Con este liviano bagaje y algunos pertrechos profesionales me encaminé a la dedicación política, tan amarga en los antecedentes familiares como se verá. Primero en la época sin horizontes, todo optimismo de la voluntad y razonable pesimismo de la realidad. Y más tarde, cuando se reabrió la gran esperanza tanto tiempo aguardada.
Al evocar hechos y situaciones como las que se recogen en este libro me asaltan dos dudas, o mejor dicho, reflexiones, pues los hechos son indubitables. Todo ello a propósito de la recuperación democrática y, en una medida menor, de mi participación en esta a través de mi dedicación pública. La primera observación, por así decirlo, se refiere a la ambición. Una ambición colectiva, por supuesto, pero que también afecta al autor. Todo, y ya, vino a ser la consigna. Sostengo que esto no fue acaso prudente, dado el contexto del que se partía, y que tal consigna pudo ser caldo de cultivo de un cierto desencanto cuando los objetivos y su cumplimiento se dilataban en el tiempo.
La segunda hace referencia a una expresión anglosajona que me resulta familiar y más al recordar propuestas y acciones de gobierno que impulsé en mi ciudad, o en dedicaciones ulteriores en la Administración de la Unión Europea en Mostar (EUAM, en su sigla inglesa) o en el Congreso de los Diputados. Dice así: to soon, to later . La segunda parte la desdeño, pues no dejaría de ser lamento de lo que pudo haber sido y no fue, al decir de los boleros. El demasiado pronto sí me ha dado mucho que pensar respecto de las propuestas políticas cuando llevan aparejadas decisiones de gobierno, y a ello se une la ambición de cambio.
La política de seguimiento de encuestas de opinión, con ser una herramienta imprescindible en la era comunicacional, conduce sin embargo, o bien a la inacción –ya caerá la manzana–, o bien a seguir la volubilidad de una opinión sometida al bombardeo mediático más interesado que neutral.
Me incliné siempre por las propuestas ambiciosas aunque a veces fueran prematuras y no siempre entendidas, ni siquiera por quienes eran mis cofrades de organización política o de gobierno. El tiempo me dio la razón, en este caso sí, un poco tarde, y no me evitó en su momento más de un disgusto que se refleja en las páginas que siguen. Retenga este aspecto el lector cuando repase hechos y avatares que se relatan a propósito de mi alcaldía de València, o de la estructura del Estado de las autonomías, la memoria histórica o el papel de la Unión Europea en el Mediterráneo o los Balcanes.
Lo que sigue en este capítulo es una sucinta explicación del porqué de unos fragmentos de memorias políticas acotados en una dimensión temporal, la que media entre las elecciones generales del 15 de junio de 1977 –las primeras democráticas después de las del 16 de febrero de 1936– y finales de octubre del 2007, momento en que acabaron mis dedicaciones públicas.
En todo caso, ha sido un camino de ida, pues a diferencia de la irónica expresión de Juan de Mairena, nunca estuve de vuelta sin haber ido antes a alguna parte.
La atención a y por la política se inicia en la adolescencia. Sin mucho mérito por lo que respecta a la precocidad: víctima de una guerra civil y de la prolongada posguerra dictatorial, pertenecí a un segmento familiar nada dado al olvido y muy dado a razonar, las más de las veces de modo vehemente y en casa, sobre las causas y consecuencias de una derrota total.
En estas páginas me he limitado a un lapso de tiempo, el que se inicia con mi adhesión al PSOE y concluye con el término de mi mandato como comisionado del Gobierno para la celebración de la XXXII Copa del América. O lo que es lo mismo, comprende la totalidad de mi trayectoria política pública, vinculada a las administraciones por así decir.
Estos treinta años no han sido un continuo sin interrupciones. En 1978/1979 hubo una primera pausa, breve, acaso producto de alguna indecisión inicial respecto a la militancia y ante una dedicación que se me antojaba ardua, y que podría alterar la placidez familiar y una independencia que me era vital.
Hechos y circunstancias y una voluntad derivada de la pasión política, por lo público, me convencieron del camino elegido en 1979. Una década más tarde volví por donde solía, a la calle, cuando dimití de alcalde de mi ciudad, València.
Antes de penetrar en los contenidos de este volumen, buenos amigos lectores me hicieron ver la necesidad de explicar y dar a conocer mis actividades al margen o fuera de la dedicación pública. Lo que se explicitará en el siguiente capítulo es una especie de apuntes biográficos sometidos a la brevedad que exige mi propósito inicial, precisamente la actividad pública. Tal vez ello contribuya a una mejor comprensión por parte de los lectores menos amigos, o así lo espero yo mismo.
Cuanto se dice y cuenta, pues, en el cuerpo de lo escrito se refiere a hechos, experiencias y acontecimientos que me han sucedido en el desempeño de tareas públicas, las más de las veces con la satisfacción adicional de haberlas ejercido como electo, esto es, a partir del refrendo popular democrático. Algún amigo suele decir, entre bromas y veras, que nunca perdí unas elecciones para las que fuera propuesto... ¡incluso en el seno de la organización partidaria!
En todas estas ocupaciones, de 1977 al 2007, lo hice siempre como militante socialista, aunque solo en dos casos, mis misiones en Mostar y en el proyecto Medbridge, no fuera esta circunstancia la fundamental para los encargos que recibí.
Digo esto porque a lo largo de mi vida, la pública y la privada, mucho más extensa, me ha sido dado contemplar numerosos casos de travestismo político. E incluso comprobar que estos cambios podían ser saludados como ejemplar habilidad de sus actores.
La lealtad a las convicciones, pocas con el paso del tiempo pero más firmes si cabe, me acompaña desde el inicio de la vocación política. Y la lealtad a la organización, algo que en mí sucede a las convicciones. En ambos casos se añade otra lealtad que recorre toda mi vida hasta hoy: la que deriva de mi confianza en las personas y que he procurado traducir con mis amigos y amigas.
Estas memorias, más o menos fragmentarias, recogen pues los hechos y circunstancias vividos por el autor en el desempeño de sus funciones y tareas públicas. Me empujaba a escribir este relato un doble acicate: yo mismo, para poner en algún orden disciplinado por el método recuerdos y vivencias, aciertos y errores que ocuparon una buena porción del tiempo de mi vida, y en segundo lugar, pero no menos importante, dar testimonio de ello antes de que se extingan los testigos.
Para el primero de los acicates, el personal y más íntimo, no era menester dar a conocer el balance que uno mismo hace de su vida, ni pública ni privada. Esto va con uno mismo, como la ciudad, y nada ni nadie puede arrebatársela.
Por su parte, el segundo, el testimonio público, tiene una naturaleza más compleja acaso para mí. Una formación en parte de historiador me impelía, incluso con el aguijonazo de maestros y colegas, a dejar testimonio escrito y en su caso documentado. Se quejan, y yo me he quejado, de la tradición ágrafa de una gran mayoría de los políticos de la Transición democrática a esta parte. De manera más intensa este reproche o carencia se prodiga en mi territorio natal, València, y su comunidad autónoma.
A estas consideraciones, ciertas unas y otras en lo que concierne a los acicates para emprender la tarea de escribir acerca de los recuerdos de uno mismo, a estas consideraciones digo, se añadían otras no menores. Al menos para las preocupaciones constantes del autor. El término memoricidio , creo que acuñado por Juan Goytisolo, se cierne como una enfermedad contagiosa en su manifestación como desmemoria. Esta, al cabo, es el síntoma, y acecha a propios y extraños, con mayor o menor intensidad, según el grado de afección que desea o tolera el paciente. Porque a diferencia de otras pestes, en el memoricidio interviene la voluntad, mientras que la desmemoria tiene curación, aunque los pacientes no siempre acepten la terapia: leer, escuchar, documentarse.
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