología podría antojársele como una especie de protoconductismo, sumamente absurdo en esas circunstancias, ya que ni el conductista más obtuso apostaría a que basta con repetir mecánicamente una oración para imbuirse de clasicismo. Pero lo que aquí nos interesa del consejo orsiano es la aparente inversión de la jerarquía definidora de lo clásico, a saber, el dominio de la voluntad por la representación. ¿Acaso propone ahora una forma de acción, la de desgranar con voz y dedos una sarta de avemarías, para acostumbrarse a una vida juiciosa ( assenyada ), es decir, en pro del conocimiento? La respuesta es que sí. Nos lleva, por tanto, a perfilar su concepción de la mejor forma de vida como búsqueda de equilibrio entre conocimiento y acción.

Vida juiciosa significa contención de los excesos imaginativos, pero de tal manera que se obtenga provecho de la imaginación en vez de sofocarla. No se trata de coartar, sino de potenciar la libertad subjetiva. Solo se logra con una conducta razonable , que es más que «racional» porque no aspira a tanto. De lo contrario, la libertad por sí misma va hacia el desastre. 22 Una libertad cifrada en saltarse cualquier límite perjudica al individuo que le da rienda suelta, pues acaba en su mística absorción dentro del Todo. A este respecto ni tan siquiera Kant, que denunció los abusos de la razón lanzada a transcender sus propios límites –luego a extralimitarse– pudo orillar su propia nostalgia por el Absoluto. De ahí su ideal estético de lo sublime como experiencia de la dignidad y la pequeñez humanas en su condición de inseparables. Así se mantuvo fiel al espíritu germánico:

Yo soy un melancólico, y por esto tú no podrías vencerme nunca. Para ti, hombre de formas, hombre de exterioridades tangibles, hombre de realizaciones, para ti, mediterráneo, el éxito material forma parte de la victoria. Tus Aquiles, tus Ulises, han de ganar , han de realizar para que sean poéticas sus hazañas de valeroso ardor y de ingenio. No así mi Sigfrido, no así mi Caballero Tristán. Yo sé extraer del vencimiento la mística victoria mejor. Una pura e impávida voluntad me sostiene en el peor caso. Y es la muy germánica voluntad de ruina . 23

La primera defensa teóricamente organizada del talante mediterráneo la realizó D’Ors en La filosofía del hombre que trabaja y que juega , antología de 1914 cuyas tesis recogió mucho después en El secreto de la Filosofía con la idea de ofrecer una exposición sistemática de su pensamiento. No entraré ahora en si sus esfuerzos en este sentido consiguieron disimular o no la yuxtaposición del material empleado. 24 En general, la destreza orsiana al «relacionarlo todo» no pudo vencer una doble contingencia. Por un lado, la falta de una tradición filosófica propia lo suficientemente sólida que le brindase apoyo. Como los lectores adolecían a su vez de esa carencia, no podían asimilar las lecciones orsianas si no se las servía muy hechas. En cambio él, atento sobre todo a la eficacia, repartía píldoras de efecto immediato, evitándose de paso una elaboración penosamente larga o complicada. Por otro lado (o el mismo en otras palabras), demasiadas veces actuó más como publicista que como filósofo, a lo que muchos se agarraron para eludir la obligación de tomárselo en serio sin precipitarse a rebajar sus méritos.

Con la perspectiva que nos da casi un siglo, quizá además porque no habiendo conocido al personaje en vida nos hemos librado de oírle «hablar en cursiva» (según la descripción de Pla), nos cabe por fin dilucidar sus puntos en común con algunos de los pensadores más importantes de la época. Como tales pueden interpretarse, a mi entender, sus serias dudas sobre la primacía de la voluntad en una sociedad en peligro de destrucción mutua, o sobre el cantado progreso de una historia en evidente retroceso moral. El drama de aquella generación, aún hoy sin cancelar del todo, se vivía como fracaso de la esperanza depositada en una racionalidad inmanente a la conciencia y a la historia . Las dos guerras europeas abrieron el interrogante de si la historia tendría sentido y cuál era el alcance de la conciencia. Desde su peculiar visión del mundo, D’Ors respondía que el sentido, si acaso, la historia lo obtiene de la cultura. A la vez pensaba la conciencia como obra , individual pero en cuanto alumbrada, más aún que gestada, en lo comunitario. Sus respuestas, prima facie , ya no nos satisfacen lo más mínimo. Aun así, no debería echarse en saco roto la negativa a sobrevalorar la acción que D’Ors esgrime tanto contra el hombre barroco como contra el espíritu germánico. Este intenta ejercer su libertad en medio de un universo histórico siempre en devenir. Entonces, cuando/ donde todo cambia sin parar solo se puede ser libre por inmersión en el cambio, a saber, erigiéndose en sujeto cuya acción transforme la realidad. Pero D’Ors no aprueba en absoluto que la relación fundamental entre hombre y mundo «devenga». Sustituye, pues, el werden o devenir por el machen , o sea, por el hacer.

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