Susana Fortes - Fronteras de arena

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Una novela ambientada en el Marruecos y el Sáhara durante el año 1935, meses antes del estallido de la Guerra Civil. Una novela cuya trama tiene todos los atractivos de una aventura de ambiente exótico, amor apasionado y un levantamiento militar en España a punto de estallar. Una novela muy cinematográfica por las imágenes que sugiere y la descripción de los paisajes, en la que se recrean los escenarios y los diálogos. Una novela realmente entretenida por la historia que cuenta, bastante emotiva, realista, melancólica y de fácil lectura.

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Pero ahora no piensa nada. La densa penumbra nocturna da un significado extraño a cada uno de sus espantos; los brazos recogidos contra el cuerpo esconden el dolor. Bajo los senos, el pliegue de la enagua resalta la redondez del pecho. El sueño, la fatiga, el aire que sale pausadamente de sus pulmones la va meciendo como una canción de cuna y la lleva hacia otras regiones de la memoria. Busca el rastro imposible de una niña delgada con trenzas a la que le gustaba mirar a través de los visillos, quedarse así durante horas contemplando el palomar, las acacias del jardín, la fuente con el brocal de bronce, las huertas y las acequias que se extendían a lo lejos junto a las pequeñas casas encaladas de los aceituneros. Apoyaba la frente en el cristal y el vaho de su aliento era la misma aura velada de nostalgia que ahora envuelve sus recuerdos y la traslada a aquel corredor con zócalo de azulejos, al salón con olor a cuero donde retumbaban con sonido de ultimátum las campanadas de un reloj de pared, a la galería con espejos en las paredes y viejos retratos de familia, a cada una de las habitaciones de aquella casa en la que nació y a la que ya nunca pudo regresar, desde el momento en el que su padre amenazó con desheredarla si continuaba asistiendo a los mítines republicanos y dejándose acompañar por ese ejército de hambrientos que querían apropiarse de sus tierras y repartirlas entre los aparceros, y sobre todo por aquel golfo que había dilapidado la fortuna de una de las familias más distinguidas de Jerez en las carreras de caballos. Ella le respondió con una carcajada corta y seca, cerrando la puerta de un golpe a sus espaldas. Todavía puede oír el sonido de ese portazo.

No le importó el miedo, sino el desamparo de verse empujada, con nada más que una valija de ropa, al otro mundo donde le aguardaba un automóvil negro descapotable, ocupado por un hombre aficionado a la rutilante vida mundana, obsesionado por la hípica y las ideas modernas, que fumaba cigarrillos con boquilla, apoyando los codos en el volante y que tenía una voz despreocupada, embaucadora e irresistible y una habilidad innata para rodearse de malas compañías, para ir a meterse en todas las timbas y las reyertas posibles y en todos los líos de faldas y de regresar de los peores tablaos de Sevilla, casi de madrugada, con la lengua entorpecida por el alcohol y sin un céntimo, pero, eso sí, con la camisa impecable y una sonrisa encantadora de niño que sabe perfectamente cómo hacerse perdonar cualquier embuste. Ella lo había perdonado cientos de veces tragándose el orgullo y los reproches. Había intentado prevenirlo sobre ciertos personajes de su entorno que empezaban a cobrar relieve con dudosas actividades. Trataba de protegerlo sin saber muy bien de qué, al mismo tiempo que quería convencerse a sí misma de que una persona se vuelve digna de confianza cuando se confía en ella. Pero ya no podía confiar ni tampoco regresar al punto de partida. Él había borrado la senda de la que procedía. ¿Cómo regresar a una casa de la que se había ido en busca de otra mejor? Empezó a acompañarlo a aquellos locales mundanos, llenos de jóvenes ociosos y ocurrentes, como El Faro, El Graná o La Malquerida donde en una ocasión se encontraron a Margarita Xirgu, ataviada todavía con la túnica blanca que había vestido para representar Mañana Pineda. Se bebía aguardiente de Chinchón, se hacían alardes, circulaban chistes importados, a veces se cruzaban virulentas discusiones en las que algún falangista de reciente filiación dejaba caer veladas amenazas que no pasaban de ser tomadas como bravuconadas sin fundamento, se improvisaban tramoyas e iluminaciones para actuaciones espontáneas, se organizaban fiestas y barahúndas que duraban hasta el alba, donde lo mismo se hablaba de boxeo que de transatlánticos, igual se opinaba de política que de caballos o de automóviles o de los musicales que triunfaban en Madrid. Era un mundo superficial pero vivo y deslumbrante, impregnado de una fragancia a Myrurgia y lleno de principios estéticos y filosóficos que se mezclaban con la implacable realidad de las noticias traídas por los periódicos.

Durante los meses que vivió con él en el cortijo también conoció otro tipo de locales, más oscuros y sórdidos que los anteriores, como la bodega a la que acudió la primera vez llevada por una mezcla de azar y curiosidad y donde pudo observar sin ser vista cómo los hombres hablaban y bebían acodados en toneles de vino y hacían encendidos alegatos bajo las ristras de ajos que colgaban del techo, entre paredes sucias donde relampagueaban los carteles de la C.N.T. con el lema de La tierra para quien la trabaja. Recuerda el olor de las trastiendas con los cristales cegados por papel de estraza en las que reinaba un calor de encierro y donde los jornaleros sudorosos, en medio de garrafas y bidones, se entregaban a auténticos exabruptos verbales acompañando sus exigencias de puños alzados y gestos crispados y duros, resueltos a incendiarlo todo. Puede sentir en los huesos la humedad de los sótanos apenas alumbrados por la luz de una mariposa de aceite, donde escuchó mítines, fragmentos de discursos, proclamas encendidas, alocuciones llenas de nombres propios y de términos que ella desconocía y con los que estaba tan poco familiarizada como con el tratamiento de cantarada que se daban unos a otros. Estar allí era una forma de demostrar la inutilidad de su existencia anterior, de vengarse de todos, de su familia, de su apellido, de los rancios linajes poseedores de títulos y haciendas, y también de algún modo de Fernando, de sus engaños caprichosos, de sus justificaciones pueriles, de su despreocupada vida bohemia, salpicada de escándalos y nimias peripecias de salón. Estaba descontenta de sí misma. Ansiaba tener una causa, una historia que valiera su vida, como la había tenido Mariana Pineda, condenada al cadalso por haber bordado una bandera republicana bajo la vigilancia estricta del rey Fernando VII y sus ministros. Sentía un dolor de gestación como el de alguien que está cambiando de piel y todavía no acaba de reconocerse, perpleja y desamparada, sin encontrar su lugar en el mundo.

En aquellos días fue haciéndose adulta deprisa. Se mostraba hermética, encerrada en sí misma, dentro de la muralla temible de su desánimo. Se dirigía a Fernando con sequedad y resentimiento, como si lo odiara, pero lo que odiaba era el futuro, la conciencia de su propio deseo que la volvía débil, el no tener adonde ir. Noches interminables despierta junto a la espalda silenciosa de él. Crecer es asumir la parte de culpa que nos corresponde en los desengaños. Entonces ya no lo amaba y eso era peor aún por lo que suponía de cobardía, de mezquindad, de rencor, una tela de araña que la tenía presa, asfixiándola. Había intentado desprenderse de ella a manotazos, tratando de recobrarse, de rehacerse, de salir del aturdimiento del tiempo perdido y de las decisiones equivocadas como si eso fuera posible. Empezó a vestirse de otro modo, a actuar por su cuenta. Se cortó el pelo a la moda de París, con los mechones caídos en diagonal sobre los pómulos, y adoptó un aire resuelto de mujer dispuesta a afrontar la vida, el mismo aire desenvuelto con el que camina junto a él en la fotografía que lleva consigo en la maleta. El abrigo abierto sobre el vestido, los labios pintados y expectantes, los ojos de perfil que no lo miran a él sino al objetivo de la cámara con una mezcla de vivacidad y miedo, como si pensara que la complicidad del fotógrafo tuviera el poder de convertirla en la mujer que había decidido ser. Pero quizá era ya demasiado tarde porque el azar maneja sus hilos con precisión minuciosa, socavando anhelos, torciendo voluntades, disponiendo invisiblemente sus cataclismos, el instante gradual, el acto último que introduce una conspiración en la existencia.

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