Ricard Pérez Casado - Viaje de ida

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Ricard Pérez Casado no es solo el alcalde que impulsó, recién estrenada la democracia, la renovación urbana de la ciudad, el de la Valencia de la democracia y la autonomía, del impulso urbano y de la ilusión colectiva. Es también y sobre todo un intelectual comprometido, un analista, un estudioso de la política y el urbanismo. Hombre de convicciones y de amplia trayectoria pública, reivindica su legado frente a la obscenidad del olvido o la difamación, y detalla en estas páginas las claves de su hacer en tantos episodios políticos y profesionales, que arrancan de las dificultades de una posguerra hosca, en un hogar de republicanos derrotados, y culminan en una trayectoria pública relevante, en València, Mostar, Madrid y el Congreso de los Diputados o Barcelona. En tiempos de descrédito de la política, el testimonio de Ricard Pérez Casado cobra una especial significación.

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El ambiente de la academia era insólito: ¡niños y niñas juntos! Y provenientes de ámbitos diferentes: hijos de porteros o zapateros remendones junto a apellidos de larga tradición burguesa. Conservo relación con algunos, como es el caso del ya citado notario Rafael Gómez-Ferrer Sapiña, o los de Mezquita y Pedro, de destinos muy alejados. Además de la promiscuidad, estaba la cercanía de los profesores, de las hermanas Arozena y de Frías, que nos enseñaban los rudimentos del francés con Albert Camus (!). El choque con el resto de la semana estaba servido, dado que mis tareas desde el verano de 1957 eran las de cuidar viñas, algarrobos y olivos, que todavía formaban un reducido y entrañable patrimonio familiar.

Todo dio un vuelco cuando mi padre, pretextando la continuidad de mis estudios y la posibilidad de que Pepe, mi hermano, siguiera el mismo camino, determinó nuestro traslado a València, al Barrio de la Luz, recién estrenadas las primeras viviendas dejadas caer sin urbanización en medio de la huerta entre València y Xirivella, una vivienda adquirida a cambio de una sensible porción de olivos, frutales y pinos en las inmediaciones del núcleo urbano de Nàquera, camino de la Ermita, espacio que siempre atrajo mi atención.

La distancia en tiempo a pie, entre el Barrio de la Luz y la academia de las hermanas Arozena, en la Gran Vía del Marqués del Turia, junto a la plaza de Cánovas del Castillo, era mayor que la del desplazamiento desde Nàquera en autobús y ferrocarril.

Las razones de la operación eran, de una parte, la coyuntura económica que desmantelaba la ocupación paterna principal, la de las largas ausencias de otoño-invierno: la compra de desperdicios de esparto en las fábricas andaluzas de aceite para su venta, como materia prima, a las papeleras de Euskadi. El fin de la autarquía y la entrada de pasta de papel europea, como supe más tarde, fue decisivo. De otra parte, mi padre adujo que el traslado favorecía mis estudios, y más tarde los de mi hermano Pepe, lo que no explicaba es que también favorecía sus andanzas y escondía desavenencias hogareñas que así escapaban al control rural. Todo ello tuvo alguna consecuencia lamentable, como el pasar a ser una especie de «estudiante parásito» que además obligaba al padre a desprenderse sucesivamente de otras parcelas del patrimonio.

Este relato convencía a algunos de mis familiares, pese a que la coartada de los estudios no obvió el cuidado de las tierras a mi cargo. Prefirieron esta consideración hasta que redescubrieron a su primo y sobrino como alcalde de València, lo que les produjo algún alborozo interesado no exento en los inicios de la medicina que habían aplicado a los parientes condenados por el franquismo, sobre todo cuando la jauría de la derecha se desató contra mi autoridad democrática en octubre de 1979: «Quien no quiera polvo que no vaya a la era», dijeron de nuevo. La pesada losa de la dictadura franquista sin duda alguna influía, quiero pensar, en estas circunstancias, incluso más allá de la extinción biológica del fundador.

Antes de concluir con los estudios me detendré en un aspecto que ha marcado una parte sensible de mi vida. El medio rural de los años cincuenta en Nàquera solo se veía aliviado por la presencia temporal de los veraneantes, entre el 15 de junio los más madrugadores y el 15 de setiembre los más rezagados. Gentes que olían bien, endomingadas toda la semana y rodeadas de un séquito de servidumbre asimismo limpio, aunque con frecuencia uniformado y prodigando el uso del castellano, que por cierto, como se habrá deducido por los orígenes de Albina Casado, es mi lengua materna. La exhibición de la lengua contrastaba con el uso cotidiano de la lengua del país, del valenciano que desdeñaban, por parte de los habitantes del pueblo. Pero esta es una cuestión aparte que he podido tratar en numerosas otras ocasiones.

El resto del año, incluida la estación estival, lo marcaba la secuencia de la naturaleza y sus episodios de lluvia, sequía, frío e incluso a veces nieve. Y el renacer y morir de las plantas, junto a los sonidos de los animales, de las esquilas trashumantes, del paso de las aves, de los golpes de las herramientas, del rudo roce de las llantas de los carros. O el tañido de las campanas, de la tristeza o de los volteos festivos reducidos a las celebraciones señaladas. Un espacio para la aventura infantil y para los descubrimientos de la adolescencia.

Así, tengo un recuerdo vívido del frío glacial de 1956, creo que por febrero. Arrasó los cultivos. Los niños jugábamos a hacer cubos de hielo en los vasos en que nos distribuían la leche en polvo de la ayuda norteamericana, tras los Acuerdos de 1953 que habría de conocer y estudiar, como casi todo, mucho más tarde. La tristeza de las gentes fue mucha. Sin embargo, las viñas de moscatel, en la vendimia de 1957, fueron pródigas, aunque el año concluyera con la devastadora lluvia de octubre.

Y esa prodigalidad me permitió mi primer trabajo asalariado, desde mediados de julio a finales de septiembre. Los comerciantes eran de Sagunt, y la jornada se decía de «jornal y medio», esto es, desde el alba al ocaso, que en verano es un lapso de tiempo considerable. En esas condiciones obtuve amigos para siempre, lecciones, algún asombro ante el otro sexo y una procacidad contenida. Aprender siempre. Y pude estrenar un traje para la fiesta patronal del 4 de octubre en honor al poverello de San Francisco.

Y si se había comenzado, había que continuar, ahora con las tierras propias. Andar y frío. Andar y calor. Con las alpargatas de careta ; las más lujosas y cómodas, las de cáñamo. En la casa el frío penetraba por todas las rendijas; el calor resultaba siempre más llevadero.

Conjugábamos todos los verbos de los cultivos modestos y de proporciones reducidas. Acompañar la labranza del matxo resignado y sobrio, compartiendo el recer humanos y bestias a cubierto del viento de poniente o de tramuntana (es inevitable el uso de la lengua de los trabajos). Cavar para estercolar, cepa a cepa. Sembrar almendras bordes para injertar el arbolillo años más tarde: toda la paciencia. Podar, esporgar , recoger y agavillar sarmientos y ramas. Rehacer los muros de piedra seca, los ribazos. Desbordegar , aixubrir , liberar el pie de la cepa de malas hierbas; asegurar que los racimos penderán y no tocarán el suelo. Arrancar la grama ahora en jardines, y la canyota , la cizaña, tan persistentes. Las malas hierbas, con la azada, sin pesticidas. Echar azufre antes del alba para que los racimos no se quemen...

Inolvidable.

Hierba para los conejos, caracoles para los patos. Y luego las cosechas y sus ritmos. Uvas, higos, ciruelas y melocotones. Algarrobas y aceitunas, estas últimas cuando los fríos asoman, con el consuelo del fuego permanente en la almazara.

Y vender la cosecha. Al alba a por los higos, y en una desvencijada bicicleta dos cajas y a la plaza en Serra. Una niña escuálida y algo traviesa en los escalones de la Iglesia: era Júlia. Mi amigo Paco Navarro Estellés, que me dice: «Es mi prima, pero nos tratamos apenas, ellos ganaron». En 1964 iniciamos un camino, la niña traviesa y yo, que dura hasta hoy. Y de la plaza de Serra al Mercado de Abastos y a los asentadores Corell, Piquer, o al Born, después de una larga noche de curvas por Vandellós, l’Hospitalet y el Garraf.

Contribuir a la dotación proteínica familiar. Los conejos establecían sus madrigueras según sus desconocidas normas, y había que proveerles de ramas, de hierba. A las gallinas, el maíz y el segó ; a los patos gourmands , los caracoles.

En la escuela nocturna, el sueño nos vencía a todos. Se habían acabado los juegos en la plaza, las caídas y las cicatrices. No había más tiempo que el de la plenitud vital. El sueño siempre fue reparador.

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