—Estamos en ello.
Ulises Campos no era cotilla, si me preguntaba era porque se interesaba por mí de verdad. Sabía que Sofía y yo andábamos a la greña. Yo estaba tranquilo. Muy tranquilo. Sofía estaba a punto de desaparecer de mi vida, y yo estaba cada vez más engolosinado con la heroína. El caballo era el más formidable enemigo de mis penas de amor. El más despiadado. ¿Sufrir porque alguien no está por tus huesos? No tenía sentido.
Así que la Campana, calle Imagen, calle Laraña. No recuerdo de dónde veníamos, quizás de El Corte Inglés, doblamos por Juguetes Cuervas, la plaza de la Encarnación, unos metros y el 35, su casa. Portalón de madera abierto, adelante, verde cancela de hierro cerrada, stop , saca la llave, abre, entramos, escaleras, subimos despacio. El maletón del saxo pesa lo suyo, ligero como el viento el maletín del clarinete (hay una sensible diferencia de tamaño y peso entre un saxo tenor y un clarinete).
—No veas las escaleras, canijo… —habla con la respiración algo fatigada por el esfuerzo Ulises.
No respondo. Subo en silencio. Ulises se detiene en el descansillo.
—Cani, he descubierto una partitura genial para El Cuéndrago.
—No me digas.
Ulises tenía la voz más bien aguda, un poco nasal, y los movimientos algo autómatas, de robot tímido. Y muy rubio, el flequillo cortado a tiralíneas y la cara infantil. Más joven que yo. Su novia era más joven todavía, tendría los veinte recién cumplidos, delgada, de rostro risueño y muy morena. Se llamaba Candela y era de Córdoba.
De modo que Ulises había dado con una partitura maravillosa.
—Es un ragtime —informa y continuamos el ascenso hacia el tercer piso donde vivía—, pero este suena como la hostia, cani.
—¿Cómo se llama?
—Eh… Heliotrope Bouquet .
Llegábamos al rellano del tercero. La escalera tenía cierto empaque, con su gran zócalo de azulejos y sus elegantes puertas de madera oscura con sus grandes mirillas doradas, llamadores de bronce y esmaltados cartelitos en perfecto estado: 1º B; 2º A…
—¿Está tu novia en casa? —cambio de tema.
—Ni idea, cani. Ahora lo sabremos.
Sonríe Ulises, saca la llave de un bolsillo, se abre la puerta del vecino justo al lado de la casa de mi amigo, Ulises introduce la llave en la cerradura, sale del piso vecino un hombre en calzoncillos negros, descalzo, tatuado el torso desnudo. Ulises no lo ha visto, gira la llave, no puede abrir la puerta. Empuja y no lo consigue.
—¿Qué pasa? —insiste Ulises, la llave gira en la cerradura pero la puerta no se abre. Algo lo impide. Debe estar el pestillo echado. Sigue sin ver al hombre del torso tatuado. Yo sí he visto al hombre de los calzoncillos negros, veo como sale de su casa, camina descalzo y silencioso, veo que es un hombre joven, veo sus tatuajes, veo que lleva una temible hacha de leñador en la mano diestra, veo que sus manos son grandes y poderosas, que su ceño está fruncido y su torva mirada se clava en Ulises.
Ulises llama al timbre de su casa, intrigado de que el pestillo esté echado. Nunca lo está. Rrrriiinggg.
—¡Ulises! —Es la voz de Candela, su novia, desde el interior de la vivienda. Voz que suena extraña. Con mucho susto.
—¿Candela? —La extrañada voz de Ulises.
—¡Ulises! —Ahora es mi voz. Mi susto. El tipo se ha situado detrás de mi amigo, mi amigo se vuelve, descubre al hombre, descubre el hacha en manos del hombre, veo cómo su cara palidece al instante.
—¡¡Ulises!! —llama la novia con angustia desde dentro del piso. Aterrorizada, desesperada. ¡¿Pero qué pasa?! Ulises no entiende nada, yo tampoco, los dos petrificados por el susto y la sorpresa. El hombre coge ahora a Ulises con una de sus poderosas manos por el cuello, con la otra alza el hacha que al rozar levemente la pared hace saltar la pintura, esquirlas de ladrillo, un desconchón justo por encima del zócalo de azulejos. Mis ojos desorbitados por el espanto.
—¡Hijo de puta! ¡¡Hijo de puta!! ¡¡¡Hijo de puuuuuuuuuuta!!! —alarga el hombre tatuado la u de puta hasta que le sale un gallo: puuuuu(gallo)ta. Coloca el filo del hacha bajo la nariz de Ulises y a mí me olvida, ni me mira, podría pegarle un maletinazo en la nuca, por detrás, pero no me atrevo. Rasga la camisa blanca de Ulises al agarrarlo por el cuello, lo arrincona como un pelele contra la pared, bajo los contadores de la luz.
—¡¡Ulises!! —La desesperada voz de Candela al otro lado de la puerta.
—¿Pero qué pasa? —Blanco como papel de fumar recobra Ulises un hilo de voz.
—¡¿Que qué pasa?! ¡¡¿Que qué pasa?!! —Le arrea una patada al maletón de Ulises, se lo arranca de la mano y de otra patada lo envía deslizándose por el suelo hasta golpear con gran estruendo la puerta del tercero C—. ¡¿Que qué pasa?! ¡Que estoy hasta aquí, mira, hasta aquí! —Se lleva la mano a los testículos y se los coge con grosero meneo de arriba a abajo—. ¡¿Te enteras?! ¡¡Hasta aquí!! ¡¡Hasta los putos cojones!! ¡¡Eso es lo que pasa!!
—Pe… pero…
La puerta del tercero C se abre, asoma la cabeza de un anciano, mira a un lado, a otro, nos descubre. El hombre del hacha gira su cabeza y enfoca al anciano. El anciano ve al hombre del hacha y comprende. Mejor si cierra la puerta y olvida. Y va a cerrar la puerta cuando descubre a sus pies el maletón del saxo tenor de Ulises. Es igual. Con maletón o sin maletón el anciano cierra su puerta. Y olvida.
—¡Hasta los santos cojones del pito, de tener que aguantar la puta mierda del pito todas las tardes! ¡Chufla, que eres un chufla y te voy a cortar el gañote, hijoputa, que me voy a buscar una ruina por tu culpa, maricón, chufla! ¡Yo iré al talego, pero a ti te envío yo al cementerio! ¡No sabes tú lo loco que estoy yo, te lo digo yo que no lo sabes! ¡Vamos, es que ni te lo imaginas, hijo de puta!
Pausa.
Miradas. Ulises y el hombre de los calzoncillos negros se miran. Yo miro a los dos. Ulises baja la vista. No sé qué hacer, ¿tengo que hacer algo? Mejor no. Por un momento me parece que la cosa se está calmando. El hombre mantiene alzada el arma, de tan afilada le salen estrellitas del impoluto acero. Por la puerta entornada de su casa se desliza lejana la voz de una mujer.
—Faé, deja a lo chavale en pá, homme. Y entra ya pa entro, cojone.
Pero Rafael no oye otra cosa que la ira que alimenta su corazón. Y vuelve a la carga:
—¡¡Y ahora, por si fuera poco con un pito, como si no tuviéramos bastante con un pito… otro pito!!
Cuidado, parece que habla de mí, ese otro pito no puede ser otro que mi clarinete. Todo son pitos para el hombre del hacha que suelta estrellitas por el filo. El saxofón, el clarinete, la flauta e incluso la trompeta. Los pitos. Cualquier instrumento que vaya a la boca para ser soplado. El oboe, el fagot, el trombón: pitos. Vi subir otra oleada de ira por el semblante del sujeto:
—¡Me voy a buscar una ruina contigo, so mamona! —Agarró de nuevo a mi amigo por las solapas y saltaron, uno por uno, todos los botones de su camisa, clac clac clac clac clac.
—Vale, vale, vale… —Me decido a intervenir con apaciguador gesto.
Entonces suelta a Ulises y dispara contra mí su manaza abierta, agacho la cabeza, esquivo el bofetón, su poderosa palma se estampa contra la pared, da justamente en el timbre del piso de mi amigo y lo destroza, saltan sus componentes, el botoncillo que se aprieta, los tornillos que fijan el plástico a la pared, el mismo plástico, todo salta al tiempo que —¡¡rrringggggg!!— empieza a sonar. Y no se detiene.
—¡¡Rrrrinnggg!! —No se detiene.
—¡¡Ulises!! —llama Candela a su novio desde el interior. Está ahí mismo, pegada a la puerta, intentando adivinar las cosas espantosas que están pasando fuera de su vista, en el rellano de la escalera. El tipo se ha quedado mirando el destrozo causado por el impresionante sopapo y escuchando el timbre que no se detiene y que empieza a ser ya tan fastidioso. Al fondo del corredor se abre la puerta del tercero D, alguien mira, no le gusta lo que ve, cierra. ¡¡Rrrringgg!! Ulises está lívido, parece que quiere decir algo, tampoco a mí me salen las palabras.
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