La conclusión de todo ello fue mi captación para el Partit Socialista Valencià, con otro nombre todavía, en el altillo de Cafés Valiente, en la calle Pie de la Cruz, junto a la avenida de Barón de Càrcer, con la nómina inicial que sigue: Eliseu Climent, Vicent Àlvarez y Valerià Miralles, que desembocó en el accidentado acto fundacional de Cullera en el otoño de 1964. Accidentado porque una intensa lluvia obligó al desalojo del camping en el que nos hallábamos y a buscar refugio en Cullera, de la mano de Emili Gimenez Bou, Eiximenis , que albergó a los fundadores en una instalación de la Central Nacional Sindicalista, la Hermandad de Labradores y Ganaderos.
El éxito académico inicial tropezó con un escollo de formación, las matemáticas. Mi maestro Jordi Nadal solía inquirir a los primerizos aspirantes a economista: «Levanten la mano los que vienen de ciencias. Bien. Ahora los de letras. Bien. Ustedes ya no tienen remedio».
Por ello, en el otoño de 1965 probé suerte y decidí quedarme en Barcelona, con un modesto trabajo de corrector de pruebas de Edicions 62 de la mano de Max Cahner. De ahí pasé a colaborar en los inicios de la Gran Enciclopèdia Catalana , bajo la dirección del bueno de Jordi Carbonell, en un horario que me permitía la asistencia vespertina a la Facultad de Pedralbes. También comencé a militar en el MSC de Raventós y Obiols, con la correlativa en los movimientos estudiantiles que desembocaron en el Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. El campo ya quedaba para el verano, la cosecha y poco más, y Nàquera se alejaba con algunos malos recuerdos y todos los buenos desde la infancia.
No fue nada fácil. Los valencianos que estudiaban en Barcelona tenían el flujo de dinero de sus casas, pero el mío era al revés: tenía que enviar a mi madre algún ahorro escaso.
En 1966 las cosas se complicaron. En el encierro de profesores y estudiantes del Convento de los Capuchinos, en marzo, me asignaron los papeles de correo a otros distritos universitarios, como Madrid y València, y el de transmisor de noticias: un capuchino con hábito me traía al piso compartido con Juanma Álvarez Rubio, en la calle Borrell de Barcelona, los papeles del interior del convento. Provisto de direcciones fui a Madrid con los de la FUDE y a València con la improvisada ADEV, en la casa de Nacho Artal, en la calle de Gobernador Viejo.
La tensión se trasladó también al trabajo en la Enciclopèdia , donde solicité, y obtuve, poder trabajar en casa a tanto la página por entrada escrita. Jordi Nadal me sacó del embrollo enviándome al Centre d’Études des Sociétés Méditerranéennes en Aix-en-Provence, hasta el final del curso, en 1967. Inolvidable Georges Duby, e inolvidable no hacer otra cosa que leer, escribir, vivir en un entorno efervescente en el prólogo de mayo de 1968.
Por razones que ignoro, decidí proseguir los estudios desde València. Aunque apunto una: ya había conocido en 1964 y confirmado, por así decirlo, a la que iba a ser mi mujer, Júlia. Por las condiciones familiares, su movilidad era más que reducida, nula. Y el coste de vida en Barcelona, elevado. Así que desde el verano de 1967 volví a casa, con el agravante de una citación del Tribunal de Orden Público a raíz de mi solidaridad y la de muchos otros con Pep Rotger y otros universitarios, que habían sido detenidos.
Poco después tuve un encuentro afortunado con Alberto Peñín, arquitecto de la Diputación Provincial de València y profesor de la nueva Escuela Técnica Superior de Arquitectura, que me propuso dirigir unas prácticas de urbanismo consistentes en elaborar una propuesta del PGOU para el municipio de Ayora. Por su parte, Fernando Puente me incorporó a sus clases en esta escuela. En ambos casos apliqué una metodología por entonces poco conocida y menos utilizada en el ámbito profesional de los arquitectos, poco dados a la colaboración interdisciplinar, y que tenía su fundamento en mis estudios, poco productivos en términos académicos.
Se resumía el esquema como sigue:s
• Análisis del territorio y del medio natural como condicionante, y como evaluación de los riesgos, en una especie de precedente de los estudios de impacto medioambiental.
• La población, su dinámica y sus proyecciones en el horizonte temporal de la planificación urbanística.
• La actividad económica y el impacto de las previsiones a medio plazo con el análisis de fortalezas y debilidades.
• La capacidad financiera de la Administración local, las restricciones tributarias y las posibilidades de inversión propias, de otras administraciones y de los agentes privados.
• La evaluación de los costes de la propuesta y su financiación.
• La generación de plusvalías de carácter público producidas por la acción planificadora del urbanismo.
Todo ello en la fase informativa, previa a las discusiones sobre el ámbito de planificación, en la que intervenían los clientes institucionales y procurábamos también que lo hicieran las organizaciones sociales y empresariales cuando era posible.
En todos los casos el marco de referencia no era solo el municipio o la zona del municipio objeto de encargo. Todas las variables hacían referencia a la comarca o al país, de tal suerte, por ejemplo, que si se trataba de Torás, un pequeño municipio de la provincia de Castellón, obteníamos una radiografía de la comarca del Alto Palancia y de esta provincia.
La cantidad de información generada me permitió un mejor conocimiento del conjunto valenciano y aplicarlo en las clases que compartí con estos dos amigos de la ETSA y más tarde con alumnos como Vicente González Móstoles, profesor de esta escuela.
Es la etapa en que inicio mi colaboración con Joan Alemany, Marçal Tarragó o Pau Verrié en el CEUMT, una revista-escuela para muchos que más tarde ocuparían lugares relevantes en las administraciones locales democráticas, en especial bajo la influencia del PSUC.
Las colaboraciones con la Enciclopèdia y la estancia en casa permitían un cierto alivio económico que se vio incrementado con los artículos en Valencia-fruits y, junto con J. J. Pérez Benlloch, en El Correo Catalán . También gracias al encargo por parte de Vicent Ventura de una extensa contribución a la Estructura Econòmica del País Valencià .
Esta última me permitió conocer de cerca a Ernest Lluch y trabar relación, que se revelaría fructífera para el trabajo, con Manuel Pérez Montiel.
En 1968 Pérez Montiel, Juan Sánchez-Cuenca, José Granell y yo, junto con Alfredo Calot, fundamos una sociedad informal, Investigadores Asociados, con despacho compartido con los abogados Vicent Àlvarez y Antoni Pérez Gil en el pasaje de la Librería Dàvila. Las actividades eran publicidad y marketing, algo novedoso en València. Por mi parte, gracias a Fernando Puente, establecí una relación duradera con arquitectos e ingenieros para el urbanismo y el territorio, algo también novedoso por lo mismo, por su multidisciplinariedad.
Los estudios iban a medio gas, pues el trabajo me absorbía el tiempo. Además estaba la ruptura total del Servicio Militar Obligatorio, que en virtud de la gran afición que me tenían me llevó de un cómodo destino en València a uno nada fácil y con «recomendaciones» en Cartagena. Le sirvió de poco a un coronel Bosch y Boix Ariño, pero pude decirle que estaban enseñando a un enemigo del Régimen, puesto que tuve que aprender el funcionamiento de las armas y en algún caso corregir las tablas de tiro utilizando los conocimientos de estadística, la conocida desviación estándar con el riesgo de error, porque solo puedes hacer tres o cuatro disparos, lo que traducido a la elementalidad de entonces significaba: reglar el goniómetro mal para acertar el tiro. Me sirvió para un mes de permiso medio clandestino.
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