1 ...7 8 9 11 12 13 ...16 El Kako Ramiro preside el Consejo sentado en la silla que con todo respeto le trajeron de un piso cercano. Una silla de enea pintada de negro, bajita y gastada, para que descanse en ella su respetado rulé. La bestí . La silla negra de la reunión.
Además del Kako Ramiro y de los gitanos que representan a las familias en litigio, asisten también al Consejo otros gitanos ilustres de las Tres Mil, imparciales en esta guerra y cuya voz, consejos y experiencia deberán ser oídos y respetados por los afectados. Uno de estos ilustres, el padre de los Casimiros, ha sacado del bolsillo de su negra y gastada chaqueta de terciopelo un paquete de Winston americano de contrabando — patanegra— , y rasga con la muy larga uña de su dedo meñique el celofán que lo envuelve. Abre y da los golpecitos correspondientes, tap tap tap, hasta que los filtros de dos o tres cigarrillos asoman y se destacan de entre los demás. Entonces ofrece, los doce gitanos que forman el Consejo aceptan y el Kako Ramiro lo interpreta como una señal favorable. Aun así, la faena se presenta complicada. Los Chinos son gente muy esaboría. Eso es algo que se da por sabido, pero el Kako sabe lo que quieren y hay posibilidad de negociar con ellos.
—Nusotros ni habemos venío aquí por er parné, ni pa reclamar venganza, ni ná de ná de ná. No nos camela la sangre —comienza su parlamento el hermano mayor del Chino, cuarenta años, Santiago Martínez, vestido de luto, un brazo en cabestrillo. No le camela la sangre pero le brilla en los ojos un punto salvaje.
—No le camela la sangre, dise er tío. Veremo a vé si chamulla lo mesmo cuando le hayan dao sepultura a su planó Antonio —masculla el padre de los Casimiros al oído del Kako Ramiro. Y el Kako asiente. La violencia acostumbra a estallar después de los entierros. Es decir, según la ley calé, mientras los difuntos estén de cuerpo presente nadie derramará la sangre de nadie. Ahora, aquí, en el Consejo, las palabras suenan razonables y nadie desea la guerra. La presencia del Kako y de los ilustres impone y los litigantes no se atreven a expresar lo que de verdad bulle dentro de ellos, el deseo de vengar a sus muertos, que ningún asesino quede impune.
Además de Santiago, otro hermano del difunto Chino asiste al Consejo, Isidoro Martínez, la cabeza vendada, magullado de los pies a la coronilla, resalta la blancura de las vendas con el luto de sus prendas de vestir. Isidoro es muy joven, diecinueve años, y está de pie porque no se puede sentar, recibió una mojá en la nalga izquierda. Isidoro clava la mirada en el suelo y deja que hable su hermano. Es la primera vez que ha sido herido de cierta consideración y todavía no acaba de asimilarlo. Isidoro se creía intocable. Ahora está asustado. Esta noche, si es capaz de conciliar el sueño, soñará con el ojo bizco de Eduardo Molina.
Cada familia envió un par de representantes a la asamblea. Hombres adultos, porque ni las mujeres ni los niños asisten a los Consejos de las Tres Mil. Por parte de los Molina vinieron al Consejo los dos hijos mayores, Luis y Rafael, porque el padre, José, se entregó a la policía horas después de asesinar de certero cartuchazo en el rostro a su rival, Antonio Martínez, el Chino.
Santiago Martínez habla, los gitanos escuchan.
—Nusotros no queremos más desgracias, ni más sangre, ni más gitanos descalabraos. Si argo hemos hecho mal lo habemos pagao de sobra, y yo me creo que mi planó, que en la gloria esté, no se merecía que le dieran mulé por unos gramos de grifa.
Se forma un pequeño revuelo tras las palabras del hermano del Chino, opiniones a favor y en contra, ¿fue de justicia la terrible venganza de José Molina? El Kako hace señas con la mano a los gitanos que aún no se sentaron para que lo hagan, para que se sienten, o para que se agachen, en cuclillas, como sea. Es necesario un poco de orden. Hasta Isidoro, con su agujereada nalga, es conminado a sentarse, y lo consigue apoyando su medio culo bueno en una caja que fue de manzanas golden, a la vera de su hermano. Un solo gitano de pie, el que tiene la palabra. Y solo un gitano habla, el que está de pie. Santiago prosigue su parlamento.
—Pero aunque me hayan marao a un planó… —una pausa, lágrimas que se agolpan en los ojos marrones de Santiago—, aunque me lo hayan dao mulé, y aunque la rabia me tenga consumía el arma, he venío aquí con el Isidoro p’arreglar este laberinto y poner fin a las venganzas. Arreglarlo de arguna forma pa que no mueran más calós. No camelamos más sangre, queremos vivir en paz; y también queremo argo a cambio.
Sentado como un faraón en la silla de enea, la espalda erguida, la mano derecha descansando en su vara de olivo borde, el Kako Ramiro escucha con gesto atento y concentrado las palabras que Santiago deja caer despaciosamente.
—Sabemos que er José se ha entregao a los payos. Pero hemos pensao que lo mejor pa tós es que su rumí y los chavorés de su rumí se vayan der barrio y cuanto antes muncho mejor pa nusotros y pa ellos, si es que de verdad nos camela acabar la reyerta. Y, por contra, nusotros nos comprometemos acana, delante de este Consejo de Calós, a renunciar a cualquier forma de venganza. Y si hay que firmar pa mayor tranquilidá, se firma lo que haga farta.
Santiago Martínez acabó de hablar y tomó asiento en una caja de vacíos botellines de la Cruzcampo. Sus palabras no sorprenden a ninguno de los once gitanos que con él forman esta mañana el Consejo. Por antigüedad —porque los Chinos llevan toda la vida en las Tres Mil, mientras que los Molina llegaron hace un par de años junto con los hermanos Fernández— y porque una sirla entre chavales no será considerada motivo suficiente para desencadenar la guerra, los Martínez tienen casi todas las opciones a su favor. Los ilustres apoyarán el trato propuesto por los hermanos del difunto Antonio Martínez, el Chino.
Toma la palabra Julián Fernández, un ojo morado, seis puntos de sutura en el antebrazo —esa noche hubo trabajo extra en las urgencias del Virgen del Rocío—. Julián es el hermano mediano de los Fernández. Asiste al Consejo junto con su hermano Genaro, un año más chico que él. Luto absoluto.
—Primo… yo esto lo veo muy delicao. Porque acana to er mundo se pira, er José se entrega a la pestañí… Si su familia se naja del barrio, nusotros… primo… por mucho que acana tós juren que se han acabao las venganzas, yo, primo, te lo juro… me da canguelo de pensar qué va a pasar con nusotros.
—No tiene que pasar ná. Ya has oído er trato que propone Santiago —razona el Kako.
—Sí, Santiago habla con muy buenas vardás, pero ya veremo si mañana lo ve der mismo color.
—Julián, esto es un trato entre calós de honor —insiste el Kako, borra la sonrisa de su rostro, endurece la expresión, afila la mirada—. No quiero ni pensar en que naide se atreva a desafiar un trato firmao en er Consejo. Y yo te digo, Julián Fernández, que eso nunca ha pasao desde que me siento en esta bestí.
Le irrita sobremanera al Kako Ramiro que se dude de las garantías dadas por el Consejo. Además tiene razón, desde que se sienta en la silla negra de los Kakos nunca nadie ha osado romper un pacto, traicionar un juramento. Queda saber si los Molina están dispuestos a marchar del barrio. Sin añadir más a lo que ya dijo, Julián Fernández toma asiento. El Kako Ramiro pregunta a Genaro si tiene algo que agregar a las palabras de su hermano. Genaro está apesadumbrado y confuso, se lo piensa unos segundos, finalmente se levanta y toma la palabra.
—Yo solo digo que si tuviera que dar la fila por mis parientes vorvería a darla.
Respira profundo Luis Molina. Mira de reojo a su hermano. Ambos tienen a sus tíos en gran estima. Genaro continúa tras una breve pausa.
—Pero Julián tiene razón, toa la razón der mundo. Nos quedamos acana solos y desprotegíos. Y a nusotros también nos han marao a nuestro planó. ¿Por qué no se van los Chinos der barrio? Aquí los que más han perdío habemos sío nusotros, que por dar la fila por la familia nos la han partío bien partía.
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