—Ten por seguro que te los voy a hacer disfrutar todos y cada uno de ellos… —dice con voz sugerente y sensual.
Al terminar sus sugestivas palabras y sin más dilación, comienza a acosar mi tembloroso cuerpo. Siento escalofríos de excitación provocados por sus palabras y por esas caricias latentes que me regala. Insatisfecho todavía y sin darme opción a poder acariciar su cuerpo con mis manos, marca el rumbo y el ritmo que deben llevar nuestros cuerpos.
Ya no hay freno que nos detenga, y menos a él.
Eleva mis brazos para acariciarlos y colocar la palma de mis manos en la puerta, luego rodea mi cintura con suavidad con uno de sus brazos para arquear todo mi cuerpo mientras ronronea en mi oreja:
—No te muevas, Volvoreta.
—No lo haré.
—Déjate llevar… —sugiere mientras sus manos se apoderan con delicadeza de mis pechos y su erecto miembro presiona entre mis glúteos.
Tan solo el tejido de nuestra ropa interior nos separa de un contacto más carnal.
Notar como sus manos juegan con mi deseo, con mis ganas de sentir, provoca que mi cuerpo tiemble.
¡Cómo juega…!
Juega con mis pezones entre sus dedos, tira de ellos con suavidad para acabar acariciándolos con mimo. El contorno de mi cuerpo es su siguiente objetivo. Sus manos me acarician haciendo que se tense. La humedad de mi sexo me recuerda el momento que estoy disfrutando. Pasea su lengua y sus labios, sin ningún tipo de recato, por mis hombros otorgándome algún que otro mordisquito que incentiva más el fuego que propaga por cada poro de mi piel. La sensualidad de sus movimientos, su respiración agitada… me calientan aún más. Necesito que sus caricias sean más profundas, necesito palpitar de deseo, necesito sentirle dentro de mis entrañas.
¡Sentirle! ¡Sentirle! ¡Sentirle!
Parece haber escuchado mis pensamientos cuando, con total impunidad, una de sus manos se desliza por mi vientre hasta cruzar la barrera de mi ropa interior. Sus dedos acarician mi sexo, juega con mi clítoris, mientras yo, entre jadeos y suspiros, me debato ante un inminente orgasmo.
—Tocarte hace que mi mente se convierta en una continua corriente delirante de sensaciones, Volvoreta —dice con la voz contenida por la excitación.
Sin pensárselo dos veces, su otra mano se desliza por mi espalda hasta acariciar por fuera mis glúteos. No puedo evitar mover mis caderas lenta, pero incesantemente. Esas caricias que al sentirlas se multiplican por mil… hacen que pierda la cabeza.
He maldecido una y otra vez no poder sentirlas y ahora estoy decidida a no dejar ni una sola por disfrutar.
Sus manos deslizan mi ropa interior hasta quitármela, a la vez que sitúan mi cadera un poco más atrás. Me invita a que separe las piernas. Lo hago. Estoy desnuda, expuesta y decidida a someterme a sus deseos más ardientes y profundos, sin poner condiciones.
Espero sin moverme, impaciente y ardiente su próximo movimiento, sin dejar de pensar lo que mi cuerpo va a disfrutar.
La lentitud de sus movimientos hace que me inquiete aún más. Desespero por sentir una sola caricia, un roce inesperado, la humedad del deseo acariciado por sus labios.
¡Uf…! ¡Qué fuerte!
Cierro los ojos al sentir un rico escalofrío recorrer mi espalda.
—Volvoreta… —murmura junto a mi oído mientras observo puro deseo en sus ojos—. Cierra los ojos —susurra.
Hago lo que me pide sin moverme y comienzo a sentir una dulce desesperación que empieza a instalarse entre mis piernas haciendo que tiemblen por un instante. Permanezco allí, con los ojos cerrados y el cuerpo desnudo, expuesta a sus deseos y a sus esperadas caricias.
De pronto, noto como algo cubre mis ojos, un pañuelo tal vez. Hago intento de tocarlo con la mano, pero él me detiene y me obliga de nuevo a colocarla en la puerta. Lo anuda con cuidado, lentamente y decide otorgarme tiernas caricias sobre los hombros, arrastrando sus manos con suavidad por todo el contorno de mi cuerpo, despertando aún más mi piel, deseosa de sentir. Sus manos siguen el recorrido que él desea. Se detiene donde la espalda pierde su nombre para mordisquearme con lentitud. Es una delicia, un capricho inesperado que me alborota por completo, pero nada comparado a cuando decide pasar su lengua por el inicio de la unión de mis glúteos, una combinación de caricias que me ponen al borde del desenfreno. No puedo estarme quieta. Mis caderas se mueven al compás de su lengua y de los sugerentes mordisquitos que reparte estratégicamente. Me encanta tener los ojos cubiertos porque sus caricias se acentúan más volviéndose el doble de placenteras, además del morbo que supone no saber qué nuevo paso va a dar. Son alicientes un tanto crueles, pero que me ponen a mil por hora. En ese momento, sujeta mis caderas con sus manos para que no siga moviéndome. Quiere que me quede quieta. Oigo como respira. Está disfrutando con mi sufrimiento…
Esa dulce tortura se acentúa con más crueldad cuando inesperadamente separa mis nalgas para acariciar y humedecer con su lengua mi ano. La sensación es brutal. Me sorprendo gratamente y a la vez siento cierto temor. Es uno de sus deseos, uno de tantos que me susurraba más de una vez al oído antes de mi partida.
Lentos son los movimientos de su lengua sobre su deseado objetivo. Estimula con pasión esa zona erógena que tantas veces llegó a reclamarme. No puedo parar quieta ni dejar de jadear incitada, estimulada por esas inesperadas y ardientes caricias. Abandona su objetivo lentamente para dejarme con la sensación de vivir una experiencia inacabada. Rota de excitación le reclamo:
—¡No puedes hacerme esto!… —consigo decir pese a mi extenuada necesidad.
Se inclina sobre mi cuerpo agarrándome con contundencia por la cintura. El calor que desprende es devorado vorazmente por mi piel. Noto como sus labios rozan el lóbulo de mi oreja. Me sorprendo cuando, preso de la excitación, me dice:
—Me voy a resarcir de todos los deseos que he tenido que reprimir, de todo lo que no he podido sentir, de todo lo que me has privado…, Marian. Vas a pagármelo y va a ser un inmenso placer para los dos. Te voy a demostrar todo lo que te has estado perdiendo durante este tiempo.
Al terminar de hablar, se apodera de nuevo de mis glúteos con sus manos de manera contundente, para recrearse entonces con candentes caricias que con verdadera veneración reparte por esa zona antes incitada y provocada por su lengua. No pierde el tiempo. Tiene claro lo que quiere. Noto como sus dedos se clavan con dulzura en mi carne. Es una locura. Deseo tanto que me haga estremecer y me conduzca inexorablemente hacia el desenfreno más absoluto, hacia la perdición más excitante. Excitada…, tensa…, mi respiración parece ahogarse, parece detenerse impaciente por recibir esas caricias húmedas que tanto anhelo. Sus manos atrapan mi cadera tratando de inmovilizar ese ritmo estimulante que busca con desespero una caricia rica donde gozar lentamente y degustar con pasión.
—No quiero que te muevas, solo déjame hacer… No quiero alargarlo más. Lo deseas tanto como yo. Deseas con desespero que te toque ahí, donde un leve roce sería tu inmediata rendición. Quieres que acaricie tu deseo, que acaricie tu humedad… y todo aquello que me negabas hasta ahora. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? —dice con voz autoritaria alargando las palabras e imprimiendo a su vez un lascivo siseo tras cada una de ellas.
Sugestionada y dolorida por la necesidad de dar rienda suelta a mi cuerpo, intento moverme para buscar un nuevo contacto con su cuerpo.
—No me castigues más, Carlos. Estoy tensa y dolorida —digo intentando controlar la desesperación. No quiero que prolongues más mi agonía.
—Tranquila, todo a su debido tiempo y ahora… ¡Shhhh! No despiertes nuevas ideas en mí. No despiertes más las ganas de seguir castigándote…
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