—Perfecto. Gracias —le digo con una sonrisa cómplice.
Mientras caminamos hacia la sala de juntas mi cuerpo comienza a hervir como una olla a presión. Tengo que asistir a Alan.
El recuerdo de lo que pasó en el apartamento… Cierro un instante los ojos y recuerdo su cuerpo desnudo. Casi se me escapa un fuerte suspiro al abrirlos. Recordar su boca recorrer mi cuerpo…
¡¡Santo Dios bendito!!
Me ha tenido entre sus brazos, entre sus besos, entre sus caricias. No quiero verlo, no quiero aceptarlo, pero quiera o no ya ha dejado huella.
Entre lo excitada e inquieta que aún estoy por el reencuentro, la pasada noche en los brazos de Carlos y el recuerdo latente y vivo de lo prohibido… estoy como una moto.
Entramos en la sala de juntas y comenzamos a repartir los dosieres por la mesa cuando Alan hace acto de presencia por mi espalda. Inmediatamente, Marcia se da cuenta y sale de la sala sin decir nada. Me pongo recta, ya que me encontraba inclinada sobre la mesa repartiendo parte del material. No me atrevo ni a mirar. Al ver que no dice nada, doy media vuelta y le saludo con la voz quebrada por la inquietud.
—Buenos días, señor Carson.
Le miro con cautela, pero con la sensación de que me ahogo en mis propias palabras, en mi propia respiración.
—Buenos días, señorita Álvarez —dice mientras cierra la puerta tras él.
En un principio, tratamos de no mirarnos a los ojos. Con el resto de carpetas en las manos y ante el evidente temblor que me recorre el cuerpo, decido darme la vuelta y dejar sobre la mesa el resto de dosieres.
—¿Llegaron bien su novio y su amiga?
Lógicamente, mantiene las distancias tratándome de usted.
Vuelvo a girarme para dirigirme a él.
—Sí, gracias —le digo mientras con una fugaz mirada observo sus oscuros ojos.
No sé hacia dónde mirar ni qué hacer. Se muestra tan serio y firme que me da miedo.
—Me imagino que se dedicarán a conocer la ciudad.
—Sí, claro —le digo con timidez.
—Tenerlos aquí debe de ser una inyección de felicidad.
—Sí.
Sí, sí, sí… Monosílabos salidos de la vergüenza que siento al tenerle delante.
Mi nerviosismo es perfectamente visible desde el edificio de enfrente y él está claro que lo percibe.
Mirándole bien, sus facciones y su forma de mirarme se han suavizado. No sé qué hacer. Estoy paralizada.
—Hoy hay trabajo que hacer —dice.
—Ya. La reunión puede alargarse.
—Conseguir que el consejo respalde esta iniciativa no va a ser fácil.
—Supongo que, aun así, la decisión en este caso es solo suya.
—Cierto… —dice acercándose peligrosamente a mí—, pero prefiero contar con el respaldo del consejo. Es esencial escuchar opiniones. No cierro las puertas a un cambio de iniciativa. Tengo que valorar.
Sus palabras se detienen al pararse a escasos centímetros de mí. Provocándome, incitándome.
—Valoro mucho lo que quiero —sentencia con voz firme y mirada desafiante.
Trato de ganar espacio entre los dos tropezando con la mesa al retroceder.
—No me cabe duda, señor.
—Bien… Quiero que sea usted la que esta vez convenza al consejo. Ha estudiado a conciencia la inversión. Quién mejor que usted para exponer y vender este producto.
—Es una responsabilidad muy importante. No sé si seré capaz de convencerles. Son muy estrictos y concienzudos.
—No se infravalore. Está cualificada para culminar cualquier proyecto. Esta es otra oportunidad de demostrarse a sí misma que vale para esto.
Poco a poco dejo de pensar en él y también en mí y me centro en el trabajo. Consigo aislar lo personal pese a que me siento muy cerca del peligro. No dejo de sentir su amenaza.
—Es cierto. No tengo que asustarme ante la responsabilidad.
—Exacto. Conoce muy bien en qué consiste la evaluación de esta adquisición. Se han calculado al milímetro los pros y los contras. Sabemos el rendimiento de la inversión y lo que eso beneficiará y aportará a la empresa en un futuro.
—He analizado y comprobado todos los pormenores como unas cincuenta veces.
—Lo tengo claro si usted también lo tiene claro.
—Por supuesto, señor.
Sin darme cuenta, mientras me hacía a la idea de presentar el proyecto de inversión, Alan me ha ido ganando terreno hasta llegar a acariciar mi brazo con el dorso de su mano.
Su mirada busca lentamente la mía a la vez que un suspiro se escapa inconscientemente de mi garganta.
—Son todo tuyos. Quiero participar en el desarrollo y distribución de la energía cinética. Es un recurso inagotable. Quiero estar ahí. Necesito sentir el respaldo y la aprobación del consejo.
Esa leve caricia me ha puesto la piel de gallina y ha hecho que por un instante mi mente se traslade al momento en que… él y yo nos tuvimos el uno al otro ardiendo en puro deseo.
La forma en que nos miramos durante un segundo me corta la respiración. Mientras se aleja de mí, observo su mirada. Entiendo perfectamente su lenguaje. Me mira y sabe que Carlos ha obtenido lo que él ansía tener… o al menos ansiaba, porque la frialdad se ha instalado en su mirada de repente. Se detiene en un extremo de la mesa de reuniones mientras golpetea con la yema de los dedos sobre su superficie. Mira a través de la vidriera, distrayendo así sus pensamientos para evitar un nuevo contacto visual entre nosotros.
Como era de suponer, la reunión se ha prolongado más de lo esperado. El consejo ha resultado duro de pelar, pero pese a que ha costado no les ha quedado más remedio que rendirse a nuestros pies y aceptar cada argumento y cada cifra debidamente justificada. Los números han hablado por sí solos. Se han hecho los duros, aunque al final se han rendido ante la evidencia.
Como evidente ha resultado el apoyo de Alan a todo lo que con meticulosa prudencia he ido exponiendo a los allí presentes. He observado en él miradas de satisfacción y de cuando en cuando hemos compartido alguna que otra sonrisa. La conexión entre ambos ha resultado perfecta. Parecía conocer cada uno de mis pensamientos y la respuesta que iba a dar en cada momento. Es cierto que alguna vez ha dicho que es un paciente observador con una habilidad sorprendente a la hora de encauzar y llevar el tema hacia donde él quiere. No te das cuenta de que te está manipulando. Es inteligente y tiene un poder de convicción inconmensurable.
En algunos momentos, he sentido sobre mí esa mirada que le caracteriza y que hace que me ponga algo inquieta y nerviosa. He notado como se elevaba la temperatura de mi cuerpo al tenerle sentado tan cerca. Su fragancia, sus elegantes movimientos, refinados y templados, han hecho subir los registros de mi casi perceptible ansiedad. Creo que nuestras miradas se encontraban adrede entre pausa y pausa, atraídas como dos imanes imposibles de separar. Mi respiración se hacía profunda y lenta al sentirme especialmente atraída por él. Quizá… peligrosamente vencida. Vencida por el recuerdo de sus labios. El recuerdo del deseo instalado en sus verdes pupilas, el tacto de sus manos sobre mi cuerpo…
“¡¡Uf!! La braguita mojada… Mejor será que recoja mis cosas y me vaya a casa”, cavilo.
Carlos y Andrea me estarán esperando ansiosos por contarme cómo han pasado el día. No he podido hablar con ellos. Se complicó la reunión y tan solo les pude mandar un par de mensajes que contestaron con prontitud.
Todavía está el coche de Alan en el aparcamiento.
Monto en mi BMW y me voy a casa.
—¡Hola chicos! —digo al abrir la puerta mientras doy buena cuenta de lo humedecida que está mi braguita.
A simple vista parece que no están, pero enseguida aparecen los dos por el pasillo que conduce a las habitaciones.
—¡Ey! ¡Ya estás aquí! ¡Ja, ja, ja! —dice Andrea al verme.
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