No espere el lector sangre ni escándalo. No es mi estilo, ni mi formación los consentiría. Ni me lo perdonarían mis maestros y mentores: me repudiarían quienes viven y me sentiría excluido por quienes nos han abandonado. La constatación de hechos y el reflejo de comportamientos llevan implícito un juicio de parte de quien escribe. He procurado, en todo caso, ceñirme a mi percepción de cuanto aconteció, viví y sentí, y a ser posible con el contraste de los documentos y los testimonios. Por supuesto que en algunos casos la carga subjetiva puede desbordar los límites. Quede claro que no es mi intención la ofensa, siempre gratuita e inútil como sé por mí mismo. Estoy vacunado de rencor, pues bastante sufrieron los míos a cargo de vencedores implacables y vencidos provisionales de un destino injusto que se prolongó durante años, demasiados, hasta afectarme cuando despertaba a una vida más plena.
Rencor, ninguno. Olvido, tampoco. El olvido es tan horrible como la pérdida de la memoria, como la que afecta cuando escribo a un gran amigo, Pasqual Maragall. Con una diferencia: el alzhéimer, la enfermedad, es involuntario, y el olvido es culpable. El paso de página que solicitan algunos no es más que el deseo de sepultar recuerdos vívidos de ignominia, ya se trate de los remotos y violentos, ya se refieran a hechos más cercanos y menos sangrientos.
Hacer acopio de paciencia es virtud del perseguido: no tenía otra opción. Conservar la misma paciencia y asistir a la ceremonia de la confusión o la manipulación, o a ambas a la vez, de los propios conmilitones ahora, en libertad y democracia, es ejercicio digno de la bíblica paciencia.
Confieso haber soportado como carga más ligera la primera, de la infancia a 1975. Y con cierta ira contenida la segunda, tanto la que fue desde 1979, como la que se inició en enero de 1989. La dictadura y sus consecuencias fueron un drama sobrevenido e impuesto por la violencia, y como tal cayó sobre mi gente a la que me referí y me referiré. La basura y la ignominia que arrojaron sobre mí gentes de malvivir, que además compartían mi organización política, amén de ser falsas, estúpidas e increíbles, manifestaban la quiebra más elemental de los principios a los que decíamos acogernos todos. A estas gentecillas que, como los gusanos, forman parte de la biodiversidad política dedicaré el menor número posible de párrafos: son en algunos casos polvo de una historia menor y en otros meros delincuentes, aunque se hayan encumbrado. El lector los encontrará, si bien con frecuencia me he negado a citarlos para no sacarlos de un olvido merecido.
He tenido la fortuna de ser feliz en cuanto hice y hago. Tengo plena confianza en que seguiré el mismo camino y en que tengo un horizonte de felicidad y trabajo por delante. Y ello vale tanto para lo público, que es el tema de este relato, como para lo privado. Bertrand Russell me enseñó hace muchos años que la felicidad se conquista y está al alcance de todos con tan solo proponérselo. Y que la felicidad es más el ser que el poseer o incluso tener. Si además el punto de partida es tan elemental, cada paso es como ascender a la cumbre, y, consciente del origen, descender es tarea cómoda y asumible: cuesta menos en todos los aspectos. Acomodarse a la modestia es más fácil que la incomodidad del poder o la abundancia, rodeadas de adulación, halago y la insoportable convivencia con la estupidez.
Como he señalado, he sido fiel a las convicciones y leal con las gentes y las organizaciones. Por más de cincuenta años. De hecho, unas y otras continúan conmigo, como he aclarado. La compensación ha desbordado cualquier previsión que pudiera haber formulado. He visto cómo sueños, ideas y objetivos alcanzaban más pronto que tarde su realización. En mi ciudad y país, y allá donde me fue dado, para alegría mía y de más gentes, ocuparme en la tarea de estar al servicio de los demás. Este resultado no tiene precio en la sociedad de los precios; y tiene el valor en la sociedad de los valores, que es la que me interesa.
Poco importa, aunque no dejen de producir desánimo pasajero, que la banalización de algunas iniciativas siempre compartidas o el menosprecio o desdén por otras hayan llevado a aletargarlas o a descartarlas sin explicación alguna cuando podrían haber resultado fecundas para la colectividad.
De la compensación y del abandono se trata a partir del capítulo 3.
Concluyo por ahora con las compensaciones; en actitud proactiva, palabro cuyo significado aún no he asimilado en su profundidad, que debe de tenerla. Paseo, tomo el metro, subo al autobús o al taxi, hechos ordinarios que me producen el regocijo del reconocimiento de mis convecinos. Camino por Mostar y comparto el cordero aderezado de muy diversos modos, cada vez el mejor, según la colectividad respectiva, por supuesto. Solo encuentro el reconocimiento del trabajo hecho de la mejor manera que pude.
Esto es lo que pretendo, una vez más, con este texto. Lo que me enseñaron en tempranísima edad hombres sabios e iletrados capaces de elevar olivos y viñas, ribazos y sendas, con la mirada limpia y la convicción de que el trabajo no era un castigo y que había que hacerlo bien y a tiempo. Espero conseguirlo a la estela de su ejemplo.
Y unas palabras finales sobre la elaboración y escritura de este relato. Me comprometí, esto es, conmigo mismo, a tenerlo redactado a mis 65 años. Como todo compromiso a fecha fija, inexplicable. Esto tuvo sobre mi trabajo un efecto cierto: como siempre durante mi vida, sentí que debía cumplirlo. Y con la ambición del trabajo ocupé más tiempo del que dispuse a costa de vacaciones y descanso. Tuve que prescindir de unas y otro. Los primeros textos los escribí en los veranos del 2008 y 2009, y concluyeron en un primer borrador bastante más extenso que el que ahora se publica. Me apliqué a rescribirlo en su totalidad, lo que logré en octubre de 2010, fiel al compromiso conmigo mismo. Lo dejé en reposo y lo rescribí por completo en el 2011; de nuevo, en el verano del 2012, ante el apremio editorial, decidí pequeños retoques, algunos por desgracia producto de la constatación de temores como los relativos a cajas de ahorros o el deterioro de la política y el desapego de la ciudadanía respecto de la política.
Me dije que más que escritor vocacional lo era vacacional, y eso no es bueno para el oficio ni para el trabajo bien hecho.
Lo cierto es que podría haber recurrido a algún escribidor, que los hay y buenos, para repercutir responsabilidades entre interrogador e interrogado, que ha sido y es práctica común y algo menos arriesgada de lo que resultará mi empeño. Pero opté por la primera persona del singular, además, frente a la primera del plural, que es la que durante años había empleado. Por otra parte, desde hace algún tiempo, y por lo que respecta a mis mandatos como alcalde de València, se han producido algunas investigaciones y emitido algunas opiniones más serenas, o no tanto, a las que iré aludiendo en su momento.
Alguna de estas últimas hacía más necesario, al menos para mí, expresar no ya mi opinión, sino también los hechos como fueron y son, para no dar pábulo a las patrañas que siguieron a mi dimisión.
Un caso doloroso lo constituye algún texto revestido de toga académica, producto de hacer caso de algunos rumores interesados en mezclarme con oscuros intereses urbanísticos que ya relataré en su momento. Doloroso en la medida en que autores cercanos a mí, que conocen mi trayectoria pública y privada, hicieron caso de las infamias que me prodigaron algunos sujetos cuya trayectoria, esta sí, es más que inquietante. Es el caso del exconsejero Blasco Castany (como exconsejero socialista, quiero decir) o de sus escuderos valentinos y otros que ya tendrán su referencia más adelante. Me ocuparé de ellos en la menor medida posible porque la miseria no puede enturbiar la serena felicidad de la que disfruto al escribir estas memorias.
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