Fernando Mansilla - Canijo

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Sevilla, años ochenta. Tras la resaca del
Mundial del 82, la heroína aterriza para quedarse de la mano de los Molina —una familia gitana que tiene que abandonar el barrio marginal de las Tres Mil Viviendas tras una guerra de clanes—, del terrible y violento Rafael el Gamba y de los otros camellos que trapichean por la zona del Pumarejo —o Espumarejo, como llaman sus habitantes—. El protagonista de
Canijo comienza a flirtear con la
heroína, una adicción que inevitablemente va a más, haciéndonos sentir de forma descarnada el angustiante e insoportable mono, la lucha por conseguir los duros suficientes para una dosis y los estragos que la droga causó en buena parte de la generación que vivió aquella época.

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—¡Coño, Julián, que me caes!

—¡Joé, primo, perdona! ¡Esto patina como dios!

No caen pero se inicia un amago de movimiento en las filas de ambos bandos. Desde el tercero, donde está atrincherado con sus leales, el Chino asoma la cabeza por el hueco de la escalera y lanza un aviso.

—¡Molina! ¡Te vas a buscar una ruina! ¡Nájate por donde has venío!

José Molina detiene su ascensión y con él todo aquel que le acompaña. Toma aire pausadamente antes de decir:

—Chino, ¿podemos hablar?

—Habla.

Y entonces se le queda la mente en blanco a José Molina, huye de su cerebro el pequeño discurso que preparó en el camino. Por el hueco de la escalera la cabeza del Chino aparece y desaparece iluminada o no por las chispas de los mecheros. ¿Qué decir? Lo único que se le ocurre.

—¡Chino, devuélveme la grifa!

—¿Se están riendo? —pregunta Luis, el hijo mayor. Le parece oír que se ríen por allí arriba, en el tercero. Han dejado de sonar los mecheros y todo queda a oscuras por un momento, y efectivamente, parece que se oyen risas. José Molina siente algo parecido a un desfallecimiento, ¿qué le pasa? Qué ganas le están entrando de irse. Pero no puede. ¿Por qué no puede? Es lo mismo que si quisiera volar, o no morir nunca, o ser jefe de Estado: imposibles. Y el caso es que su situación en la escalera es delicada, rodeados por los fieles del Chino que los miran en silencio, quietos, preparadas las armas. Otra vez los mecheros, chas chas chas, vuelve la luz de chispas, el centelleo intermitente hace que las escaleras semejen una discoteca y parece todo una fotografía tras otra tras otra pasando a gran velocidad. A ese ritmo contesta el Chino:

—¿Tu grifa? Me la he fumao, o la he vendío. O las dos cosas.

—Chino… me has faltao el respeto.

—Cucha… el respeto.

—¡Se están riendo! —acusa Luis Molina, y es verdad, suenan risotadas en el tercero, y en complicidad con el buen humor del Chino se sonríen sus vigilantes compinches, armados y empalmados con los cuchillos en las puertas que se abrieron, en los rellanos, en las escaleras, rodeando y sin quitar nunca el ojo a los Molina y familiares. Les ha hecho gracia: «Cucha… el respeto».

Ciertas cosas jamás las consentirá un gitano, entre ellas que el hijo de la gran puta de oros venga a reírse de sus mayores.

—¡Vamos! —ruge Eduardo—. ¡Vamos ya! ¡Qué esperamos!

Y blande Eduardo el Bizco el azadón con sus poderosos brazos. El clamor estalla. Molinas y aliados suben, los compinches del Chino bajan, salen de los pisos en oleadas, atacan desde todos los puntos agitando bastones, cuchillos, hachas y puños, pero no hay distancia para tomar demasiada carrerilla y el encontronazo se produce rápido y violento. Los tres hijos de José Molina son los primeros en trabar contacto. Luis Molina, la mente fría y el rostro inexpresivo, ha desplegado la hoja de su albaceteña —clac clac clac, hasta siete veces sonaron sus muelles— y con la otra mano empuña su fina y flexible vara de bambú. Será precisamente esa vara la que produzca la primera herida de la noche —swisss— un fino silbido en el aire hasta encontrar el rostro del mayor de los hijos del Chino, Ismael, uno de los cerdos que le quitó la grifa a su hermano y que por ser responsable de la guerra va en primera línea, en la vanguardia, según lo dispuso su padre, Antonio Martínez el Chino. Cuando la vara se aleja ya del rostro de Ismael una delgada raya encarnada aparece en su mejilla, y no se ha repuesto de la sorpresa cuando la albaceteña de Luis raja el dorso de su mano y el dolor y la impresión de la sangre le hacen soltar la picha de toro, la misma con la que golpeó a Pedrito para quitarle la grifa, y no sabe todavía de dónde le llueven los golpes cuando un rodillazo en el muslo le deja definitivamente fuera de combate. Un pariente de los Chinos quiere evitar más castigo y se lanza a defenderlo blandiendo contra Luis un bastón de hierro.

—¡Para, hijo de puta, que lo vas a marar! —aúlla y descarga el bastón contra la cabeza de Luis, pero ahí está su hermano Rafael al quite interponiendo su vara. El bastón, más pesado, quiebra el bambú pero se desvía lo suficiente para que Luis Molina esquive el bastonazo y el primo pierda la posición para no volver ya a recuperarla, pues, por la espalda, como es su estilo, Eduardo remata la faena con un azadonazo que quita de en medio al pariente entrometido.

Entrecortadas, fotográficas, intermitentes las imágenes por el curioso efecto de la chispa azul de los mecheros, dan un cierto ambiente de boîte ; solo faltaría un poco de música para que esto degenerase en baile, pero no la hay, la única música son las pavorosas maldiciones que se cruzan por las escaleras, que rebotan de rellano en rellano, los terribles juramentos y el crujido de los huesos al quebrarse.

Han caído gitanos de uno y otro bando y se forma un tapón entre el primer y segundo piso, así los gitanos de atrás no tienen forma de seguir avanzando, de acceder a la batalla. José Molina, ajeno a tapones, detiene su ascenso y, protegido por sus hijos, prepara la recortada, la abre y con suma parsimonia —rodeado por el caos y los alaridos de los descalabrados— introduce los dos cartuchos, la cierra con seco movimiento —cle clac— y dirigiendo su voz al negro hueco de la escalera vocea:

—¡Chino! ¡Chino! —Destaca su vozarrón sobre el fragor formidable de la batalla.

—¡Dejadme pasar, joé! ¡Dejad paso! —No hay manera de que uno de los Fernández, el Genaro, pueda acceder a la refriega, atascado entre el primer y segundo piso.

—No te empeñes, Genaro. No te hagas mala sangre, que ya ves que cuando no se puede no se puede.

—¡Chino! ¡Chino, da la cara! —Poco a poco, escalón por escalón, José se acerca al tercer piso. Hace ya algún rato que el Chino ha enmudecido, no se le oye bravuconear, y mucho menos reír. A pesar de la inicial desventaja, a pesar de ser menos y peor situados, los Molina y sus aliados están ganando las mejores posiciones.

—¡A tomar por culo! —celebra su triunfo Juan Fernández cuando descalabra al hermano pequeño del Chino, Isidoro, diecinueve años, con su larga porra de policía, ¡plom!, en toda la coronilla, salpica la sangre, le brillan los ojos, grita salvaje en la oscuridad mientras el cuerpo abatido cae por las escaleras, rueda hasta que lo frenan las botas con puntera de hierro del Fernández Genaro, que pasa por encima suyo pisándole la cara y entra por fin en batalla repartiendo mandobles a ciegas.

—¡¡Canallas!! ¡¡Perros!! ¡¡Sus vais a enterar!!

Solo hay luz donde los taponamientos —gitanos que mientras no entran en batalla siguen dale que te pego con los mecheros, chas chas— y en los rellanos donde gitanas y niños mantienen alguna vela encendida con la puerta de su casa abierta y preparada para la pronta huida. Porque ahí donde se reparte la leña están casi a oscuras, ningún combatiente se entretiene en darle a la ruedecilla para que salte la chispa.

Qué diestro es Eduardo con su azadón, no lo haría tan bien ni con tanto entusiasmo si tuviera que emplearlo en el campo para remover la tierra o escachifar la remolacha. Eduardo es quizás el hermano Molina que más disfruta la violencia. El azadón es arma letal, pero su pericia llega al punto de golpear lo justo para romper sin matar, lo hace con el azadón de lado, de forma que te descalabra sin asesinarte. Ataca siempre que puede por la espalda, sin descuidar las suyas. El mismo caos de la batalla le ayuda a aplicar su estrategia, pero ahora un gitano enjuto y largo como un fideo le ataca de cara, debe ser pariente cercano del Chino porque tiene los mismos ojos rasgados, la misma nariz aplastada. Ataca con un machete de doble filo con la punta rota para desgarrar mejor. Eduardo establece una distancia conveniente con el azadón pero el rival es rápido y hábil con su arma, lanza viajes que Eduardo ve pasar preocupantemente cerca, tiene que ceder terreno y en una de esas, al esquivar un machetazo dirigido a su costado, despega su espalda de la protección de la pared y el gitano del machete ya no le deja recuperar la posición. Luchan en el primer tramo de escaleras que media entre el segundo piso y el tercero, situado el achinado rival unos peldaños más arriba que Eduardo, quien ahora, cuando el enemigo le come más y más el espacio, tiene serios problemas para manejar el azadón, es más, sin querer, y debido a la proximidad entre sí de todos los combatientes, ha golpeado a su hermano Rafael al echar hacia atrás el apero.

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