2. La vejez en la Grecia antigua
La vejez en la antigua Grecia representa una paradoja. La esperanza de vida era corta y las inscripciones funerarias sitúan la muerte entre 45 y 50 años, mucho antes que las referencias literarias en las cuales morir después de los 70 años no parece sorprender. Se ha demostrado que la longevidad fue en aumento hasta el siglo V y que disminuyó después, más en hombres que en mujeres. Aunque es difícil tener una idea de la longevidad de los griegos, se ha establecido que en la época de Aristóteles 10% de la población tenía 60 años o más.
La cultura griega forjó una antropología sobre el proceso del envejecimiento vigente hasta hace muy poco tiempo. Los estudios sobre la dieta y su influencia en la génesis de los modos de enfermar se aplicaron tanto a la conservación de la salud como a los efectos sobre el envejecimiento; esta teoría está bien desarrollada en la obra de Galeno De sanitate tuenda , y estuvo vigente hasta el siglo XIX. Los principios dietéticos e higiénicos de la obra galénica reaparecen en un Régimen de los ancianos de Avicena y en los regimina que médicos medievales redactaron para ordenar el vivir cotidiano de sus señores. Los griegos buscaron las causas del envejecimiento y sus explicaciones se impusieron hasta mucho después del renacimiento, pero también entre ellos la vejez está llena de ambigüedades: vejez maldita y patética de las tragedias, ridícula y desagradable de las comedias, contradictoria y ambigua de los filósofos. De hecho, la mayoría de los filósofos griegos alcanzaron una edad avanzada y hablan de la vejez no como de un objeto externo, sino como sujetos que la viven y que fueron activos hasta la muerte. Hipócrates vivió 83 años y fue quien desarrolló la teoría de los cuatro humores y afirmó que cada individuo recibe al nacimiento una cierta cantidad de energía o espíritu o fuerza vital, que se consume poco a poco en el curso de la existencia. Platón y Aristóteles, tenían visiones completamente opuestas en torno a la vejez, se puede decir que Platón fue el principal abogado de la defensa, no parte de la descripción real de la vejez, sino de lo que los ancianos deberían ser, por tanto, se centra en las ventajas del envejecimiento, la virtud y los placeres del espíritu, en los sentimientos de paz y liberación: es la utopía o el ideal platónico. Para Aristóteles, quien toma las bases de la explicación hipocrática, la vejez no es garantía de sabiduría ni de capacidad política, ni siquiera la experiencia es un elemento positivo puesto que es solamente una acumulación de errores en un espíritu endurecido por la edad. Aristóteles insiste en que tanto el cuerpo como el alma envejecen, puesto que la decrepitud de uno inevitablemente ataca al otro.
En general, el mundo griego está de acuerdo con Aristóteles. En Grecia ni los dioses ni los hombres querían la vejez, era considerada como una maldición. Los griegos prefieren la juventud y la madurez, la belleza y la fuerza, por eso no cuidaban a sus ancianos y solo se les respetaba en su calidad de filósofos o de escritores de tragedias.
Eran frecuentes los conflictos intergeneracionales en los cuales los padres ancianos eran maltratados. La gran excepción fue Esparta, que sí tenía un lugar privilegiado para sus ancianos, su gran originalidad fue la Gerousia, agrupación compuesta de treinta ancianos que dirigían la política, especialmente la extranjera, presentaban los proyectos de ley a la asamblea e impartían justicia; se dice que este fenómeno, único, se debía a que Esparta siempre tuvo muy pocos ciudadanos, pocos sobrevivían a las guerras y los pocos sobrevivientes eran ancianos. También se habla de confusión entre gerontocracia con aristocracia y gerontocracia con plutocracia, puesto que los miembros del consejo eran los más ricos de la ciudad.
Sin embargo, es en Grecia donde por primera vez se crean instituciones de caridad preocupadas del cuidado de los ancianos necesitados. Vitruvio relata sobre la casa de Creso , destinada por los sardianos a los habitantes de la ciudad que, por su edad avanzada, habían adquirido el privilegio de vivir en paz en una comunidad de ancianos.
3. La vejez en los tiempos romanos
Los romanos hablaron mucho de ancianos porque la vejez representó para ellos un problema bajo todos los aspectos: demográfico, político, social, psicológico y médico. Se conoce que, en tiempos de Justiniano, la esperanza de vida al nacer era de 30 años, a los 30 la esperanza era de 20 y a los 60 años, de 5 años. La proporción de mayores de 60 años estaba entre 5 y 8%. El número de ancianos no cesó de aumentar y en el siglo III d. C. entre 7 y 8% de la población de Roma tenía 60 años o más, aumentaba a 10% en la periferia y bastante más en las provincias. Igual que en Grecia, los hombres eran más numerosos puesto que la mortalidad femenina asociada al embarazo y al parto era muy elevada.
Los romanos eran prácticos, solo luchaban por el poder, no por la religión, la ideología o la raza; admiraban lo grande y noble. Poco dados a generalizar, hablaban más de los ancianos que del envejecimiento, de hecho, De senectute, la obra de Cicerón, es más un compendio de ejemplos individuales que un tratado sobre el envejecimiento. Los romanos criticaron a los individuos, no a un grupo de edad y salvaguardaron la complejidad, las contradicciones y la ambigüedad de la vejez, sus miserias y su grandeza.
4. La vejez en la Edad Media
A lo largo de la edad Media se transmitieron y acentuaron ciertos estereotipos asumidos de las tradiciones culturales precedentes. Se destaca San Agustín, puesto que es quien dignifica la visión cristiana de la persona mayor, ya que de ella se espera un equilibrio emocional y la liberación de las ataduras de los deleites mundanos. San Agustín habla de seis edades y según él la vejez comienza a los 60 años, igual que entre los romanos, y puede durar hasta los 120. De otro lado, Santo Tomás de Aquino afianzó el estereotipo aristotélico de la vejez como decadencia física y moral. Los autores cristianos también utilizan la imagen de la vejez en el campo moral, de manera alegórica. La decrepitud y la fealdad constituyen una excelente imagen del pecado, pues de hecho son su consecuencia, incluso la vejez simboliza el castigo divino a los pecados de los hombres, los ancianos virtuosos son la excepción.
En una época en que la cristianización era aún superficial, la pobreza era testimonio del pecado y de la decadencia del hombre, se habla de una vejez como el tiempo en el cual faltan las fuerzas, y aumentan la cantidad y gravedad de los vicios. El anciano es un ser débil que no se diferencia de los mendigos o de los enfermos. Los ancianos existen como individuos solamente entre las clases altas, así, no faltan en las listas de reyes, cardenales, señores o burgueses, no en los medios humildes en los cuales la mortalidad es más alta, a pesar de ello se dice que entre el 10 y el 11% eran mayores de 60 años. De forma paradójica, también es posible encontrar en esta época que la vejez física se niega en beneficio de una vejez abstracta y sin relación con la edad, sinónimo de virtud y de sabiduría, que se aplica especialmente a los hombres de la iglesia. La civilización cristiana inscribe el tiempo en la eternidad en la cual la vida no es más que un fragmento y la vejez un momento sin edad.
En la Alta Edad Media, no se encuentran muchas referencias a los ancianos. En general, no es que no existieran, es que no contaban. Su papel no fue muy importante, eran hombres, dependientes y una carga para la familia. Entre los merovingios y los carolingios, la longevidad era parecida a la actual, de hecho, tal como en la Baja Edad Media, en el seno de la iglesia los ancianos eran particularmente numerosos y muy activos.
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