Todas las miserias, algunas de las cuales he relatado, se funden en un recuerdo de paisajes y voces limpias, que evoca también el trabajo concienzudo y bien hecho para un margen o para un injerto. Aprendí tanto y de gentes tan buenas y diferentes –los buenos, los malos, vencedores y vencidos labrábamos la misma tierra y sufríamos la embestida del poniente en verano, de la tramuntana en invierno– que aún hoy no he olvidado algunas habilidades, y desde luego a ninguna de aquellas gentes: tío Blanco, tío Garnacha, tío Quelo El Barber , tío Patriarca... Como no olvido a mis compañeros de aventuras y expediciones o juegos, amigos de Nàquera y para siempre: los bessons de Parra, desaparecidos ambos en accidente de trabajo, los Ricardo, que éramos varios, y a tantos otros, con sus motes y a quienes veo todavía en la luz cegadora del verano o en los horizontes claros del otoño. O mis primos Pepe, Paco, Nieves, Vicenta, Manolo, Vicente y tantos otros que aguardan el recuerdo. Como testimonio permanente, Paco Navarro Estellés y Guillem Domingo Navarro, este en Serra.
El traslado al Barrio de la Luz alteró el sentido del desplazamiento. Cuidar de las tierras en la ausencia permanente del padre significaba dormir solo en la casa de Nàquera. O compartir albergue con familiares y amigos. Al poco tiempo, de hecho, opté por la soledad, y con el aviso de nuestro vecino, Paco el de Aurora, no tuve oportunidad de quedarme en la cama en las frías mañanas de invierno, cuando la poda de la viña exige apurar la jornada breve.
De regreso de esta tarea, un domingo del invierno de 1960/1961 acudí al viejo autobús de VASA y escuché a un grupo de jóvenes, de la capital sin duda, excursionistas, hablando en valenciano entre sí. Hecho novedoso, pues a los veraneantes los tuvimos siempre por castellanohablantes, y en general a todos los señoritos, que por tal los teníamos. Los interrogué sobre el hecho, y como además teníamos que tomar el tren de FEVE en Bétera, hubo tiempo de intimar. Ferran Martínez Navarro, Paco y Josep Codonyer y alguno más venían de excursión de fin de semana y habían dormido en un paraje intacto aunque de modestas proporciones, el Salt. Eran, aclararon, excursionistas de las juventudes de Lo Rat Penat, y deduje además que opositores a la dictadura.
Acordé, antes de separarnos en la estación del Pont de Fusta, visitarlos en su destartalada sede en la plaza de Manises.
Así lo hice, y amplié mi número de conocidos con Ferran Zurriaga, Antoni Bargues, Domènec Serneguet, Enric Tàrrega, Merxe Banyuls, Eduard Boscà y tantos otros, que además propiciaron mi encuentro con Vicent Ventura, Andreu Alfaro, J. J. Pérez Benlloch y, en fin, con Joan Fuster. Y con ellos, los universitarios Vicent Àlvarez, el ya citado Ferran Martínez, Eliseu Climent, Valerià Miralles y Alfons Cucó, y más tarde Josep V. Marqués, Josep Ll. Blasco, Ana Castellano y Raimon, por citar a algunos.
El encuentro tuvo dos caminos nuevos para mí: el aprendizaje voluntarioso del valenciano en la gramática de Carles Salvador y la oportunidad de probar una actividad política nueva. Un nacionalismo valenciano incipiente de fuerte arraigo popular y de izquierdas que enseguida me aplicaron Tàrrega y los hermanos Codonyer, y otro más matizado en punto a la izquierda, preconizado por Climent, Àlvarez, Zurriaga o Miralles. Por razones que no alcanzo a entender aún hoy, me incliné por el segundo, aunque mantuve y mantengo hasta hoy el afecto hacia todos.
En julio de 1961, antes de emprender la tarea de cosechar y vendimiar, junto con Ferran Zurriaga y Martínez Navarro iniciamos una caminata por lo que entonces se llamaba o llamábamos Serralada de Portaceli y que ahora se conoce como la Serra Calderona. De Olocau a Gilet/Estivella para acabar en Serra, después de pasar por Portaceli y su Monasterio y Nàquera. Esto reforzó los lazos de amistad y curiosidad compartida, pues los tres nos teníamos por naturales de Olocau, Serra y Nàquera, en una visión comarcal que apenas alumbraba. Treinta años más tarde, en 1991, repetimos la aventura con mejores medios y auxilios, pero también con menor ímpetu, claro está.
Entre tanto, yo tenía que proseguir el estudio del bachillerato superior. Con medios muy escasos y con la asistencia de mis eficaces y bondadosas Arozena, cursé quinto, sexto y reválida en un año escolar. Y obtuve mi primer título académico exhibible. Mi mesa de lectura era una contraventana de chapa apoyada sobre sendos pilares de ladrillos de las inmediatas obras de ampliación del Barrio de la Luz.
Cuando podía, de regreso a Nàquera, recalaba en casa de Eliseu Climent, en Barón de Càrcer, sobre todo porque en ella había calor de calefacción.
El problema mayor lo tuve cuando me empeñé en seguir los estudios. El curso preuniversitario exigía la matrícula como alumno oficial y requería la asistencia a clase. El campo se reducía al fin de semana y además necesitaba, por situación familiar que descubrí un poco más tarde y a la que ya he aludido, la cobertura de todos mis gastos.
Un amigo de casa me buscó un empleo vespertino en la calle Cirilo Amorós como auxiliar de contable. En el libro mayor tenía que asentar los gastos domésticos y archivar los comprobantes, por ejemplo de un sobre para agua de litines. Unos estudios tan apresurados dejaron lagunas que aún hoy duran. Para los esfuerzos en griego y latín me pareció que mis nuevos amigos serían de utilidad. Lo fue Joan F. Mira, con un admirable repaso del griego homérico, y a cambio de nada que no fuera ayudarme. Alfons Cucó confundió un poco más mi latín de Virgilio, lo que me costó algo más de la mitad de mis ingresos, tan escasos. Eso sí, pretendió que yo fuese un acusmático suyo, algo como oyente de su magisterio. Desde luego, no en latín. En junio de 1963 suspendí las pruebas específicas de latín y del curso preuniversitario.
Las tensiones familiares me condujeron a la caída de un padre mitificado como combatiente, amante de la cultura y liberal, lo que se unió, día a día, al fracaso escolar. Decidí emigrar y probar suerte en Alemania. Me encaminé provisto de una gramática, la de Otto-Gaspey-Sauer, editada en 1940, con letras góticas y textos del Völkischer Beobachter , el periódico nazi. Volví para los exámenes de septiembre, que concluyeron con un escueto aprobado en las materias suspendidas. Y repetí aventura en 1964. Encontré trabajo primero en el Grossmarkt, donde debía cargar y descargar fruta, que era algo de lo que ya sabía. Para mejorar, siendo una tarea descomunal, pasé a Naxos Union, que fabricaba máquinas herramienta, entre otras grandes rectificadoras de precisión. Obtuve permiso de residencia y me sindiqué en la DGB, aparte de alojarme en una residencia para trabajadores jóvenes, instalación modélica, en la que conocí a Manolo Montesinos, pariente de Federico García Lorca y que tenía dos objetivos: que me quedara en la RFA y que me afiliara al PCE, en el que ya militaba mi primo Salvador Casado, que vivía cerca, en Hanau-am-Main, y que fue quien le proporcionó noticia de mi presencia en Alemania, así como de mis inquietudes políticas. No hice caso, y volví a casa, a València.
Estimulado por Fuster y otros decidí probar suerte estudiando Económicas, que además me alejaba de casa y de las decepciones familiares, pues debía cursar en Barcelona, Madrid o Bilbao. La elección de Barcelona estaba cantada, pues podría contar con alguna ayuda en forma de trabajo. Por supuesto como alumno libre, al menos en el primer curso, el de 1963-1964, en el que todavía hube de compaginar el cuidado de las tierras con el estudio y la contabilidad retribuida. Y una intensificación de lo que ya era activismo cultural e incipiente dedicación política: así, el aula de teatro de Nàquera y la publicación de Terra Forta , un boletín a ciclostil, amparado por una fantasmagórica sección juvenil de Lo Rat Penat, que con los nombres de Xúquer y Solc se publicó en las comarcas del Camp de Túria, la Ribera y la Vall d’Albaida.
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