Por supuesto, los errores y las opiniones, así como la totalidad del texto, son de mi responsabilidad.
Alcalá de la Selva (Teruel), València, 25 de octubre de 2010; y julio de 2011 y 2012
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Introducción.
El porqué de unas memorias políticas, 1977-2007
«¿Cuentas toda la verdad?». Con este incrédulo interrogante me interpeló Teresa Blasco Estellés, mi cuñada. «Todo cuanto relato es verdad», fue mi respuesta.
Este texto no pretende la exhaustividad, casi siempre inalcanzable, ni se basa en la prolijidad factual que tanto distrae y poco aporta. Contiene, eso sí, hechos y reflexiones sobre estos, y por supuesto opiniones. El lector sabrá discriminar unos y otros.
Estos fragmentos de memoria pueden parecer demasiado locales, y sin duda subjetivamente individuales. Si el lector tiene la paciencia que acompaña a la lectura, comprobará que las reflexiones, opiniones y aun el propio ejemplo local e individual son transferibles a otros lugares y situaciones, a veces por desgracia, como en el caso de los partidos políticos y sus comportamientos internos o el descrédito de la política, que acecha y amenaza al sistema democrático con su procesión de escándalos, incompetencias y corrupción.
La admiración por la habilidad política reducida al cinismo y la ausencia de escrúpulos de algunos políticos, con frecuencia admirados y jaleados por los media , solo traducen la indefensión de una sociedad poco vertebrada y con frecuencia reducida al analfabetismo político, precisamente a causa de estos políticos. La reducción de la política a espectáculo mediático y la sustitución de los valores por un único valor de referencia, el dinero, medida del éxito, han hecho el resto. De ahí al todo vale hay apenas un paso que incluye la vulgaridad, la zafiedad, el insulto y su correlato de desprecio a la inteligencia. Todo ello sin el antídoto de la discusión razonable, de la cultura y de la urbanidad. Nada excepcional para singularizar mi ciudad, aunque las actitudes irresponsables y la voracidad procuren ejemplos lamentablemente singularizadores que avergüenzan la dignidad de todo un colectivo honrado.
El texto, eso sí, resume los aspectos que juzgué más relevantes de una dedicación pública que abarca unos dieciocho años de mi vida: casi diez de ellos en el Ayuntamiento de València, algo más de uno en los Balcanes y el Mediterráneo más conflictivo, cuatro en el Congreso de los Diputados y tres entre el Instituto Europeo del Mediterráneo a tiempo parcial y la Copa del América. Con un compromiso que se despliega desde 1961 hasta hoy, cincuenta años desde la adolescencia.
Cuando miro a mi alrededor compruebo que mi ejercicio de responsabilidades públicas es menor, como reducido frente a los currículos desarrollados por gentes más jóvenes de edad, a partir de 1975-1977. Sobrellevo con benevolencia mi condición de político, que lo soy y fui, en el sentido que algunos adjudican al término. Reclamo, como se verá, mi condición de profesional que ha tenido que ganarse la vida con su trabajo a cambio, al final, de una pensión pública nada opulenta. Con orgullo atiendo a quienes tienen la bondad de dirigirse a mí con muestras de agradecimiento o inquiriendo acerca de sus dudas, zozobras o compromisos en esta época de crisis.
Esta condición, la de político, me enorgullece, pues pese a lo que sucede y a cuanto señalé más arriba acerca del descrédito de la política, esta es una ocupación de lo más digna y generosa. De hecho, he predicado y escrito sobre la necesidad de un retorno a y de la política frente al secuestro de esta, primero por parte de los guerreros neocon de fin de siglo y siempre por la hidra sin cara que ahora llaman mercados . Un resumen de mis ideas al respecto se encuentra en el capítulo 9de este libro.
Sin duda alguna, esta tenacidad y su correlato de lealtad me han procurado sinsabores e incomprensiones. Mi temprana adscripción al socialismo democrático, a la socialdemocracia y a la libertad, molesta a más de un flojeras de la memoria, cuando no memoricida , ya se trate de prominentes cofrades o de plumíferos enrocados en el rencor. El lector tendrá cumplida cuenta en el relato que sigue. En mi caso, desprovisto de rencores, no hay olvido, porque los hechos, la realidad en el tiempo y la razón son obstinados.
Poco importa la manipulación a la que ha sido sometida buena parte de mi actividad pública, de modo singular en el caso de mi permanencia en el Ayuntamiento de València, por supuesto sin someterla al escrutinio de la verdad. Pequeñas vacas sagradas de pastoreo provinciano o incluso sin superar los límites del término municipal se han ocupado de escupir sobre los hechos o incluso, tercos, han alcanzado la cota de la miseria borrando mi nombre. Como el personaje de Manuel Rivas parezco a veces O... Alcalde sem nome hasta aspectos grotescos, alguno de los cuales relato en su momento y lugar.
Desde luego, el rebaño pasta y abreva en su mayoría en las instituciones, tan denostadas, y en los media de un país, el mío, el valenciano, que ni esto ha podido evitar, ser un país de propietarios, porque en efecto parecen existir propietarios de los temas y de las circunstancias. Como se citan entre sí, la propagación de los clisés puede alcanzar cierto éxito y sumir al visitante o al ajeno a sus temas en la perplejidad. Los abrevados, inútil aclararlo, son legión y se superponen cual capas geológicas a los sucesivos cambios políticos, en su mayoría desde el PSOE al PP. Los más cobran y callan y unos pocos, desde esta confortable comodidad, reparten créditos de buen hacer o virtud democrática. Todos sienten una pereza bíblica por la hemeroteca, aun por la propia.
En lo que a mí y mi actividad pública se refiere, este texto procura eliminar hasta donde es posible la capa de miseria y mugre con que estos y otros han querido obsequiarme a lo largo de los últimos años.
Debo confesar que conservo unas pocas convicciones basadas en unos pocos valores. El adverbio no mengua la firmeza de unas y otros. Lo he resumido a veces en proposiciones sencillas: nada sin la razón, nada sin la libertad. Lo aprendí de maestros lejanos y bien presentes en las páginas que siguen. La irracionalidad es barbarie y la ausencia de libertad, esclavitud. Una y otra, barbarie y esclavitud, no pueden constituir la base de una sociedad libre y justa. De aquí que sea legítimo siempre aspirar a una sociedad democrática, a una sociedad más igual. En mi caso, como ya anticipara, con mi adscripción al ideario de la socialdemocracia, o el socialismo democrático, desde los años sesenta del pasado siglo. En el marco de lo que conocemos como valores republicanos, de la laicidad a la solidaridad, y de sus sucesivas ampliaciones de derechos universales y de obligaciones de la ciudadanía, desde la mujer protagonista del cambio de siglo al medio ambiente y los derechos de la tierra.
Estas pocas convicciones basadas en unos pocos valores se han convertido en roca granítica a la que no renuncio, y me llevaron a un compromiso permanente con mi ciudad y mi país, como primeros referentes, con su naturaleza y con las generaciones del pasado y del futuro. Un compromiso que permanece incluso cuando la indignación, justificada, empuja a alejarse del limpio discurso de la razón, cuando la lucha contra la miseria cotidiana alcanza los límites del buen sentido.
Un compromiso que tuvo como primer objetivo la democracia, el retorno de las libertades y la aspiración a integrar el país y su ciudadanía en una Europa que asentaba las bases del bienestar para la mayoría en el marco de la libertad. Una Europa necesitada de una España amputada por la dictadura victoriosa sobre la democracia, como subrayaba alguien tan poco sospechoso de izquierdista como el general De Gaulle. En un Mediterráneo acechado por conflictos sucesivos y, sin embargo, como he visto a lo largo de estos años, clave para su solución.
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