Rosa Castilla Díaz-Maroto - Volarás a través del corazón

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Todo principio tiene un final y cada historia su momento. La decisión ha llegado para Marian que aún no entiende como su corazón puede estar dividido en dos. Alan y Carlos, dos hombres, dos vidas, dos formas de sentir. La razón y el corazón no encuentran un punto intermedio que la ayude a tomar una decisión. Finalmente afrontar las consecuencias de sus actos con valentía la llevarán a descubrir que el perdón en el amor no siempre significa un final feliz.

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—Ya lo veo. Estabas loco por…

—Loco por tenerte entre mis brazos, por sentirte y hacerte sentir lo que nunca habías sentido. Te he encontrado más relajada y dispuesta.

—Había necesidad, Carlos.

—Los dos necesitábamos que nuestros cuerpos hablaran por nosotros.

—¡Ja, ja, ja! Tú has hablado perfectamente por los dos. Cogiste el mando y… solo existía tu voluntad.

Reímos de nuevo.

—La verdad es que… no había negociación posible. A muerte con hacer que tu cuerpo saltase en mil pedazos de placer.

—Gracias. Lo conseguiste.

—Me alegro —dice profundizando con su mirada en mi timidez—. Te entregaste al juego sin reservas.

Avergonzada vuelvo hacia un lado la cabeza.

—No estoy en condiciones de negarte nada.

Al escuchar mis palabras su cara se transforma. El morbo más absoluto aparece en su rostro. Sus manos buscan entrelazarse con las mías. Las besa con dulzura y las lleva a la altura de mi cabeza.

—Me gustaría tomarme esa licencia. Esa en la que dices que no estás en condiciones de negarte y sí de…

No puede continuar. Sus labios se estiran levemente al pensar. Sí, tiene licencia para hacer conmigo lo que quiera.

—Te conozco bien. Una cosa es lo que quieres y otra bien distinta hasta dónde eres capaz de llegar. Al fin y al cabo, sabes que soy tuyo, que mi entrega no pone condiciones, no pone límites, tan solo los que tú pongas.

—Estoy segura de ello, Carlos.

—Hablas bajo el efecto de la euforia del momento que hemos disfrutado. Tu mente se abre y está predispuesta a cosas que… No serías capaz de dejarte llevar fácilmente, Volvoreta.

Me muerdo el labio inferior reconociendo sus palabras y suspirando por lo que siento y por lo que me hace sentir. Ante mi silencio, él me besa en la boca y yo le recibo agradecida por humedecerla. Sus besos son intensos y profundos y mi cuerpo comienza a calentarse de nuevo y más cuando suelta mis manos y le vuelvo a abrazar.

—Ey, quietecita… que tienes que dormir.

—No puedo estarme quieta. Me apetece hacerte travesuras.

—Veamos… Mañana trabajas y tienes que descansar un poco.

—No quiero —digo enfurruñada.

—Venga, quieta —dice sujetándome las manos.

Comenzamos una pelea. Quiero enredar y él no quiere. Nos reímos sin parar. Quiero tocarle, ver cómo se excita de nuevo, pero no me consiente. Le muerdo en el cuello y después en las manos para que me suelte, pero no puedo con él. No dejamos de reír y forcejear.

—Quieta, Marian… Tienes que dormir.

CAPÍTULO 4

Suena el despertador y lo apago de un manotazo.

Los brazos que rodean mi cuerpo me hacen recordar una realidad. Él está aquí, conmigo. Por fin juntos.

Realmente, no he podido dormir nada. Mi cuerpo no ha sido capaz de serenarse, aún está activo y más al ser consciente de que Carlos me rodea. Noto como mi espalda arde al estar en contacto con su pecho. Sin más remedio le despertaré, despacio. Trato de retirar con pena su abrazo. Se remueve y vuelve a agarrarme con contundencia, apretando más su cuerpo contra el mío, como si le fuese la vida en ello. Percibo y siento toda su erección y mi cuerpo se altera ante semejante tentación. Pero no, no puedo caer en ella, tengo que ir a trabajar. Necesito una ducha tonificante y un buen desayuno. Estoy muerta de hambre y necesito recuperarme. La noche ha sido muy productiva en cuanto a orgasmos, con lo que… el apetito…

¡Caramba! ¡Ja, ja, ja! ¡Quién me ha visto y quién me ve…!

No son pensamientos impropios, son muy propios. Toda una realidad. Impresionante sentirle y sentir todo lo que su voluntad proponía, un descarado “yo juego y tú eres mi baza y hago lo quiero contigo”. Está claro que estaba dispuesto a dominar la situación y a controlar mis ganas y mi deseo.

Ya no puedo demorarme más, tengo que levantarme.

En cuanto noto que afloja la presión que ejerce alrededor de mi cuerpo, aprovecho para zafarme con sumo cuidado de entre sus brazos.

Cuando estoy de pie y totalmente desnuda junto a la cama, giro la cabeza para mirarle. Verle tranquilo, con la serenidad que siempre le caracteriza después de una larga noche… resulta gratificante. Verle por fin y tenerle junto a mí me resulta increíble. Casi no me lo creo. No puedo dejar de contemplarle. ¡Dios! Todavía noto latir en mi cuerpo sus besos y sus caricias.

No me queda otra. Una buena ducha y al trabajo. Hoy me espera una jornada larga y, no sé por qué, me temo que complicada.

Cojo algo de ropa interior de la cómoda y me dirijo al baño. Vuelvo de nuevo a mirar hacia la cama. Sigue quieto e inalterable entre las sábanas impregnadas de dulce deseo.

Me miro al espejo. Contemplo mi cuerpo en él mientras me viene a la mente...

Un suspiro casi ahogado se escapa de mi garganta al recordar. Se me altera el pulso y me pongo nerviosa. Él ha visto mi cuerpo y lo ha tocado. Ha sentido el tacto de mi piel. A cambio, yo he sentido sus labios, su lengua, sus manos que navegaban y abrasaban mi piel a su paso, encendiendo el lado oculto y prohibido del deseo. “¡Qué fuerte!”, pienso.

Hoy hay una reunión importante en la empresa y tengo que asistir a Alan. “No sé qué voy a hacer, no sé cómo voy a reaccionar. Después de lo sucedido entre nosotros y la llegada de Carlos… ¡Uf!”, cavilo mientras me dirijo a la ducha.

Comienza a entrarme una zozobra por el cuerpo. Abro el grifo de la ducha y me preparo para entrar en ella. Dejo que resbale el agua por mi cuerpo, entregándome a su delicado encanto, sin dejar de pensar que voy a tener que enfrentarme a él, que le voy a tener delante, y ahora… Carlos está aquí.

La angustia me invade solo de pensar que… “¡¡Dios!! ¡¡¡Deja de pensar, Marian!!!”, me regaño a mí misma agarrándome la cabeza con fuerza entre ambas manos.

Es inútil… Sé lo que sentí cuando Alan me tuvo entre sus brazos y besé sus labios. Vi el oscuro brillo de su mirada cuando trataba de hacerme suya. Mi cuerpo todavía arde al recordar aquel momento, al rememorar el rico sabor de lo prohibido y mi necesidad de rendirme ante la esencia clandestina de esa sensación nueva y diferente. Aún no sé cómo pude sacar la fuerza necesaria para detener lo que parecía inevitable, detenerle cuando estaba a punto de hacerme suya… Si se hubiese consumado el acto con Alan, dudo que anoche hubiese reaccionado con Carlos de igual manera.

Tengo tantas cosas que poner en orden en mi cabeza… He de hablar con Carlos y contarle los rumores infundados, he de hacerlo antes de que se entere por casualidad y eso le haga daño.

Me sobresalto al sentir unas manos en mi cintura. Por supuesto…, Carlos. Quiero darme la vuelta, pero me lo impide.

—Volvoreta —susurra a mi oído apretándose contra mi cuerpo.

—Buenos días, Carlos.

—¿Conseguiste dormir? —ronronea.

—¿Acaso… podía? —le digo con una bobalicona sonrisa en los labios.

—¿Acaso… no te he dejado?

—¿Acaso diste tregua?

—Un par de horas no son suficientes…

Sus brazos me rodean hábilmente entregándose por completo a la incesante lluvia de agua que cae sobre nosotros. Sus labios comienzan a besar mi nuca, pasando por el cuello y llegando por el mentón a mi boca. Nuestras bocas se fusionan obligándome a girar el cuerpo para quedar frente a él. Candentes besos vuelven a encender la hoguera de la pasión. Su boca succiona mi lengua con hambre, con necesidad…

Me lleva contra la pared de la ducha. Allí encuentra el dosificador de jabón. Llena su mano con el envolvente producto. Comienza a esparcirlo por mi cuello, por mis hombros y seguidamente por mis brazos…, masajeando a la vez que se deleita con mi predisposición a ser pulcramente lavada por sus manos. La espuma comienza a ser generosa. Sigue cogiendo más jabón y cubre con él mis pechos, bajando por mi vientre lentamente hasta llegar a…

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