Sin palabras…
Me hace dar la vuelta para seguir enjabonándome a placer. Sigue caldeando mi cuerpo, mi voluntad. Vuelve a avivar los rescoldos de la pasada noche. Comienzo a ambicionar tenerle de nuevo dentro de mí, sentir su fogosidad latiendo a fuego lento en mis entrañas. Noto que sus manos abandonan mi cuerpo para coger más jabón. Me doy cuenta de que ese jabón ya no es para mí, sino para él. Me doy la vuelta y veo como se enjabona el cuerpo mientras me hace un guiño.
—Yo que tú terminaría de ducharme o llegarás tarde al trabajo.
De mi garganta se escapa un jadeo de decepción.
—¡¡¿Me vas a dejar así?!!
—Dolorida, te refieres… Sí.
—No me lo puedo creer.
—Termina con la ducha tranquilamente. Mientras, voy a preparar el desayuno —dice tras terminar de quitarse la espuma bajo el agua. Cuando acaba, se enrolla una toalla a la cintura y desaparece del baño.
Me quedo como una boba mirando hacia la puerta. “¡Joder, no me lo puedo creer! Está decidido a no ponérmelo fácil. Quiere seguir con el castigo…”, me digo.
Con la frustración recorriéndome el cuerpo, me coloco bajo el agua de la ducha para terminar de quitarme el jabón. “¿Cómo puede hacerme esto? ¿Y quiere que sellemos la paz? ¿Así? ¡Joder, está jugando conmigo!”, pienso.
Ya vestida y con el maletín en la mano, me dirijo a la cocina.
Es curioso verle desenvolverse con soltura en ella. Hace que recuerde aquella mañana en su casa. La noche anterior intentábamos arreglar la pelea que tuvimos por mi decisión de venir a trabajar aquí. Pretendía quedarme sola en su cama, pero terminé en el sofá con él. A la mañana siguiente, me preparó un desayuno… memorable.
Casualmente, parece repetirse aquella situación, pero sin discusión de por medio.
¡Guau! Solo de recordarlo se me eriza la piel.
—Vaya desayuno me estás preparando.
Sus sagaces ojos negros se detienen en mí.
—Quiero que te alimentes bien. La noche ha sido intensa y has dormido poco. Te vendrá bien reponer fuerzas —dice mientras me da un vaso de zumo.
—Está delicioso.
—Siéntate… Ya lo tengo todo listo.
—Has hecho tortitas…
—Sí. Aprendí a hacerlas antes de venir. Está todo controlado. Y los huevos revueltos, también.
—¡No me lo puedo creer! —le digo mientras me río—. Muchas gracias, pero yo… Sabes que no desayuno todo esto.
—Tú prueba y después me dices si no es lo que necesitas después de una noche como la de ayer —dice con una sonrisa picarona.
—Ya. Está bien, probaré —le digo con una mueca.
—Así me gusta. Después de una noche intensa el cuerpo necesita reponerse.
Me siento en un taburete mientras él me sirve el generoso desayuno.
Tras probar el primer bocado, me doy cuenta de que estoy hambrienta y de que sí lo necesitaba.
Carlos se sienta a mi lado para desayunar también.
—Está delicioso, Carlos. Tenías razón, es lo que necesito.
—Claro que la tengo —me dice pasando sus dedos por mi mejilla. Sus negros ojos me miran con una expresión tan dulce… que me estremezco—. Deseo lo mejor para ti, Marian. —Su mirada se detiene en mis ojos—. No puedo creer que estemos de nuevo juntos, que hayamos pasado una noche… —Intenta llenar sus pulmones de aire, inspira casi con ansia ante el aturdido pensamiento que le recorre la mente—. Necesitaba sentirte, Marian. Necesitaba saber que me echas de menos, que me necesitas.
—Es evidente que te necesito, Carlos. Hay momentos que me vuelvo loca con todo esto… —le digo sin poder evitar que se me salten las lágrimas.
—Tenemos que aclarar todo lo pasado, nuestra situación. Pero no te preocupes, Marian, habrá tiempo suficiente para hablar —dice mientras detiene con la yema de su dedo pulgar una de mis lágrimas—. Estás preciosa y se te va a estropear el maquillaje. No llores.
Con especial ternura se acerca a mi mejilla para depositar en ella un tierno beso seguido de pequeños roces de sus labios hasta llegar a mi boca, donde se detiene a disfrutar con su lengua del sabor de mis labios.
—Me encanta el sabor del café en tus labios. Tu boca le da un toque tan especial… —dice sin apartarse de ella, acariciando con sus labios los míos a cada palabra.
¡Uf! Que me caliento de nuevo…
—No sigas…
“No sigas” no está dentro de su vocabulario.
El beso se vuelve tan prolongado y denso que no soy capaz de renunciar a él.
En cuanto me deja recobrar el aliento, le comento que tengo reserva para esta noche en un restaurante de moda de la ciudad y que, si después les apetece tanto a él como a Andrea, podríamos ir a una fiesta que Allison me ha sugerido y para la que me ha proporcionado entradas. Estoy segura de que a Andrea le apetecerá darle un poco de movimiento al cuerpo. Noche de viernes a tope.
—Lo que tú quieras, Marian. Ya sabes que Andrea está impaciente por conocer la ciudad y, sobre todo, la noche.
—Síííí. Ya lo sé. Por eso no he querido perder el tiempo y me he dejado aconsejar.
—Perfecto. Ahora termina el desayuno o llegarás tarde.
—Tienes razón.
—En cuanto Andrea sea persona y esté preparada iremos a patear la ciudad.
—Muy bien. En cuanto pueda os llamaré para saber que tal estáis. Si tenéis algún problema no dudéis en llamarme, ¿vale?
—No te preocupes. Todo estará bien.
—Perfecto. He reservado mesa para las nueve. Espero que hoy no se alargue la jornada.
—Tranquila, lo primero es el trabajo.
—Sí, pero ya estoy ansiosa por volver y eso que aún no me he ido ¯digo poniendo cara de fastidio—. Estoy deseando estar con vosotros. Os añoro tanto…
—Vamos anda…, no lo pienses. Hazte a la idea de que aún no estamos aquí.
—Después de lo de anoche creo que eso va a ser imposible.
Ante el gesto que pongo y la expresión de Carlos, los dos echamos a reír.
Ha sido montar en el coche y comenzar a transformarse mi carácter, mi pesar…
Volver al trabajo hoy no me está resultando fácil. Cierro un instante los ojos para abrirlos llenos de tristeza… y no entiendo el porqué…
Conduzco por las calles de la ciudad por inercia…
Quizá es por todo lo que llevo dentro. Todo lo vivido en el tiempo que llevo aquí. El distanciamiento con Carlos. Noches y días preguntándome que sucedería finalmente entre los dos. Si seríamos capaces de superar la distancia… ¡Uf! ¡¡Dios!! Me trago las lágrimas una tras otra. Me cuesta hasta respirar.
A pesar de todo sigo pensando en Alan. No puedo borrarle de mi mente.
Comienzo a sentir un fuerte dolor de cabeza. No tengo paz. No me encuentro bien. Pensar que estoy traicionando a Carlos con mis pensamientos, con mi actitud…
Río amargamente al recordar que Alan Carson es…
“¡No! No puedo reconocerlo, no puedo decirme a mí misma lo que siento por él. No, no puedo involucrarme con él. No puedo pensar… Pensar… ¡Ja…! ¡Ni que eso fuese posible! Hay una realidad y lo sabes, Marian. Ese hombre ha encendido tu cuerpo, ha encendido tu mente, ha encendido tu corazón y tu razonamiento. ¡¡Ya está en ti!! ¿Y ahora qué hago?”, me repito una y otra vez completamente confundida.
Suspiro angustiada ante mi propia pregunta.
“¿Cómo voy a afrontar el día de hoy? ¡Dios! ¡No puedo con esto! Tengo tantas explicaciones que dar a Carlos…”, me digo finalmente.
Ya tengo todo listo para la reunión.
Agrupo las carpetas cuando Marcia hace acto de presencia en mi despacho. Con su enorme sonrisa me da los buenos días.
—Buenos días, Marian. ¿Estás preparada?
—Sí. Buenos días. Ya lo tengo todo.
—Bien. Te ayudo a prepararlo todo en la sala de reuniones.
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