Fernando Mansilla - Canijo

Здесь есть возможность читать онлайн «Fernando Mansilla - Canijo» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Canijo: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Canijo»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Sevilla, años ochenta. Tras la resaca del
Mundial del 82, la heroína aterriza para quedarse de la mano de los Molina —una familia gitana que tiene que abandonar el barrio marginal de las Tres Mil Viviendas tras una guerra de clanes—, del terrible y violento Rafael el Gamba y de los otros camellos que trapichean por la zona del Pumarejo —o Espumarejo, como llaman sus habitantes—. El protagonista de
Canijo comienza a flirtear con la
heroína, una adicción que inevitablemente va a más, haciéndonos sentir de forma descarnada el angustiante e insoportable mono, la lucha por conseguir los duros suficientes para una dosis y los estragos que la droga causó en buena parte de la generación que vivió aquella época.

Canijo — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Canijo», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El farmacéutico es grande y calvo, la bata blanca, la expresión adusta, se da la media vuelta y desaparece en la trastienda. Tarda. El paquetillo se humedece en mi mano sudada y aflojo la presión. El hombre regresa con la máquina, la envuelve en fino papel de farmacia.

—Treinta y cinco pesetas —informa.

Rebusco en mi bolsillo, pago con una moneda de cincuenta. El hombre es de movimientos lentos y estoy a punto de decirle que se quede el cambio, impaciente por llegar a la buhardilla, pero no me atrevo, igual se ofende, le sienta mal. Mejor mostrarse paciente. Recibo por fin mis quince pesetas. Media vuelta y a la calle.

—Buenas noches —me despido.

El farmacéutico calla.

Plaza de la Moravia. El número 6, abro el portal con la llave del portal, luego la cancela. Subo las escaleras despacio. Que esté en casa, rezo, que esté Sofía en casa, que esté Sofía en casa, que haya llegado y me esté esperando en el dormitorio, ya acostada, quizás desvestida, esperándome su cuerpo moreno y caliente. Llego al rellano, abro la puerta, directo a la cocina sin mirar en el resto de la casa, es posible que Sofía haya llegado y esté en la habitación, quizás despierta, esperándome, quizás dormida, soñando quimeras. En el fondo de mi corazón siento que no, que no ha llegado, que soy yo el que espera, el que sueña quimeras. La habitación de la alcoba está entornada, ¿abrirla?, luego, luego. Lo primero es lo primero: preparo el chute en el falso mármol de la cocina. Pincho mi vena azul. Inyecto. La nada y el calor inundan mi cuerpo, expanden mi alma. Mi cerebro se detiene. Puedo verme. Si atiendo con atención puedo asistir a la lucha del poderoso deseo: «que esté Sofía en casa», contra la fría indiferencia que la heroína derrama en mi corazón.

Vomité con saña, con fuerza y resolución. El amor era ahora un sentimiento bajo control. Busqué la tristeza y no daba con ella, quise estar triste y no podía, no le encontraba el sentido, como cuando repites mucho una palabra y pierde el significado, así la tristeza, quizás de tan repetida, perdía su sentido. No solo la tristeza, las cosas, yo, todo, perdíamos el significado. Avanzaba peligrosamente hacia la nada.

Empezó a picarme la nariz y me la rascaba con sumo gusto, ras ras, rasca con las uñas delicadamente, y así, mientras me rascaba con suaves caricias, me olvidaba de mis penas de amor. ¿Estaría Sofía en el dormitorio? Capaz. La puerta está entornada. Me rasqué el codo, ella podía haber llegado y estar en la habitación, o podía no haber llegado y no estar en la habitación. Decliné averiguar sobre la presencia de Sofía, no quise asomarme al dormitorio: si Sofía no estaba, esa decepción igual me costaba algún microgramo del bienestar que me inundaba. Me rasqué las manos con gustosa ansia, al límite, ras ras ras. En la cocina todo estaba tranquilo y en silencio, como yo, sereno, incluso con ganas de hacer algo, lo que fuera, así que me puse un sobrio delantal encarnado y fregué la vajilla sucia apilada en el fregadero, muy concentrado en la tarea, con ganas de hacerlo bien: enjabonar, aclarar y secar. Desde la cocina, de vez en cuando y mientras acababa con el fregoteo, giraba la cabeza y echaba miradas hacia el trocito de puerta entornada del dormitorio que se divisa desde el fregadero si buscas el ángulo adecuado.

Entonces se abrió la puerta, muy despacio, se fue abriendo la puerta del dormitorio, muy poco a poco, con un leve chirrido, y cuando se había abierto un palmo, lo justo para que cupiera su cuerpo, salió ella, la gata negra con una mancha blanca sobre los ojos en forma de antifaz, y vino a saludarme:

—Hola, mi cuate, ¿todo bien? —No, mentira. No me dijo nada. No hablaba. Pero sí que vino a restregarse contra mis pantorrillas, sí que dijo miau, y sí que dejó la puerta lo suficientemente abierta para que yo pudiera atisbar en su interior y comprobar que, tal como indicaban todos los indicios, pálpitos y corazonadas, Sofía no había vuelto. No estaba. Entré en el dormitorio seguido de mi gata Samara, yo flotando, la gata deslizándose ingrávida, orbitando alrededor de la cama vacía. Me rasqué algo, un dedo, ras ras, ¿estaba preocupado?, no, no, un poco perplejo quizás. Yo tenía la íntima y segura convicción de que no debía preocuparme. Tranquilo, no pasaba nada extraño, no había muerto atropellada, ni asesinada, ni agredida, no estaba en ningún hospital, ni en la morgue, ni en comisaría. Quizás, eso sí, estaba con algún maromo, algún amante ocasional, o no tan ocasional, y eso… ¿me preocupaba? Me rasqué la coronilla, me quité el delantal que aún conservaba puesto, me rasqué el codo, ras ras, ¿me preocupaba? Oí cómo las agujas del despertador se clavaban en la una en punto de la noche, ¡tchak! Preocupado o no, lo cierto es que estaba más que harto de tener que preocuparme o enfadarme o desesperarme por las tardanzas de Sofía, por la conducta de Sofía, por Sofía, coño, que ya parecía casi una obligación eso de sufrir por los desplantes, los plantones, los abusos de Sofía. No. Al cuerno. Aterricé sobre la cama, me rasqué bien las dos pantorrillas, y así, tumbado tal cual sin descalzar ni desvestir, con la gata ronroneando en mi regazo, me dormí sobre las sábanas en el reino de la fría indiferencia.

Dormí tranquilo y sedado por la droga, pero cuando desperté ya no estaba tranquilo, ni sedado. Palpé el lado vacío de la cama y como un desagradable latigazo cobré conciencia de que Sofía no había aparecido en toda la noche. Más grave, eran las ocho menos siete minutos de la mañana y ella entraba en su trabajo a las ocho en punto, lo que significaba dos posibilidades: o cuernos o tragedia. Salté angustiado de la cama, desvanecida en humo la fría indiferencia del caballo, ya estaba calzado y vestido, de modo que solo tuve que juntar cinco duros por los recovecos de la casa donde intiman las pelusas y la calderilla y salir deprisa, puerta, rellano, escaleras, portal, calle, cabina, 4374231, ¿estará Sofía en el trabajo? ¿Le habrá pasado algo? ¿Habrá ido por lo menos a trabajar?

Rrringgg. Rrrrinnngg. Un teléfono suena en las oficinas del INSS, calle Sánchez Perrier.

—Dígame…

—Hola, me pone con Sofía Casasas, por favor.

—A ver, un momentito… ¡Sofía! ¡Teléfono!

Alivio, respiro. Está viva. Por lo menos está viva.

—Diga… —La soñolienta voz grave de Sofía.

—¿Sofía? —Mil pesetas costaba un paquetillo con buenas dosis de fría indiferencia.

—Cani… ¿eres tú?

Efectivamente, era yo. El canijo, yo. Pero no le respondí, no me despedí, cosa rara en mí, tan amigo de las despedidas, y colgué el teléfono. No quería enfadarme, no quería preocuparme. No quería amarte, Sofía. Y regresé veloz hacia la buhardilla. En pos de la fría indiferencia.

5. Las Tres Mil Viviendas, marzo de 1980.Son las siete menos veinte de la mañana. Por los descampados del Este asoma ya la roja bola del sol. En los soportales del bloque número 27 de la calle de la Esclava del Señor, justito a la vera de donde la suegra del Chino vende sus velas y sus bombonas de Campingaz, los gitanos celebran su Consejo, como siempre que la guerra asoma su feo hocico. El día amanece gris y neblinoso, la brisa arrastra bolsas de plástico y su aliento es frío y desapacible, algún gitano se ha venido con una manta en la que arrebujarse y protegerse de la humedad del alba. Un círculo de cascotes y ladrillos rotos protege del viento las llamas de la candela que algún primo encendió con maestría, alrededor del círculo de piedra otro círculo de enlutadas y taciturnas personas, gitanos sentados en cajas de fruta vacías y puestas del revés, o en cuclillas, o de pie algunos.

Antonio Martínez, el Chino, ha muerto. Sus desconsolados familiares no le olvidarán jamás etc., etc.; sus desconsolados familiares reclaman venganza. Si no hay venganza, compensación. Alguien tendrá que pagar por la muerte del Chino. Claro que la del Chino no fue la única muerte. A Juan Fernández también le dieron mulé. Y lo mismo: sus afligidos deudos ruegan una oración por su alma etc., etc. A Juan Fernández lo mató, si os acordáis, Raimundo Cuéllar, el mismísimo suegro del Chino. Ahora, Raimundo yace medio muerto en una cama del Hospital Virgen del Rocío, con el cuello quebrado por la presión que ejercieron en él las poderosas zarpas vengativas de Genaro Fernández, hermano del difunto Juan.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Canijo»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Canijo» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Canijo»

Обсуждение, отзывы о книге «Canijo» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x